25 de agosto de 2018

Autora de Labrapalabra: Bertha Jacobson. Cuento "El incendio"

El Incendio

Cuento esta historia con el despego del tiempo y la distancia, confiando que los recuerdos me sirvan bien y no sea mi imaginación la que la reconstruye. ¿Ocurrieron las cosas como decía mi familia o como la contaron ellos, los que trabajaban del otro lado del muro?

Aquel muro de adobe era alto y grueso, un vestigio de la construcción antigua del solar donde se construyó nuestra casa. Entre sus grietas y hendiduras, acogía una gran variedad de vida silvestre y a mí me gustaba explorarlo palmo a palmo. Las semillas abandonadas por los pájaros germinaban decorándolo con brotes primaverales. Los huecos ofrecían refugio y frescura a las lagartijas, y batallones de hormigas desafiaban la gravedad marchando en fila india, cargando los tesoros desperdigados por el viento entre los resquicios del muro. Un par de palomas construyó un nido en la esquina y observándolas desde mi sitio favorito, adentro de una tinaja de lámina, aprendí el ciclo de la vida.

Del otro lado del muro había un corralón que alojó diferentes negocios. Primero fue una bodega de forraje que cerró de repente, lanzando a nuestra propiedad docenas de ratones acostumbrados a festines de heno y alfalfa. Construyeron madrigueras en la base del muro y se colaban al interior de la casa con la mayor desfachatez;, sin timidez o precaución alguna. Hubo que traer tres gatos para erradicar la plaga.

Poco después el espacio se rentó como herrería y nos acostumbramos a los ruidos del soplete y del taladro, al golpe seco que da el mazo sobre el yunque y a los gritos de los trabajadores. A través de las rendijas del muro me gustaba ver el resplandor de las llamas cuando soldaban.
El dueño era un viejito amable, llamado Don Abraham, quien nos regalaba dulces. Cuando murió, el taller cerró y el lote pasó a ser una carpintería. El descuido y desorganización del carpintero y sus aprendices contrastaban con la integridad y nitidez de Don Abraham) y, por supuesto, empezaron los problemas.

Más de una vez mi madre pilló a los trabajadores brincando el muro de adobe para robarse los duraznos, los higos y las granadas de nuestro jardín. Después los veíamos fumando muy cerca de la madera y usaban una máquina que despedía un humo sucio y apestoso que nos quemaba la nariz.

Una tarde de invierno mi madre colgaba las sábanas en los tendederos de atrás cuando un hedor pungente llenó el ambiente. Del otro lado del muro surgía una columna de hollín espeso que la brisa difundía por nuestro patio. Al ver las pequeñas partículas negras incrustarse en las sábanas blancas recién lavadas, mi madre se puso furiosa. Mi padre escuchó sus gritos desde la cocina y salió a ver la razón de tanto alboroto.

Indignado, fue a buscar al dueño para quejarse, pero sólo encontró a dos empleados operando una sierra eléctrica y fumando sobre una alfombra de aserrín y virutas. Hacía frío y una estufa de leña que los trabajadores atizaban con petróleo y basura(,) despedía el humo oscuro y maloliente que tanto molestó a mi madre.

̶ ¿Cómo pueden ser tan imprudentes? ̶ gritó mi padre ̶ . Si no tienen cuidado, un día de éstos se les va a quemar el negocio.

Cual profecía, esa noche nos despertó el insistente golpear de unas llaves en la ventana de la recámara.

̶ ¡Se quema su casa! ̶ gritó el hijo de un vecino cuando mi madre se asomó.

Llamas enormes salían de la carpintería, no de nuestra propiedad, pero corríamos el riesgo de que el incendio se propagara a nuestra casa. Nos vestimos de prisa y salimos a la calle sin pensar en qué salvar. Si tu casa se incendiara, nos preguntamos muchas veces, ¿qué es lo primero que tratarías de sacar? Fotos, decía yo. Mi crucifijo, decía mi madre. Sin embargo en ese momento no se nos ocurrió salvar nada y salimos despavoridos por la puerta de atrás. Nos abrazamos al cruzar la calle y mi padre fue a agradecer el aviso al chico. Los bomberos llegaron y arrastrando sus gigantescas mangueras de alta presión por la cocina de la casa, se colocaron frente al muro de adobe y empezaron a combatir el fuego. Sofocaron el incendio después de varias horas, pero el muro no sobrevivió el desastre. Se desmoronó como castillo de arena, víctima del ataque del agua por un lado y del calor intenso del incendio por el otro.




Un agente de investigaciones previas vino a la mañana siguiente. Los carpinteros llegaban al taller y no podían creer lo que veían. El boquete del muro derrumbado servía de marco a un panorama de tablas y maderos calcinados y ahumados regados por todo el piso.

̶ Es un milagro que no haya sucedido algo más grave ̶ comentó el agente inspeccionando los daños del siniestro.

̶ Aquel señor barbón vino a amenazarnos ayer, y hoy encontramos el lugar destruido. ¿No le parece demasiada coincidencia, licenciado? ̶ dijo un joven flacucho abriendo su cajetilla de Faros y ofreciéndole un cigarrillo al agente. Señaló a mi padre, quien en ese momento recogía escombros en nuestro lado del jardín.

̶ ¿Los amenazó? ¿Qué les dijo? ̶ preguntó el hombre rechazando con la mano la oferta del cigarrillo.
El joven contó su versión de lo acontecido la tarde anterior y otro empleado, un carpintero alto y bigotón, se acercó a ellos y empezó a mover la cabeza corroborando lo que el otro decía.
̶ De seguro se brincó la barda ̶concluyó.

¿Brincar la barda? ¡Imposible!, pensé yo. Mi padre era un hombre poco atlético que le tenía miedo a las alturas y prefería detener la escalera para que fuera mi madre quien cambiara los focos fundidos. También sentía pavor por los truenos y la oscuridad, pero eso es parte de otra historia.

El agente agradeció la información y caminando entre las ruinas llegó hasta donde mi padre, postrado, recogía basura del suelo. Sin saludar siquiera, empezó a cuestionarlo en tono pendenciero.
Tomado por sorpresa, mi padre no sabía qué decir, gotitas de sudor fueron bajando por sus sienes mientras explicaba la insensatez de los carpinteros.

̶ Tendrá que acompañarme a la delegación ̶ dijo el hombre tomando a mi padre por el brazo.
̶ Iré voluntariamente ̶ respondió mi padre soltándose.  ̶ Tampoco es cosa de ponernos agresivos.
Se acercó a mí y me besó la frente. Puso algo entre mis manos y susurró:  ̶ cuídame esto hasta que regrese. Acepté el objeto apretándolo en mi puño. Ver a mi padre en el asiento de atrás de la patrulla me causó nudos en la garganta, el corazón y el estómago. Cuando el carro se fue, abrí la mano y vi una medalla de oro con la imagen guadalupana. El dorso estaba grabado con una fecha.

Dos horas más tarde, mi padre llamó a mi madre para que lo fuéramos a recoger.

̶ ¿Te pusieron con otros presos? ̶  pregunté asustada.

̶ No. Nada más me hicieron preguntas--respondió mi padre con un tono de preocupación.  ̶ ¿Cómo pueden insinuar esos mequetrefes que yo los amenacé? ̶volviéndose a mí, hizo señas para que le regresara la medalla. La entregué sin hacer preguntas. A mis once años, no se me ocurrió que hubiera algo que preguntar.

Al final, la investigación declaró que el incendio fue causado por un corto circuito y el ajustador de seguros aprobó el pago de la póliza contra incendios. Mi madre estaba segura que el dueño de la carpintería provocó el incendio precisamente para cobrar el seguro.

A pesar de su exoneración mi padre tuvo que aguantar por varios meses las bromas de los amigos, quienes le quitaban cerillos y encendedores y lo cuidaban cuando fumaba, llamándolo “Pit, el Pirómano”.

Después se construyeron unos locales comerciales en el lote vacío y el muro de adobe fue reemplazado por uno de bloque de concreto, gris y aburrido, que nunca me interesó observar.

La vida siguió su curso y nos mudamos a otra colonia. Muchos años después de la muerte de mi padre me encontré con el vecino que dio la voz de alarma la noche del incendio.

̶ Es una suerte que hayas pasado por allí a esa hora ̶ le dije agradecida.

Me miró en silencio y noté que de su cuello colgaba una medalla guadalupana.

̶ Qué linda medalla, ¿me permites? ̶  la tomé entre los dedos y le di vuelta leyendo la inscripción. Era la misma medalla que mi padre me dio a guardar aquel fatídico día.

̶ Esta medalla… ̶apenas pude balbucear. --¿Tú…lo…causaste?

̶ ¿Nunca te dijo la verdad? Fue idea de tu padre. Me dio cien pesos para brincar el muro y tirar un cerillo sobre las virutas, sólo quería darles un susto. Nunca pensamos que las llamas se propagarían tan rápido.




Bertha Jacobson, originaria de Chihuahua, México, reside en San Antonio, Texas donde ejerce como intérprete y traductor jurídico. Varios de sus cuentos han recibido premio o mención honorífica a lo largo de los años. "El incendio" ganó primer lugar en el XXVII Concurso Literario organizado por el Instituto de Cultura Peruana de Miami.

  

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