24 de julio de 2018

Un insecto mágico

De todas las referencias a insectos que he encontrado en literatura hay una que me ha dejado una impresión indeleble desde la primera vez que la leí por esos días en que no se me habría podido ocurrir que con el tiempo esa imagen inocente me penaría con la nostalgia con que ahora lo hace. Rememorarla me vuelve a los años de la adolescencia ingenuamente ignorante.

Se trata de un largo párrafo de la novela Los ríos profundos, del peruano José María Arguedas (1911-1969). Por hermoso que este texto parezca, pierde parte de su valor al sacarlo del contexto del capítulo; aún así, léaselo como una muestra de la belleza y significación que puede tener un insecto para una cultura maravillada.

“Se llama tankayllu al tábano zumbador e inofensivo que vuela en el campo libando flores. El tankayllu aparece en abril, pero en los campos regados se le puede ver en otros meses del año. Agita sus alas con una velocidad alocada, para elevar su pesado cuerpo, su vientre excesivo. Los niños lo persiguen y le dan caza. Su alargado y oscuro cuerpo termina en una especie de aguijón que no solo es inofensivo, sino dulce. Los niños le dan caza para beber la miel en que está untado ese falso aguijón. Al tankayllu no se le puede dar caza fácilmente, pues vuela alto, buscando la flor de los arbustos. Su color es raro, tabaco oscuro; en el vientre lleva unas rayas brillantes; y como el ruido de sus alas es intenso, demasiado fuerte para su pequeña figura, los indios creen que el tankayllu tiene en su cuerpo algo más que su sola vida. ¿Por qué lleva miel en el tapón del vientre?¿Por qué sus pequeñas y endebles alas mueven el viento hasta agitarlo y cambiarlo?¿Cómo es que el aire sopla sobre el rostro de quien lo mira cuando pasa el tankayllu? Su pequeño cuerpo no puede darle tanto aliento. Él remueve el aire, zumba como un ser grande; su cuerpo afelpado desaparece en la luz, elevándose perpedicularmente. No, no es un ser malvado; los niños que beben su miel sienten en el corazón, durante toda la vida, como el roce de un tibio aliento que los protege contra el rencor y la melancolía. Pero los indios no consideran al tankayllu una criatura de Dios como todos los insectos comunes; temen que sea un réprobo. Alguna vez los misioneros debieron predicar contra él y otros seres privilegiados”. 

Situado al comienzo del capítulo titulado, en quechua, “Zumbayllu”, este párrafo que habla del insecto prepara para una escena extraordinaria más adelante y da pie a una serie de disquisiciones sobre la terminación quechua yllu, onomatopeya que “representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas en vuelo; la música que surge del movimiento de objetos leves”. Tal terminación se encuentra en palabras como pinkuyllu, o quena gigante, y zumbayllu, el “pequeño trompo” que un niño trae a la escuela. La “esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados; la púa era grande y delgada. Cuatro huecos redondos, a manera de ojos, tenía la esfera.” 

Al hacerlo girar emite el zumbayllu “un canto delgado”, como el zumbido de un “coro de grandes tankayllus fijos en un sitio, prisioneros sobre el polvo”. La escena en que el niño protagonista observa el trompo está íntimamente relacionada con ese párrafo inicial que habla del tábano inofensivo:
El niño del trompo lo encordela y lo arroja al suelo. “El trompo se detuvo un instante en el aire y cayó después en un extremo del círculo formado por los alumnos, donde había sol. Sobre la tierra suelta, su larga púa trazó líneas redondas, se revolvió lanzando ráfagas de aire por sus cuatro ojos; vibró como un gran insecto cantador, luego se inclinó, volcándose sobre el eje. Una sombra gris aureolaba su cabeza giradora, un círculo negro lo partía por el centro de la esfera. Y su agudo canto brotaba de esa faja oscura. Eran los ojos del trompo, los cuatro ojos grandes que se hundían, como en un líquido, en la dura esfera. El polvo más fino se levantaba en círculo envolviendo al pequeño trompo.
    El canto del zumbayllu se internaba en el oído, avivaba en la memoria la imagen de los ríos, de los árboles negros que cuelgan en las paredes de los abismos".


Trompo e insecto se confunden en la memoria de una naturaleza añorada, la de esos Andes de profundos ríos, hundido al fondo de los abismos. 

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