15 de marzo de 2017

Viaje a Montserrat

20:06 By Santiago Daydi-Tolson

La Mejor Versión de Montserrat
Por Bertha Jacobson

̶  Cuando estuviste en Barcelona, ¿fuiste a Montserrat?
̶  ¡Ay, no tuve tiempo, pero me habría encantado, dicen que es muy bonito!

Escuché esos comentarios en varias ocasiones y, por el contrario, uno de los principales objetivos de mi viaje a España era ir a Montserrat y de pasada, visitar Barcelona. 

Desde la primera vez que vi fotos del lugar, se me metió en el corazón un deseo muy grande de visitarlo. Este remoto monasterio, que data del siglo X y se ubica en las cercanías de Barcelona, es un conjunto de edificios sencillos anidados en contra de unos riscos de piedra. A decir verdad, los edificios más modernos y austeros son, por sí solos, casi feos. Los peñascos sin los edificios son interesantes, pero la unión de los dos inexplicablemente forma un entorno mágico. Visto de cerca lo compararía a una mujer guapa con facciones burdas. Conozco a una chica de melena rebelde, frente amplia, ojos grandes algo saltones y nariz ancha. El análisis independiente de cada uno de sus rasgos no la hace hermosa y, sin embargo, en conjunto ¡posee una belleza cautivadora que llama la atención! Además de esa singular belleza externa, Montserrat posee un encanto interno que conlleva cientos de años de historia, arte, educación y servicio religioso.

El turista promedio viene desde Barcelona en una excursión de aproximadamente siete horas: tres de viaje y un máximo de cuatro para la visita. Entre las 10 y las 3 de la tarde Montserrat es un hervor de movimiento con centenares de turistas y decenas de excursiones escolares. Cámara en mano, la multitud hace fila para ver las principales atracciones: los niños cantores y la madona negra. Una hora en la basílica para el Canto de la Salve y el Virolai a cargo de la Escolanía (de lunes a viernes, a las 13h); fila de espera para pasar treinta segundos frente a la madona, fila de espera y dos minutos de tiempo dentro de la hermosa capilla diseñada a finales del siglo XIX en la que Gaudi participó como arquitecto asistente, más filas y media hora para el museo. Un rápido recorrido por la cafetería y la tienda de regalos y, si tienes suerte, puedes tomar el funicular hacia la cima de una montaña vecina para disfrutar de vistas extraordinarias del complejo monástico.

¡Rápido, que se nos acaba el tiempo!

Visitantes de todos los credos y creencias visitan Montserrat. El coro infantil atrae una audiencia diaria que abarrota el santo recinto. El religioso a cargo del servicio tiene que instruir a los presentes acerca del comportamiento apropiado dentro de un templo católico: no aplaudan, no tomen fotos, pónganse de pie, cúbranse los hombros desnudos.

Entiendo que para algunas personas es la única manera de visitarlo, pero francamente, si ésta hubiese sido mi experiencia de Montserrat, habría terminado totalmente decepcionada.

Justo al lado del antiguo monasterio hay dos hoteles modestos y sencillos. Nos hospedamos dos noches en el Hostal Abat Cisneros y tengo por seguro que esta decisión hizo de mi visita a Montserrat algo especial, magnífico y significativo.

Llegamos en la tarde cuando el último autobús de turismo partía cuesta abajo por una carretera empinada alrededor de la montaña. Éramos los únicos transeúntes en la explanada central donde un borde formado por cinco arcos de cantera permite admirar el valle y las formaciones rocosas. Nos recibió el imponente replicar de las campanas convocando a la víspera y el interior de la catedral, tenuemente iluminada, reverberó con las voces barítono y tenor de sobrios monjes en túnicas negras.  Los cirios ardían al compás de los cantos y los congregantes esparcidos por el templo éramos pocos.  En medio del servicio, dos hileras de túnicas blancas desfilaron hasta el altar y las voces angelicales del coro de niños nos emocionaron hasta la médula. Varios rostros se llenaron de lágrimas.

Disfrutamos de un encantador atardecer degustando queso, pan y vino en nuestra habitación y al día siguiente nos despertaron las campanas anunciando las oraciones matutinas. Nos deleitamos con un amanecer por encima de las nubes y me identifiqué con las águilas. Emprendimos una caminata solitaria por los senderos bien delineados que rodean el monasterio; entre ellos el vía crucis al aire libre con cada una de sus estaciones a nuestra disposición. 

Antes de la ocho visitamos la capilla, la madona y la cripta, abiertas desde las siete de la mañana. No tuvimos que hacer fila ni apresurarnos para dar paso a nadie, puesto que no había nadie esperando entrada y todavía faltaba una hora para que llegaran los primeros turistas del día.

Tuvimos la libertad de deambular sin prisa por la iglesia y admirar todas y cada una de las valiosas obras de arte. Nos deslumbramos con los paneles de mosaico rumbo al altar de la madona negra. La capilla octagonal en la parte posterior de la catedral nos acogió con un festival de luces de colores a través de los magníficos vitrales.

Gozamos de tiempo y espacio pleno para admirar el arte y disfrutar de la acústica del templo. El silencio del santuario nos invitó al recogimiento espiritual y la oportunidad de meditar y orar en este lugar tan especial.

Esa tarde compramos boletos en el funicular para subir a la cima y explorar varios de los senderos que llevan a diferentes miradores, ermitas o monumentos con vistas panorámicas de belleza incomparable. No teníamos prisa alguna por regresar pues oscurece hasta las 9 de la noche, era temporada primaveral y la brisa vespertina acariciaba nuestros rostros invitándonos a permanecer allí. Además, la habitación del hotel nos esperaba a pocos pasos.

La segunda noche cenamos en el restaurant del hostal. El excelente servicio de manteles largos, platillos deliciosos, como crema de espárragos y brocheta de pollo. acompañados de un buen vino y la convivencia familiar cerraron con broche de oro mi visita a Montserrat. Logré todos mis objetivos excepto el de conversar con alguno de los monjes benedictinos. Me habría encantado, pero no fue posible. Sin embargo sostuvimos una conversación breve y sustanciosa con un par de hermanas de 85 y 86 años respectivamente, quienes viven en Argentina y tienen décadas de hacer este peregrinaje cada primavera. Su sonrisa, optimismo y el cariño que sienten por este lugar mágico es contagioso.

Puedo decir con certeza que mi anhelada visita a Montserrat fue todo un éxito: inolvidable, serena, renovante y mística. Con el simple hecho de quedarnos en el hotel visitamos el lugar como peregrinos, no como turistas. Disfrutando del solitario lugar al atardecer y durante las primeras horas de la mañana vimos la mejor versión de Montserrat.

Mayo 27, 2016.

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Miércoles 15 de marzo, 2017

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