7 de noviembre de 2018

Un ritual de viaje

Ritual —o más bien capricho— de mis viajes ha sido desde hace mucho comprar una o varias plumas y libretas en los lugares de paso o estadía pasajera. He acumulado así unos cuantos objetos que, relacionados con mi manía de tomar demasiadas notas a toda hora, me recuerdan a veces las diversas evasiones del autoengaño y la ilusión.

Hace unos días, y satisfaciendo mi capricho, he cumplido con el ritual al comprar en una pequeña papelería atiborrada de productos de escritorio, una libreta francesa y una pluma alemana, ambas nada caras; ambas, por casualidad, negras.

Me servirán en estos días de visita al lugar que dejó de ser mío hace ya más años de los que quisiera contar.

Invariablemente, cada nueva libreta se presenta, con sus prístinas páginas en blanco, como la oportunidad perfecta para escribir eso que jamás se podrá escribir, lo imaginado como inconcebible.


Esta nueva libreta no es excepción, como no es excepción tampoco sentir que esta pluma, que inauguro escribiendo el borrador de estas líneas, será el instrumento que escriba lo que no he podido escribir con ninguna de las muchas plumas con que he escrito a lo largo —tan largo— de los años.*

Cierto es —y hay que anotarlo— que compite con la pluma y la libreta este computador portátil y su agilidad tan apropiada a las demandas del momento y a la aparentemente obligada necesidad de dar cuenta del viaje para satisfacción de posibles lectores atentos a las novedades que todo viajero experimenta.

Es con el teclado y la pantalla, al fin y al cabo, con los que compongo esta nota. La pluma y la libreta sirven para más íntimos sentimentalismos.



*Adviertan los estilistas que la repetición de un mismo verbo en tan pocas líneas no ha sido resultado de un descuido sino, todo lo contrario, de una voluntaria pretensión.

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