21 de octubre de 2018

El Pensador

¿En qué piensa el que piensa de espalda al mar?


Sentado, mentón en el puño, en Pensador de Rodin—una de sus tantísimas reproducciones—adorna y—para algunos—dignifica el paseo gimnástico de la playa.

Paseantes, ciclistas y gimnastas se ejercitan al aire libre, fresco, luminoso de un paisaje marino extenso, de amplio horizonte y profundos azules.

Se supone que ante tal magnificencia natural el ejercicio reduplica su valor de actividad saludable: se eleva la mente, al influjo de las sensaciones del espacio esplendoroso, a pensamientos ideales, optimistas, de admirables filosofías humanitarias, auténticos himnos interiores a la perfección del mundo y la humanidad que lo conforma y habita.

No parece estar pensando de esa manera la escultura atormentada que, desde su pedestal no sólo le da la espalda al mar de soberbias olas, sino que inclina la cabeza y evita mirar los jardines en flor que la rodean.


¿A quién puede habérsele ocurrido elegir tan sombrío monumento para un espacio de dichosa exaltación? ¿Qué comisión municipal, qué alcalde, pudo concebir el despropósito de seleccionar tal escultura para embellecer lo hermoso y posicionarla—para mayor error—de espalda al mar y su horizonte inspirador?

¿En qué piensa el pensador de bronce, demasiado serio, enfurruñado y cabizbajo, en medio de la expansión y la dicha de los que pasean, corren y se ejercitan, poseídos de entusiasmo, frente al mar ? Tal vez en lo mismo que piensa esa mujer ya mayor que camina lentamente entre la juventud atlética y—a diferencia del monumento—contempla el horizonte con la mirada distante del que mira desde la profundidad de su oscuro silencio.

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