7 de junio de 2017

Diente de León: Labrapalabra

08:05 By Santiago Daydi-Tolson

Después de mucho meditar sobre la vanidad de las vanidades, asoma de nuevo su cabeza de alba melena el Diente de León y la sacude al viento y a la luz del sol que la iridiza (valga el momento la invención de un verbo nuevo).

Cuenta con que las plumillas de su cabellera leonina echen vuelo a los cuatro vientos y lleven por los aires sus ilusiones.

Una de ellas ha sido--y desde hace ya diez años--la de ver entretejerse en la red los hilillos de orfebre de este Labrapalabra de caprichoso origen.

Ilusión, por lo demás, satisfecha en la realidad casi irreal del orbe cibernético.

Más de alguno, supone, se habrá detenido un momento a contemplar su ensueño.

El término compuesto que titula esta ilusión alude a dos acepciones del acto de labrar: la que habla del oficio de hacer que la tierra produzca y la que se refiere al dedicado trabajar una materia hasta la perfección. No se trata de proponer resultados tanto como de laborar en función de un logro final que importa menos que el logro constante de aspirar a lo que, al fin y al cabo, nunca será perfecto ni definitivo.

Goce el artista de la exigente limitación de lo perfectible. No se engañe con la falsa impresión de lo acabado: labre y no deje de labrar. Comparta con los demás las versiones, borradores, del proceso.

Y el lector, el que descifra y exige signos, trabalenguas, metros encantatorios, visiones del duermevela y la sorpresa, tenga, añadida a la dicha del descubrimiento, la virtud del comentario, la oferta compensatoria del que aplaude y critica en bien del diálogo y su labor develadora.

Ha de ser Labrapalabra labor compartida entre los que labran el objeto admirable y los que lo observan, lo tocan y lo pulen. No sean éstas palabras sin eco, voces para el silencio.
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Miércoles 7 de junio, 2017

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