18 de junio de 2018

Un aleph pastoril



"Vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor", cuenta el Borges protagonista de la maravillosa historia del aleph que Argentino Daneri encontró en los peldaños de la escalera que llevaba al sótano de su casa en Buenos Aires. Y el Borges, lector curioso, anota al final del cuento lo que se entiende como una explicación antecedente de ese fenómeno increíble de la esfera tornasolada" que lo entine todo. 

La nota es necesariamente larga por exhaustiva:

Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres--la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik
Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

No cita Burton, porque no supo que existiera o no le pareció de importancia, el pasaje de la obra bucólica de Bernardo de Balbuena, Siglo de Oro en las selvas de Erífile (1608) en que se cuenta de un globo que bien pudiera haber sido otra manifestación del aleph en la Antigüedad clásica:


". . .  esta última vez que á la ciudad fui á vender bien doce mantecosos quesos que de mi cosecha tenia, no muy desviado 



del camino, como por feliz agüero de mi vuelta, me hallé un pequeño globo que de fino oro me certifican ser, de aquel tamaño y grandeza que solemos coger las amarillas ciruelas de los silvestres árboles, pero de mano tan artificiosa obrado, que en él por orden toda la descripción de la tierra perfectamente está esculpida, sin que haya rio tan apartado ó fuente tan poco conocida que allí no ocupe suficiente lugar. Y creo que si este para tanta obra estrechísimo no fuera, no solo las selvas, los bosques y las grandes ciudades, mas toda la diversidad de animales que la naturaleza ha producido se viera en él trasladada; que no á otro fin en algunas partecillas así se ven comenzados á labrar, que quien con cuidado los mirare no dirá que vivos estén, mas que la tierra á medio formar en aquel punto los vaya produciendo de la suerte que á la primera voz de su divino artífice fueron saliendo de sus entrañas".

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