6 de febrero de 2019

Algo sobre la pereza



Dice el refrán algo así como que la pereza es madre de todos los vicios. Para mí siempre había significado que la pereza llevaba a los demás vicios: los engendraba, eran su natural descendencia. Pero si se tiene en cuenta que la expresión “madre de” puede usarse como superlativo, me pregunto si el sentido del refrán no es un tanto diferente y se refiere más bien al carácter de vicio principal de la pereza. Siendo ésta un pecado capital en el pensar judeo-cristiano tal vez en el refrán haya derivado a un sentido de causa y efecto en vez de limitarse a su referencia superlativa.

           
Sea como sea, ambas interpretaciones resultan válidas y significativas. La antigua sabiduría que estableció los siete pecados capitales, de los cuales la pereza es uno nada desdeñable, caló profundamente en la psicología humana. Es obvio su entendimiento de la pereza como defecto gravísimo en el individuo. Están los refranes sobre quien madruga dios lo ayuda y el del camarón que se duerme y se lo lleva la corriente, porque contra la pereza se alza todo movimiento y agitación, la diligencia y sus virtudes hermanas, que algo tienen que ver con trigos bien o mal sembrados y lámparas listas o descuidadas.
            Gran tema el de la pereza. Pero de casi imposible comprensión porque ¿qué escritor, qué filósofo, qué estudioso que se da el trabajo de llevar sus elucubraciones al papel ha sido o puede ser perezoso? Pecado es la pereza del que se tiene poca confesión directa.
            “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, me digo, mientras trato de recordar algún tratamiento literario de la pereza. ¿Hay personajes perezosos en la literatura universal? ¿Es el pícaro un perezoso? ¿Lo es Sancho, tal vez? ¿Y qué tal los personajes del 98 y otros soñadores de fin de siglo? ¿Un perdido, del chileno Eduardo Barrios es novela de la pereza? ¿Y qué tal la poesía, acaso un producto destilado en el dulce no hacer nada? 

La tentación a abandonarse a lo fatalmente determinado —cumplir sin mayor plan ni sentido el proceso irrelevante de una vida— es una de las fuerzas poderosa de la pereza. Hablemos de pereza existencial, especie de quietismo no religioso.

Es difícil trabajar cuando no se tiene una convicción del valor del trabajo. Tal vez en cada perezoso no hay otra cosa que una profunda convicción en la inutilidad de todo esfuerzo, algo así como un fatalismo existencial. Comprender que no hay modo de dar con la satisfacción ansiada y que no importa qué se haga, siempre habrá modo de desvirtuar lo hecho, es suficiente razón para dejar de lado todo plan de trabajo y todo interés de entusiasmarse en algo. La pereza es un problema moral, una incapacidad de comprometerse, el resultado de una profunda cobardía. Eso es: temor y falta de coraje para enfrentarse a la realidad.


Hay en la pereza algo más profundo que tiene que ver con la visión esencial que el individuo tiene de la realidad y no se refiere solamente al aspecto económico, social, laboral, sino a una condición mucho más profunda y absoluta.

La pereza adquiere ribetes filosóficos en cuanto responde a una visión de la realidad a una concepción del individuo en ella, de la razón de ser de la existencia. Representa la base sobre la que crece una profunda inapetencia que es directa consecuencia del pesimismo y la desesperanza.  

2 comentarios:

  1. Iba a escribir un comentario largo sobre esta entrada, pero me he rendido a la pereza.

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  2. Perfectamente coherente. Yo peco de ser perezoso inconsistente.

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