28 de octubre de 2018

Sigue el desayuno frente al mar

Esta mañana —asoleada y fresca— es el café de la playa el lugar donde, a pesar de la impertinente —si bien a volumen no muy alto— música vulgar de siempre, me aparto a contemplar el mar, excepcionalmente calmo estos días, y a tratar, por influjo del lugar y el momento, de cumplir lo que me parece es, si no mi deber, al menos el obligado asumir mi complicada y absurda obsesión de escribir.

El no pretendido silencio, que he mantenido varios días a causa del estar ocupado con las exigencias de la visita, pasó finalmente de la impaciencia a la desesperación contenida. Había que romperlo cuanto antes y de cualquier manera. Es lo que hago en este instante, motivado por la quietud de este momento solitario frente al mar; este mar de siempre, evocador de impresiones —y alguna idea— que demandan atención.

Son impresiones anteriores al recuerdo, ideas que no se sabe bien de donde surgen y cómo se conforman y dominan las preocupaciones de la mente en permenente diálogo consigo misma y sus encuentros con la realidad circundante, tan diferente —tan apabullante— al ámbito imaginario de la conciencia pretendidamente individualizadora.

Nada como el mar para encabritar la mente y devolverle la energía desperdiciada en la ceguera de lo cotidiano.

Hablan, las aguas del mar, del origen y desde la matriz de lo vivo: su misterio. No hay divinidad que las supere. Se engañan los que adoran al sol, los que se postran al pie del piramidal monte soberbio. El mar no acepta adoradores ni taumaturgos y sacerdotes que interpreten su babel de voces, anterior a la magia y todo dogma. No por nada el iluminado ha dicho que todo ser libre amará siempre el mar. 

Este mar que inspira y motiva: marea del origen y el final, alfa y omega definitivo.

Agua del enigma.

El decir de las olas se confunde con el silencio que la palabra ha roto. La pluma susurra sobre el papel.

He escrito.


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