3 de diciembre de 2018

Otoño y primavera

Como las otras dos estaciones del año, el otoño y la primavera se dan simultáneamente, cada cual en su hemisferio, ajena la una de la otra, ignorantes de su opuesta coincidencia: la de ser dos estaciones igualmente delicadas, sin los extremos de las otras dos y sus severas diferencias. 

Todo lo opuesto a la severidad del invierno y del verano son las delicias del otoño y la primavera. Estaciones de transición, las define lo intermedio del lento transcurrir de un estado extremo al otro. Son estaciones mesuradas, bella manifestación cada una de ellas del tiempo y su transcurso: nos evocan nuestra esencia en la fugacidad del ciruelo en flor y de la rosa; en el fulgor del oro breve del follaje del abedul y el ginko.

Tienen ambas —otoño y primavera— la tibieza del sol levemente inclinado, su luz suavemente esplendorosa; y ambas sacuden sus ramas coloridas al viento, a veces demasiado entusiasta, del norte en un caso y del sur en el otro. Desprendidos, pétalos y hojas secas vuelan en el aire fresco, cubren el suelo con tapiz de exótico diseño.

Belleza simultánea que el que viaja de norte a sur o de sur a norte y cruza la zona tropical de un hemisferio al otro puede gozar en el contraste que otorgan unas pocas horas de vuelo. Quien zarpa en noche de luna llena de primavera arriba en la madrugada de dorada luna de otoño. La velocidad del vuelo permite la experiencia conmovedora de apreciar casi simultáneamente la sutil perfección pasajera de ambas estaciones: la resurrección primaveral y el lento apagarse de las ascuas otoñales. 

Rara oportunidad para el que sabe apreciar lo no habitual de la experiencia viajera.

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