5 de julio de 2018

De avestruces y arena

Ante el asalto continuo de la realidad, a muchos les parece que no queda más que inventarse una realidad propia, alternativa: algo así como cavar un hoyo más o menos hondo donde meter la cabeza hasta el cogote, el larguísimo cogote periscópico de avestruz. 

A más hondo el hoyo, mejor: más distante la visión de lo que no es visión sino implacable luz del día.

Pero toda avestruz, por cuellilarga que sea, tiene que sacar a diario la cabeza de su agujero feliz para comer. No hay alimentos contundentes en el mundo de la fantasía.


Alguna habrá que llegue a tal estado de escarbación escapista que pueda ayunar unos cuantos días, y hasta habrá la que ayuna por completo y pasa limpiamente a otra esfera, más pura, de realización. Es el ayuno un ejercicio espiritual definitivo.

Cavar un hoyo en la arena, desafortunadamente, no es tan fácil como puede parecer: toma un tanto de determinación que no todas las avestruces tienen. 

No son pocas, sin embargo, las que se aprovechan de hoyos ajenos y están, además, las que, como un servicio efectivo, cavan hoyos a pedido y para arriendo. Estos, por lo general, son hoyos bastante imperfectos--cavados a la ligera--y contaminados de realidad; son hoyos falsos, inefectivos por impersonales. Son, por cierto, los que más abundan.

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