8 de enero de 2019

Autores de Labrapalabra: “Frida y yo”, memoria de Eliana Rivero

A quien lea estas líneas le podrá parecer que pertenecen a una fantasía, pero no es así. Lo contado es autobiográfico y sucedió tal cual. Confieso que ahora me suenan estas palabras como si salieran de un cuento de Hans Christian Andersen o de una narración de Jorge Luis Borges, pero no: se escapan de las memorias de una joven que ya no lo es y que recuerda vívidamente episodios de una vida pasada.    
En Cuba, en la década de los cincuenta, había una jovenzuela que asistía a colegios privados y recibía instrucción académica de mujeres altamente capaces, con diplomas de sitios tan lejanos como el instituto Fermi en Italia. Tal era mi profesora de matemáticas, mujer de alta estatura física e increíble cabeza para las raíces cuadradas y todo tipo de números. Y mi profesora de química inorgánica era mujer de voz profunda y conocimientos científicos admirables; con ella aprendí la tabla de elementos y entendí que la plata era Argentum (y claro, de ahí el nombre de Argentina). Pero quizás mi maestra preferida era Lidia Braun, quien a pesar de su apellido germánico me enseñó las sutilezas del Poema de Mío Cid y las piraterías de Espronceda con sus canciones: ella me proporcionaba el alivio que las letras y el arte ofrecen a las ciencias. En cierto modo, yo fui una Cenicienta del conocimiento y tuve hadas madrinas que me guiaron.
Tal vez para recompensar mis arduos estudios fue en esa época que mi madre decidió redecorar mi habitación con telas satinadas color rosa para las cortinas y el cobertor, y colocó junto a mi cama, en una mesita tallada por un ebanista local, una muñequita china de porte delicado.


Vestía una chaquetita de raso color rosa y usaba una melenita corta, de pelo natural. Era muy linda y yo la amaba. Cuando me fui de mi país natal para no regresar, se quedó la muñeca en su sitio, y años después, cuando mis padres pudieron reunirse conmigo, atrás quedaron todos los adornos y los libros y los recuerdos de aquella niñez y juventud encantadas, que ahora en el recordar se me asemejan a un cuento de hadas. Nunca más vi a mi muñeca china.
Busqué por todas partes y durante años una que se le pareciera, aunque no tenía esperanza de encontrar una muñeca idéntica; tristemente, nunca la hallé. Hasta un día feliz e inesperado, casi medio siglo después, cuando una amiga querida me llevó a la casa azul de Frida Kahlo en Coyoacán, y allí—maravilla de maravillas—en el aposento donde sufrió la artista sus dolores, en una mesita junto a la cama, estaba mi muñeca china. Quiero decir que había una igual que la mía, idéntica en ropa y en expresión. Nunca podré olvidar la emoción del encuentro, ni la sensación de irrealidad que me embargó en aquel instante. ¿Sería la misma u otra igual? 



Hasta hoy he querido pensar que Frida y yo poseíamos el mismo gusto, aunque debo otorgarle el crédito a mi madre, quien la había encontrado y puesto junto a mi lecho. Pero quién sabe si el destino, sorprendente en sus encontronazos, quiso regalarme una sonrisa y ofrecerme un alivio casi en forma de milagro: saber que Frida y yo tuvimos, entre la pena de accidentes y abandonos, dolores y emigraciones, el consuelo de recordar a la misma muñeca que había velado nuestros sueños.



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