5 de octubre de 2018

Dicha y desdicha del vuelo

Las leyes de la perspectiva se cumplen con demasiados efectos negativos en la cabina de un avión en vuelo.

Los pasajeros que se sientan junto a los ventanucos —ni ojos de buey alcanzan a ser—abiertos al exterior tienen un panorama inmenso, de amplitudes ampliamente abarcadoras, mientras el resto de los pasajeros apenas si alcanzan a ver desde su asiento más distante un trozo mínimo de un cielo indistinto que, con suerte a veces, ofrece la belleza surrealista de una nube y algún juego de luces admirable.

Volar junto a una ventanilla, por pequeña que sea, puede ser una experiencia visual inmejorable. Cielos inverosímiles, distancias de ensueño, territorios como de un atlas de veras se suceden lentamente al avance rapidísimo del avión que, desde la altura, pareciera casi no avanzar, quieto como se lo siente en la inmovilidad del interior de pote de conservas o lata de sardinas.

Fascinado con lo contemplable, el pasajero de ventanilla puede muy bien perder noción de la incomodidad del asiento y el desagrado de la aglomeración humana. Su viaje es deleitable.

Llama la atención que de entre ellos la mayoría prefiera bajar la cortina y enfrascarse, como los demás pasajeros, los que sufren la condena de viajar a ciegas, en la pantalla de los espectáculos mayormente absurdos o en la lectura de la revista de vuelo, deplorable ejemplo del género publicitario que predica la dicha infinita de los hoteles de lujo y las comidas estrambóticas de una culinaria concebida para engaño de ingenuos habituados a las sutilezas gastronómicas de la pizza y la hamburguesa.

El aburrimiento del viaje lo rompe el reparto de porquerías comestibles y bebidas que se reciben como un regalo de los dioses aéreos. Todos comen y bien como si no lo hubieran hecho nunca antes.

Mientras tanto, afuera, invisible, transcurre la magnificencia del espectáculo que sólo se lo puede ver desde el agujero mezquino de la ventanilla que unos pocos pasajeros controlan y desaprovechan desde sus asientos selectos, únicos abiertos a la perspectiva de lo casi infinito.

Volar puede ser, dependiendo del asiento que se tenga, una experiencia estupenda o una tortura apenas soportable.


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