26 de abril de 2017

Cuento de Eduardo Jiménez mayo

11:26 By Santiago Daydi-Tolson

Mejor muerto que convertido.

No fui el primero ni el último en dormirse durante uno de los prolijos discursos de Pablo, el mayor de los discípulos, judío errante infatigable y locuaz. Me encontraba en la reunión porque mi madre, rica matrona griega, creía ferverosamente, y como le parecía indecoroso salir de noche sola, me obligó a acompañarla.

Llegamos al alto aposento al anochecer y Pablo ya estaba disertando. Alargó su discurso hasta la medianoche y para entonces yo, acurrucado en el alféizar de la ventana, caí vencido por el sueño, del tercer piso a la tierra rocosa. Mi alma se separó de mi cuerpo en el impacto, pero no tardó en volver gracias a la intervención oportuna de Pablo.

La resurrección del Cristo formaba el eje central de las prédicas de Pablo, y se sabía que el Cristo en vida había resucitado a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, y a la hija del magistrado Jairo. A la muerte del Salvador, se dice que los sepulcros se abrieron, y muchos cuerpos de santos, que ya habían muerto, volvieron a vivir.

Más tarde Pedro, apóstol vacilante del Cristo, se jactaba de haber resucitado en Jope a una creyente conocida en arameo como Tabitá o en griego como Dorca. Sin embargo, Pablo juraba que había trabajado más que Pedro y todos los apóstoles o testigos oculares de Jesús el Nazareno.

Se produjeron rumores de que Pablo se había resucitado a sí mismo después de ser apedreado en Listra. Sea como sea, como estudioso cuidadoso de los hechos de los profetas, Pablo conocía a fondo los pasos a seguir para resucitar a los muertos. Según el Libro de los Reyes, el profeta Elías se tendió tres veces sobre el cuerpo del hijo muerto de una amiga viuda, mientras clamaba al Señor con estas palabras, “Señor y Dios mío, te ruego que le devuelvas la vida a este niño”. Acto seguido el alma del niño volvió a su cuerpo, y el niño recobró la vida.

El profeta Elías ascendió al cielo en medio de un torbellino, pero a los israelitas dejó a su discípulo, el profeta Eliseo, que según el Libro de los Reyes duplicó este milagro a su tiempo. Eliseo entró a la habitación del hijo expirado de una sunamita, cerró la puerta tras de sí, y oró al Señor. Subió a la cama del niño, que no daba señales de vida, y se tendió sobre él, juntando boca a boca, ojos con ojos, y manos con manos. Así, se mantuvo tendido sobre el niño, hasta que el cuerpo del niño comenzó a entrar en calor.

Eliseo se levantó y comenzó a pasearse de un lado a otro de la casa, y después volvió a subirse a la cama, y se tendió otra vez sobre el niño; en ese momento el niño estornudó siete veces, y abrió los ojos.  El Libro de los Reyes también afirma que los propios huesos de Eliseo sirvieron para devolverle la vida a un muerto anónimo que fue abandonado en su sepulcro.

Volviendo al caso mío, Pablo, utilizando la técnica de los profetas Elías y Eliseo, se echó sobre mi cadáver y al instante volví a cobrar conciencia. Me abrazó y les dijo a los fieles, “No se alarmen. Está vivo”. Me pareció que todos estaban alarmados. Volvió al alto aposento, y partió el pan y comió; luego, siguió hablando hasta el amanecer y entonces se fue de Troas para siempre.

El doctor llamado Lucas, compañero de armas de Pablo, redujo a palabra escrita lo sucedido en los Hechos de los Apóstoles. Desde entonces toda clase de curiosos me viene a ver a este poblado alejado de la mano de Dios. ¿Usted, estimado peregrino, también tiene ganas de conocer la verdad de lo que le pasó a su servidor, Eutico?

No hay más verdad que ésta: a mi madre yo siempre le decía, “Mejor muerto que convertido”. Y, en efecto, así fue.

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Miércoles 26 de abril, 2017

“Semblanza biográfica de Eduardo Jiménez Mayo”

Por Bruno Estañol Vidal

Eduardo Jiménez Mayo es una rara avis. Nacido en Boston de madre italiana y padre mexicoamericano creció en San Antonio Tejas, donde su padre ha ejercido la especialidad de psiquiatría. Un escritor bilingüe por cultura y por temperamento se interesó en la literatura en español desde muy temprana edad. No obstante también ha estudiado intensamente la literatura inglesa y estadounidense. Recibió su Baccalaureus Artium en literatura hispánica en la Universidad de Harvard y después se doctoró en literatura hispánica en Madrid. Ha escrito numerosos cuentos y ensayos tanto en español como en inglés, así como ha elaborado diversas antologías de escritores mexicanos y ha traducido a muchos escritores mexicanos al idioma inglés, entre ellos al que esto escribe, como dicen los abogados.  Eduardo Jiménez Mayo tiene una cultura enciclopédica que abarca La Biblia, Los Evangelios y los textos de Pablo de Tarso. Su literatura en español es pulida, reflexiva y sorprendente. Pertenece al mejor género de lo inquietante, por ejemplo en su libro: El Evangelio según Juan de Mairena. En “Mejor muerto que convertido” aparece esta cualidad de lo insólito en la vida cotidiana.

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