13 de enero de 2019

Autor de Labrapalabra. Tres breves narraciones de Alfredo Ávalos

Allá en el Norte 
Se sentaron a la mesa, José, María, Jesús y toda la plebe. Las mujeres trajeron las cazuelas humeantes. Cabrito pa' todos, dijo una, y los todos aprobaron con gritos y silbidos, saboreando de antemano la tierna y aromática carne. Se sirvieron los platos, se destaparon las cervezas y se rezaron las oraciones correspondientes antes de empezar la comilona. 
Una mujer notó entonces un sitio vacío, una silla pequeña donde debía estar su hijo Matías y preguntó por él.
La última vez que lo vi estaba jugando con Jesús, dijo una huerquilla.
El niño Jesús recordó los juegos de la mañana con Matías. Primero hicieron pajaritos de lodo que alinearon sobre una gran piedra al borde del arroyo y cuando hubo una docena lista, Jesús aplaudió y la parvada se echó a volar, ante la mirada de ah chingao pos ¿cómo le hicites? de Matías. Después anduvieron por las nopaleras comiendo pitayas que les dejaron la boca del color del manto que un día Jesús llevaría en el calvario. Jugaron a las carreras y Jesús se encabronó porque Matías le ganó. Pa que aprendiera el guey que al niño Jesús nadie le ganaba, lo convirtió en chivo y éste corrió a unirse a la manada que pastaba en las orillas del arroyo.
Sus padres lo miran fijamente, en silencio exigen una respuesta al huerco. Jesús se lleva la carne a la boca y parece decirles con la mirada; a comer amá, a comer apá, que esto, ni a chingadazos de mi verdadero padre hay manera de echarlo p’atrás.



Opticoid
El caso estaba documentado, pero nadie lo había atestiguado jamás. El último de su especie había nacido y muerto cientos de años atrás. Imposible, dijo el jefe del hospital mientras lo sacaban de su oficina para llevarlo a la sala de partos.  
Se abrieron paso entre la multitud de médicos, enfermeras y otros curiosos que se aglomeraban deseosos de echarle un vistazo al fenómeno. A empujones llegaron a la puerta detrás de la cual estaba el evento científico del siglo. La madre lo sostenía en brazos y lo arrullaba dándole el consuelo que iba a necesitar ante semejante tara con que tendría que afrontar la vida.  
Olvidándose de la precaución de los guantes, el jefe lo tomó con cuidado y lo movió frente a si una y otra vez observándolo a detalle con sus diecisiete ojos distribuidos en la cara, cuello, pecho y brazos.  El bebé dejó de llorar y pareció regalarle una mirada curiosa del único par de ojos con el que había nacido, herencia de una especie extinta.



Piratería
Por navidad papá me regaló un ángel. Es chiquito como una libélula. Le ha costado un huevo adaptarse a su nueva vida de juguete infantil. Heracles el gato, a quien le cuestan los dos huevos aceptarlo en la suya, lo persigue por toda la casa. El pobre se da de tumbos contra los vidrios de las ventanas tratando de huir de las garras felinas. Cuando Heracles se harta de torturarlo y se va a lamerse el culo el ángel se queda quieto, pegado el rostro al vidrio, viendo las nubes pasar. Entonces me acerco y le hago mil preguntas acerca del cielo y sus habitantes, pero no sabe nada. Dice que a él, lo fabricaron en China. 

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