28 de agosto de 2018

La siesta del camarón

Si el camarón se duerme no sabe de corrientes ni torbellinos: se deja llevar despreocupadamente por el caudal que suena porque piedras lleva; él ni cuenta se da ni le preocuparía si cuenta se diera.


Hasta hace poco, ofuscado en el fango, agitado de necesidades, el camarón vivía en el confuso competir con los demás camarones de dura caparazón, de patas laboriosas, de pinzas crueles. Era un iluso camarón más entre tantos camarones revolviéndose en el fango de la ribera del río incesante, el vasto río de aguas en perpetua huída.

¿De dónde el agua viene? ¿A dónde lleva la corriente? No son cuestiones que al camarón ensoñador le interese averiguar.

Agua pasajera.

Agua portadora de un universo de materias vivas e inertes.

Agua siempre igual, nunca la misma.

Agua del esturión de delicados huevos. Agua de la trucha que con el sol reverbera en las escamas de las ondas. Aguas oscuras del bagre de los posos que las navega a ciegas. Agua del árbol que, dichoso, navega incensitivo. Agua de las praderas que no sienten el rumor de su avance. Agua del limo que fermentará depositado en los remansos. Agua del caymán y de la garza. De la anaconda y la sirena. Agua del desove y la agonía. Agua del tiempo, imperecedera. Agua del transcurso, nunca quieta.



--Agua que no has de beber—le dijo el camarón abuelo—déjala que corra, que te lleve. El viejo camarón que ha meditado toda su vida—para nada—sobre la mortalidad del cangrejo, su enemigo, y sobre el número de gotas de que se compone el río. El sabio camarón que no sabe nada y habla de más y bonito.

--De aguas mansas . . .--susurra, relamiéndose el bigote enlodado.

Camarón cuya pinza izquierda no sabe—ni saber quiere—qué tritura y mata la derecha.

Camarón que para atrás camina, siempre huyendo. Tanta pata indecisa.

Por úlimo el ensueño se transforma en duermevela. Al susurro de los narcisos de la orilla mecidos por brisa y ondas se quedó dormido, ajeno al mundo sumergido y debió soñar que lo ascendía al sol el espíritu del aire, de la corriente del río, que no se sabe de donde viene ni a dónde va, pero transporta.

El vuelo vespertino del cormorán y no del camarón.

Desde el mar, que ruge indignado a lo lejos, compitiendo con las aguas dulces que lo invaden, vuelan río arriba los ángeles blanquinegros: gaviotas carroñeras.

El vuelo negro del cormorán sobre las aguas funerales y origen de la vida.

Soñó—porque se duerme para soñar—que no era camarón del fango sino alado cormorán de las alturas y buzo indagador de las aguas del mar, profundamente oscuras.

Se zambulle el cormorán y al camarón se engulle de una tragada.





No hay comentarios.:

Publicar un comentario