6 de octubre de 2018

Vuelo nocturno y amanecer

El vuelo es nocturno.

Despega el avión en Dallas ya apenas caída la noche e inicia el vuelo en dirección sur, alzándose hasta las alturas en las que avanzará gran parte de la noche. Sobrevuela el sur de Tejas, México y Centro América, según lo indica la pantalla con que se informa a los pasajeros que puedan tener curiosidad sobre los detalles de altura y velocidad de vuelo, distancia recorrida y tiempo transcurrido desde el momento de la partida.

Transcurre la noche en el vuelo imperceptible de la nave —palabra más hermosa que muchas— que apenas se siente suspendida en la velocidad del aire.

La monotonía del avance comienza a disminuir hacia las ocho horas de vuelo, cuando la pantalla indica que el avión se aproxima desde el Pacífico a la costa chilena y su destino, a los pies de Los Andes, en el aeropuerto de Santiago.

Está amaneciendo y hacia el este la Cordillera ofrece el espectáculo, siempre impresionante, del Cerro Aconcagua, la cumbre más alta del continente.

Destaca su altura sobre las nubes y contra el pálido cielo del amanecer. No hay mejor bienvenida a Chile que su presencia colosal en lo colosal del macizo cordillerano.


Los pasajeros sentados junto a las ventanillas que dan al este tienen la visión completa del espectáculo y algunos lo contemplan. Sólo algunos, los que saben de estas raras oportunidades que los vuelos ofrecen desde la altura.

El avión comienza su descenso, dejando atrás el monte y la vista de la cordillera nevada y las luces del amanecer.



Pocos minutos después, a casi nueve horas de haber despegado de Dallas, el avión desciende entre las cumbres de Los Andes y las más bajas de las Cordilleras del Melón y de la Costa, y aterriza en Santiago, rodeado de las siluetas monumentales de los montes elevados contra el cielo sin una nube del nuevo día. El de la llegada.

2 comentarios:

  1. Antes, cuando estaba el viejo aeropuerto de Pudahuel, palabra que en Mapudungun significa "Charcos", había una terraza en el techo donde dejaban estar a los que recibían a viajeros. En esa terraza, ellos veían aterrizar el avión y a veces solían agitar banderas chilenas, pañuelos blancos, carteles, y brazos de bienvenida. Era el momento de las lágrimas. Ahora que todo esta remodernado, con el público hacinado en un pasillo donde no cabe la gente con sus maletas, los que esperan siguen trayendo sus carteles, sonrisas, brazos y esperanzas para recibir al viajero que llega, igual con lágrimas a veces. Pero el recuerdo de la terraza sigue en mi mente como el mejor recibimiento, junto con las montañas que mencionas aqui. La recompensa de al menos 12 horas de vuelo en total!

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