4 de septiembre de 2018

La edad dorada

El chiste—que todos hemos oído y aprobado con risa sabia—va más o menos así: 

El turista que ha trabajado intensamente para poder darse el gusto de pasar unos días de ocio en el paraíso perdido de una caleta de pobres pescadores observa cómo se afanan éstos cada madrugada en ir al mar en sus botes a remo para volver a las pocas horas con una carga de pescado que venden y consumen ese mismo día. “¿Cuánto ganan?” les pregunta a varios y la respuesta de todos es la misma: lo suficiente para ir tirando. Les habla entonces de las bondades del comercio y la inversión y--empresario que es--los insta a endeudarse con un préstamo para comprar mejor equipo--lanchas más grandes y a motor, redes de mayor rendimiento, camiones para llevar la pesca a la ciudad más cercana--y con ello ganar más dinero y hacerse ricos. "¿Y para qué?" le preguntan los pescadores. Para poder darse--entre otros--el lujo que él puede darse--les responde--de pasar unos días en el paraíso. La reacción de los pescadores, la que hace el chiste, produce risa de lo obvia que es: "Ya vivimos en él" le dicen.

Sólo que no es verdad, que el ensueño de la playa paradisíaca es una fantasía, como son fantásticos, irreales, esos hijos del mar que dicen vivir en perfecta armonía con su mundo simple, idealizado, de la naturaleza libre de cuidados.

El chiste falla. Y si uno se ríe pensando en la acertado de la respuesta de los pescadores no pasa de ser un ingenuo soñador, confundido por las apariencias y por siglos de creencia en un motivo literario--el beatus ille--tan antiguo y falso como la palabra y el ensueño.

Persistente es el iluso mito aquel de la Edad Dorada.




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