15 de septiembre de 2018

Don Baruj habla de sí mismo

Rara es la vez que don Baruj habla de sí mismo.

--Para eso están las plumas, las libretas y la orilla del mar--ha dicho--. Para hablar a solas.

Por más que hemos tratado de que nos hable de él, curiosos como estamos por saber algo de su vida personal, es rara la vez que lo hace.

De hacerlo, es como al pasar dice un par de palabras, como si hablara de otra persona.

Supimos, en una de esas ocaciones, que había vivido en Nueva York--la ciudad--algunos años y que había tenido por hábito caminarla--Manhattan--, como quien recorre, atento a cuanto va mirando, un laberinto encantado.

Otra vez recordó cómo había aprendido a leer francés de niño sentado en la falda de la anciana institutriz de su madre.

Y más de alguna vez se ha referido--siempre en la sordina del susurro--a la belleza del atardecer  frente al mar, la montaña al este iluminada. Había crecido--supimos--jugando en una playa de arena negra y entendía--entiende--lo que el mar murmura y brama.

--Callar--ha dicho--es una disciplina imprescindible. Toda luz se origina del silencio.



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