9 de noviembre de 2018

Ante el mar, callar

Ante el mar, callar . . . Qué más queda.


El susurro de las olas y la resaca que acarician la arena de la playa parece decirlo todo, misteriosamente, sin palabras.

He caminado un par de kilómetros por el sendero que sigue la costa escarpada, de roqueríos en el que revientan las lentas olas del mar matinal, hasta llegar al paseo de la playa que se extiende al sur hasta el sector de los altos edificios frente al mar. Me he sentado a estar en el lugar y el momento infinitos.


Si no fuera por el golpe sucesivo de las olas se diría que el tiempo se ha detenido en la eternidad. Inmensurable la extensión del mar y su horizonte ilimitado.   

Mínimo, el espíritu se expande, sorprendido de sí mismo y su osadía. Pero insiste el cuerpo en su biológica temporalidad: late el cronómetro de lo vivo, de lo que apenas perdura, efímero suspiro.

Ante el mar, qué más queda que callar y contar, acompasados, el palpitar del pulso —determinado— y el continuo de las olas.





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