10 de julio de 2018

De Crónicas del duermevela: Dormitar

Hacia medianoche se produce la languidez del desgaste diario, un sentirse físicamente desganado y mentalmente proclive al ensueño.

Se ha apagado la televisión y su fantasía siempre incompleta, está abandonado el libro en la mesita de velador. Pero no se tiene todavía sueño, sino sólo dejadez y desgana. No interesa nada en qué entretener la curiosidad que nunca se cansa, ni en el reposo.

Inactivo, se intenta ingresar al duermevela, que es donde mejor se siente cuando la mente se ensimisma en gárrulas imaginaciones y el sentimiento se sobrepasa y desarrolla emociones exageradas. Escape ha de ser de la vigilia viva, pseudo-nirvana, estado intermedio de un entra y sale o de un asomarse asombrado.

Dormitar es un acto dulcemente pasivo, un dejarse llevar, sin abandonarse del todo, al otro extremo: lo desconocido.

Quien dormita ensueña, atentos al momento los sentidos, descorrida apenas la cortina de los sueños.

Dualidad del que ya no está despierto ni tampoco duerme.

Equilibrio de cuerda floja sobre un abismo luminoso, tira y afloja de un lado y otro de la vigilia y el sueño: duermevela.

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