14 de octubre de 2018

Insectarium: La caza de moscas

"Muchas tardes, al salir a la huerta, contemplo en una tapia el espectáculo extraordinario de la caza de moscas por unas cuantas arañas.

Esta tapia, que suele estar al sol y a medias cubierta por una enredadera, es un nido de arañas. Unas son de las que hacen telas, otras de esas pequeñas vagabundas que se llaman vulgarmente alguacilillos. El alguacilillo es un verdadero monstruo, con sus tres filas de ojos, su agilidad, sus saltos. Un bicho así del tamaño de un perro sería algo horroroso.



El alguacilillo, como la araña tejedora y sedentaria, que son tan terribles para las moscas, se baten en retirada cuando aparece volando una especie de mosquita larga y estrecha: el pompilo. Inmediatamente que la distinguen se ve a las arañas, azoradas, que se esconden y buscan un agujero, pero el pompilo es implacable, las persigue, las coge, les da un lancetazo que las paraliza, las mete en un agujero de la pared, pone sus huevos y cierra.

La caza de la mosca es una de las cosas más interesante y más dramática que se puedan ver. Los dos procedimientos de caza, el de la telaraña y el de la persecución son terrible, más traidor, claro es, de la tela. ¡Qué ejercicio gimnásticos hacen las arañas sobre sus cuerdas! No hay marinero que las iguale. Cuando tienen su presa la agarrotan con su hilo en un momento y les sorben los jugos.

El alguacilillo más noble en su caza es como un tigre o un león; tiene unos movimientos rápidos, unos saltos terribles y unas emboscadas traidoras".

Pío Baroja. “El calor”. Las horas solitarias. 344-345 

Nota editorial: Este texto está copiado al pie de la letra de la primera edición, hecha en Madrid el año 1920 por Rafael Caro Raggio, editor de Baroja. Las posibles faltas de sintáxis y puntuación son responsabilidad del editor y del autor. 

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