31 de octubre de 2018

A pasos de paseo

Habituado al uso del automóvil individual, el viajero cree conveniente arrendar un auto por las varias semanas de estadía en la ciudad y región donde muchos años antes se movilizaba a pie, en bicicleta y en las varias alternativas de movilización colectiva. El tráfico excesivo y el trazado de calles y caminos, cuyas dificultades no está acostumbrado ni preparado para sortear, lo convencen de la conveniencia de evitarse problemas y dolores de cabeza y, en vez de movilizarse en un auto privado, hacer uso, de nuevo, como en otros tiempos, del pie —ya no tan ágil como entonces— y de la movilización colectiva, que ofrece las opciones del bus, el metro, el taxi colectivo, el taxi privado e incluso el Uber.




Caminar ha sido siempre una buena opción cuando se trata de cubrir breves distancias, sobre todo si el trayecto se cumple por calles y paseos agradables. Así, por ejemplo, un paseo por los jardines a la orilla del mar o por una costanera junto a la playa en un día luminoso y refrescado por la brisa marina ofrece la triple virtud del ejercicio al aire libre, la admiración del contorno y la evocación sentimental de otros paseos similares de tiempo atrás, ese tiempo que no tiene por qué sentírselo como mejor que el actual, y que en la memoria enriquece la experiencia presente. 


Así mismo, recorrer calles conocidas que se desconoce por lo cambiadas, no deja de ser una actividad valiosa para la salud física y mental. El mundo cambia como cambia uno y si el paso hoy es más lento, pausado por la nosgalgia, el lugar también difiere del recordado, sin ser mejor ni peor, sino solo diferente. Al paso pausado el pensamiento divaga gratamente, motivado por las impresiones confundidas de lo actual y su versión de antaño. 


Entre lo nuevo —construcciones modernas en alto donde solo había casas con jardín y la altura la determinaban las palmeras más viejas, las araucarias, los vetustas ceibos, los sicomoros, castaños y acacias de calles, avenidas y plazoletas diseñadas por los abuelos— aparece lo todavía intacto o apenas transformado: un caserón convertido en oficinas, los árboles que el desarrollo urbano ha respetado, el rincón típico de la pobreza que, incapaz de ponerse al ritmo del progreso, se mantiene igual, con su mismo aspecto descuidado de garajes sucios, tenducos miserables y coloridos, puestos de fruta, perros dormidos al sol que los transeuntes evitan respetosamente.

Al ritmo del pie, tanto más vívido que el paso insensible del automóvil, la ciudad renace del recuerdo y es idéntica en su esencia a la que se conoció de niño. Podrá ser muy diferente en algunos aspectos —más moderna, más caótica, menos ciudad jardín— pero en su esencia sigue igual: su espíritu está vivo en la profundidad de su carácter propio, suma de una infinidad de datos de sutil efecto que confirman su identidad inviolable: espacio geográficamente esplendoroso, clima delicadamente caprichoso, actitudes, costumbres, aromas, sonidos, árboles y flores son todos factores entre otros —muchos más — que es imposible discernir en el estado de efusión que produce el caminar lo conocido.

Cumplido el paseo ha de buscarse el medio de movilizarse a más distancia. Sea esta aventura motivo de otra entrega.

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