4 de agosto de 2017

Despedida

10:58 By Santiago Daydi-Tolson

Diente de león agostado
Las ventoleras veraniegas, con sus energías generadoras, le ha desprendido a la inflorescencia hasta sus últimos vilanos y los ha esparcido en todas direcciones. El aura de plumilla del diente de león no es ahora, cuando ha dado todo de sí, más que un mínimo cráneo pálido, insignificante, feo. Ya no le queda nada más que lanzar a los aires y acabará quebrando el cuello en el desmayo del ajarse sobre la tierra que lo espera.

Y Caracol sin paguro
Ha crecido el cangrejo ermitaño y le queda chica la concha de caracol que ha habitado desde hace un tiempo.
Necesita mudar de casa y sale al mundo, disminuido en su desnudez de crustáceo sin cáscara protectora, a buscar--presuroso y timorato--otro caracol vacío en el que esconderse.
No tiene tiempo ni está de humor para meditaciones.
Queda en el fondo de cuarzo de la poza que las olas llenan y vacían con su golpear incesante el caracol vacío: la casa abandonada.
Diminuto, reproduce en un mundo de miniatura, ese caracol tamaño humano que el poeta se llevó al oído:

En la playa he encontrado un caracol de oro
macizo y recamado de las perlas más finas;
Europa le ha tocado con sus manos divinas
cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.

He llevado a mis labios el caracol sonoro
y he suscitado el eco de las dianas marinas,
le acerqué a mis oídos y las azules minas
me han contado en voz baja su secreto tesoro.

Así la sal me llega de los vientos amargos
que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos
cuando amaron los astros el sueño de Jasón;

y oigo un rumor de olas y un incógnito acento
y un profundo oleaje y un misterioso viento...
(El caracol la forma tiene de un corazón.)

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Jueves 4 de agosto, 2017

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