3 de julio de 2018

De "Café Labrapalabra": Un reencuentro

Acaba de entrar al café un anciano que tiene un aire de alguien conocido y que no reconozco hasta oírlo ordenar a la mesera, con voz demasiado alta, un desayuno nada sano.

Más que la voz, cascada por la edad, me lo dio a conocer su actitud: ese tono farsante del fingido prepotente que siempre fue. A pesar de lo cambiado de su aspecto físico--el del que se ha desmoronado de pronto, herido repentinamente por la enfermedad del tiempo, que envejece—mantiene lo altanero de su personalidad.

Bien sé quien es ahora que lo he reconocido a pesar de lo envejecido que está. Por un tiempo trabajé para él en algún proyecto insignificante de su invención, pero no recuerdo cómo se llama y malamente podría dejarle saber que lo he visto. Tampoco ha dado signos de acercárseme, aunque al entrar, se quedó mirándome por un instante, como si me hubiera reconocido y tratara de hacer memoria de quien pueda ser este otro anciano—no tan desmejorado como él—que lo mira fijamente sin saludarlo.

De viejos ya no seremos los que fuimos, pero nos queda a algunos la vanidosa ilusión de todavía serlo.



No me sorprende, por lo mismo, que al acercársele la mesera para servirle más café, él, tan presumido como siempre, le muestre el diario y comience a hablarle de sí mismo, quiero decir del que fue, ese político local, uno de los más dados a dorar la píldora y hablar en insignificantes frases hechas. 

Me tomo mi café de un trago. Amargo. Cuando lo camarera venga a mi llamado le diré que a ese viejo decrépito, de cuyo nombre no consigo acordarme, le gané en las elecciones por tantos votos que tomó varios días contarlos todos. Que no le haga caso, le diré, porque no sabe más que hablar mal de los demás y hacerse el importante.


Que haya gente así de vanidosa parece increíble.

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