24 de diciembre de 2018

Pasión senil

Para el viejo la juventud adquiere un encanto cada vez mayor, al punto de producirle una atracción obsesiva. Podría esto explicar--pero no lo justifica--el designio maligno y grotesco del viejo verde, tema de chistes torpes, y la lastimosa persecución de muchachos en que algunas mujeres se denigran.


Ajenos a la vulgar conducta degenerada--ciegos de pasión desesperada--los viejos acosan a miradas a Susana. El dios perverso enamora a Ganimedes, lo domina.


La tradición de este mal es antiquísima: se remonta a las mitologías y llega hasta nosotros enredada en los ropajes de la hipocresía.

Vejez y juventud entrelazadas en lo grostesco: el beso del vampiro anciano, de colmillo sarroso y sonrisa--maldita sea la sonrisa entre las gracias mentidas--cariada, babosa, fría.

La impotencia de la decrepitud vuelve a los viejos más golosos y deseosos de lo lozano y vigoroso: la nalga tersa y firme, el cuello sedoso erguido, la humedad ardiente de la boca casi infantil todavía, apenas sabedora del beso erótico.

Desaforada es la ansiedad del rapto que conmueve hasta los huesos al que se pudre —carne añeja—, agriado de su edad sobrepasada, que no admite y lo rebaja.





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