7 de julio de 2018

De la permanente juventud

Ya lo imaginaron los antiguos con su sabia comprensión del ser humano: el puer aeternus, el niño inmortal, representación mitológica de la juventud que se quisiera--se ansía--imperecedera.

Tal muchacho eterno ha recibido desde entonces otros nombres, otras figuraciones igualmente idealizadas: Peter Pan, Dorian Grey en su retrato adolescente, Adonis, Romeo y Julieta, Calixto y Melibea, Cenicienta y Mowli, el más puro de los infantes imaginarios; Werther también en su enamorada brevedad suicida. Y tal vez--por qué no--El Dorado.

Desde la madurez insatisfecha los muy jóvenes adquieren rasgos míticos, maneras de la fantasía ensoñadora.

Cupido es niño, adolescente fue David, una niña la Virgen hebrea a quien el ángel--pubescente él mismo--visitó con la buena nueva.

Muy jóvenes los retratados renacentistas que en los museos miran soberbiamente juveniles a quienes, a siglos de distancia, los admiramos en su inmarcesible belleza eterna: obras de arte que detienen el tiempo y hacen de la edad lozana una permanencia, un triunfo sobre el tiempo que transcurre y lo envejece todo para el derrumbe.

Desde la ancianidad al púber se lo ve como un reclamo de vida, una imposible reencarnación sin edad, un ser incólume en el tiempo.

Niños, los príncipes de la fantasía; niños también--infame delito--los esclavos de la concupiscencia y el abuso. Niños, los querubines, los ángeles adolescentes; Ganimedes, un muchacho; lo mismo Narciso; una niña Ofelia.

Se admira la juventud perdurable en los hijos desde la edad madura; se la atesora en los nietos desde la vejez, se añora desde cualquier edad que la ha haya dejado atrás, en su nostalgia. Y por desgracia, por insania inmunda se la desea desde la carne impura: las molicies de la madurez irreverente y la enjuta vejez desvergonzada de egoismo.


Niñas, también--lástima de la realidad inconcebible--las desposadas, los desposeídos, las víctimas de un mundo de adultos decepcionados y despiadados dueños senescentes de la justicia retorcida y su rapiña. Caprichosos cuerpos del poder exhumados del osario inmundo del deseo decadente, caducidad que de la juventud eterna bebe, sorbe y absorbe lo irrecuperable.

Moneda de dos caras: al lozano triunfo de la eterna juventud lo contradice la inmundicia, también permanente--ensañada--de lo juvenil hollado.

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