28 de noviembre de 2018

"Hace frío", un texto de Rebecca Bowman

Lo sentí al salir de la casa, el cambio de estación, el aire matutino de repente frío, un aire que hiere de lo gélido que está, el olor a leña y la sensación de que todo disminuye, que el mundo no se expande sino que se enrosca, se vuelve hacia sí mismo.
 Y nos alejamos del sol, todo el hemisferio busca la infinita sombra del espacio, como si se inclinara hacia la muerte. ¿Y yo?, ¿y yo? que cada año soy mayor, que cada año percibo los pequeños cambios que señalan mi deterioro, ¿qué busco?
Habrá momentos de consuelo, la cobija que ahora me tapa, el calor de un buen café, la chimenea en donde chispean unas llamas alegres. Estos pequeños placeres me son, con cada año, más importantes. Pero el fenómeno me confunde.  ¿Soy un árbol que pierde sus hojas para así sobrevivir el invierno? ¿Soy solo una hoja que empieza a encresparse, a volver hacia sí misma para marchitarse y caer? El tiempo requiere que algunos se vayan, que dejen lugar, y si soy parte de todo un universo, el insistir en quedarme sería un acto egoísta, un acto que pone en peligro a quien me seguirá. Y así como mis sentimientos también se secan, como con los años me he vuelto más dura y menos conmovible, mi propio deceso no me preocupa tanto.  Nos llenamos con una especie de algodón al envejecer, ni nos llegan las sensaciones igual, ni nuestras propias emociones son tan agobiantes. La muerte natural es un proceso tan lento que cuando nos damos cuenta de ella, ya tiene bien invadido nuestro sistema.
 En esto hay misericordia, porque al dejar de existir no habrá ni lamento ni gozo posible. Es solo la anticipación a la muerte lo que nos duele, y nuestro propio ser ha hallado la manera de mitigar ese sufrimiento. 
 Ya veo en los árboles los cambios de color, y cae de vez en cuando una hoja, una nuez. Las monarcas pasan por el bosque en camino a lugares más templados, y mi vitalidad, igual, se va esfumando sin que eso me tenga con cuidado.

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