20 de noviembre de 2018

No muy en serio

Tendemos los que nos consideramos escritores —como tienden los artistas en general— a tomarnos a nosotros mismos y a nuestro oficio demasiado en serio. Nos atribuimos virtudes casi sobrenaturales y hacemos de nuestro arte y artificio una valoración exagerada, como si escribir fuera un acto próximo a la magia o a lo sagrado. 

No nos damos cuenta de que nuestro arte resulta de un talento como cualquier otro talento que, por diversas circunstancias históricas y sociales se lo ha revestido de un aura exagerada. Le viene ese carácter de superioridad de lo misterioso del lenguaje, capacidad humana que define la esencia de ser uno, la conciencia individual y su pasmo esencial, la sorprendida incertidumbre. 

Es virtud del escritor poner por escrito lo que todos sienten, imaginan y piensan. No es poco logro; pero no es tanto como para creer que un escritor es un ser extraordinario y la literatura un bien superior a tantos otros bienes creados por las variadísimas capacidades humanas. A cada cual le corresponde la suya en mayor o menor grado de excelencia. 

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