29 de marzo de 2017

Viaje de Roberto Godoy

09:50 By Santiago Daydi-Tolson

Ivención sobre el viaje de un arquitecto dibujante

I

 El arquitecto dibujante vive observando e interrogándose sobre el espacio y sus acontecimientos mediante la contemplación que funde en el dibujo, la palabra y sus obras. La luz y las formas, junto a la naturaleza que las envuelve y a los habitantes que las ocupan, son el universo inicial en el que prodiga su dedicada vocación de reflexión y conocimiento. Desde allí va desvelando, atravesando lo inmediato y superficial hasta llegar a aquello que es la continuidad del habitar, bajo o sobre sus lugares, con y sin ocupantes, situaciones todas que no son sólo su materia de estudio, sino también los ámbitos en los que como un ciudadano más desarrolla su propia vida en el acontecer de la ciudad.

II

Inicia un viaje por mar hacia el continente europeo saliendo desde los muelles de su misma ciudad, Valparaíso. Lleva dentro de su cuerpo y mente los cerros, construcciones, escaleras y plazas de ese perfil urbano que al salir del puerto se extiende ante él en plenitud, para luego alejarse y desaparecer a medida que la nave surca las aguas hacia el horizonte.


Escribe:

“Y a medida que la mano se aproxima a la visión natural, el dibujo se hace más exacto a la apariencia, y menos exacto al espíritu oculto.
¿Cómo recoger la luz en el espíritu oculto de las formas?
Pena, en la luz, el croquis de líneas sin luz”.

Se propone, mediante sus croquis o dibujos, romper y cruzar los límites acostumbrados de su mirada para acceder, tanto a la luz de la visión natural como al resplandor de ese espíritu inexplorado de las formas. Bajo este designio, aunque lleno de incertidumbre, trazará sus papeles.

Las solitarias extensiones marinas, calmas o tormentosas, espejeándose hacia el cielo desde movedizas profundidades son las envolturas indelebles de la nave que avanza sobre sus ondas. Algo que al paso de los días y las noches puede cansar al viajero común, pero no al arquitecto que persiste en observar y dibujar esa enorme amplitud.

Con prolijidad despliega su decidida acción según los embates del oleaje contra el barco, definiendo las fuerzas y resistencias, visibles e invisibles que irrumpen desde la densidad del mar, manifestando con ello que su viaje se realiza en un medio físico que mueve, levanta y hunde en vaivenes a la mole flotante de la nave, todo lo cual provoca en su discurrir diversas alteraciones que inexorablemente llegan hasta su propio cuerpo.

Son los estremecimientos marinos que no sólo extreman su dilema de la luz escondida, sino también los que le hacen perder su independencia y autonomía para movilizarse en el espacio. La supremacía del océano lo une a la nave y las aguas, para constituir con ellas un solo organismo navegante, que en honda y oscilante conjunción termina por afectar el normal percibir de sus sentidos y acciones. Así, al dibujar, sus ojos y manos  renuncian a poseer la exclusividad de la mirada y la ejecución del trazo, y todo en él, con la nave y el mar, comienza a deliberar con poder decisorio, tanto los oídos como la proa, el abismo marino como sus dos codos; solidariamente unidos y engarzados entre sí, reciben la potencia y el fulgor de la travesía marina en el dentro y fuera del ser dibujante. Sea cual sea la actitud de su cuerpo, inmóvil, delineando el papel, imaginando en el aire, o contemplando en la penumbra de cualquier noche, el arquitecto no se detiene en su decisión de rastrear la luz ansiada y las formas que salen de ella. De esta manera instaura, en una inestabilidad exaltada, su acto de pensar y representar el espacio.

Escribe:

“…me hice un propósito: no dibujar un dibujo de líneas, de bordes…”
Pero el dibujo de la luz tiene una doble dificultad.
Por una parte, la luz varía en cada línea; y cada línea va en proporción con otra. Para dibujar la luz hay que trazar miles de líneas…”


“Miles de líneas” que consolidan la existencia visual de su exploración  a través de las miradas que van perdiendo su delante y atrás, su izquierda y derecha, su arriba y abajo, en una veloz sumatoria sin bordes, originadas todas por la ruptura de los sentidos y la fusión de su cuerpo con nave y mar,. De esta manera, el arquitecto dibujante pierde los límites y disuelve el umbral entre la percepción física y el espíritu oculto, dejando en el papel la constancia de las escalonadas miradas, detenciones, roces o deslices de sus propios, esféricos y nuevos campos visuales, donde el blanco no es un vacío sino otro testimonio de la indagación lineal y del  trastorno que la navegación le revela.

Así es como ese océano, ese cielo y esa nave, junto con ser el vínculo entre el continente americano y el europeo, llegan a constituirse con su sola contingencia y al ritmo de las olas, en el modo más exacto de dispersar y asimismo estabilizar su cuerpo de dibujante dentro de los croquis que convergen hacia los espacios exteriores.

III

Llega a Europa y al emprender sus recorridos por el interior del continente, encuentra edificios, pueblos, monumentos o comarcas en pulsaciones que ya no le permiten permanecer en posición inmóvil y acercar o alejar su mirada para deslizarla como lo hacía por las vastas superficies y horizontes marinos. En tierra nuevamente, sólo surca el espacio su cuerpo, ahora independiente y desprendido de la nave y el mar, y que por contraste con el viaje oceánico le resulta un laberinto de lugares sucesivos y diferenciados sobre los cuales debe consultar planos, preguntar y recibir explicaciones. De ahí que su mirada necesite de incesantes  giros de sus ojos para descubrir y detenerse ante lo que le seduce, esperanzado de que en ese punto, puede existir una vía que desencadene el dibujo hacia el vislumbre deseado.

El laberinto ennegrece  y puebla el papel ante las tramas de gente y lugares que encuentra en su trayecto: envolturas arquitectónicas,  interiores que bajan o suben a través de llenos y vacíos sumidos en una luz y sombra en perpetuo cambio.

Es allí, al dibujar tales diversidades, cuando resurge inesperada la misma inestabilidad de su propio pensar y percibir, el mismo vaivén y ondulación que experimentó sobre el océano y que a lo largo de su acto de trazar precipitaba, como lo hace ahora de nuevo en tierra, la alteración y fusión de los sentidos de su cuerpo.

El arquitecto dibujante intuye que estas fluctuaciones venidas de  las señales o hallazgos que dibuja en el laberinto de lo construido, o anteriormente en la extensión de las superficies de mar y cielo, son inherentes a la naturaleza del verdadero observar, contemplar y dibujar, sin importar si los pies estén sobre líquido, sólido o aire, y que sin duda todos ellos provienen de que un único e idéntico ensimismamiento lo posee.

IV

Ha realizado sus itinerarios y abandona Europa dirigiéndose por aire hacia su tierra. La aeronave vuela envuelta y presionada por la densidad de las nubes y los vientos verticales y oblicuos del aire nocturno que cubre el océano entre ambos continentes. No puede ver ese oscuro cielo, sus ojos apenas captan por la ventanilla los velos y penumbras que desaparecen al filo de un ala del avión, y siente resignado que sólo puede observar con claridad la cerrada cabina donde los otros viajeros comienzan a dormir.

Abre entonces sus cuadernos dibujados.

Se enfrenta a templos góticos, cuyos croquis, a diferencia de los del viaje oceánico y de aquellos de calles y fachadas, tienen una aparente mayor terminación y consistencia de líneas. Lee sus propias anotaciones:

“Los vitrales no fueron hechos para iluminar, sino para exponer la luz en si misma, haciéndola resplandecer…”
“El vitral absorbe la luz para iluminarse a si mismo y ser contemplado, conteniéndola”.
“… la luz está expuesta en la penumbra obscura de la iglesia., como un santo en un altar”.


Rememora la luminosidad esencial e inédita que atravesaba sin romper la semioscuridad para continuar extendiéndose hacia la totalidad del espacio de la catedral, en una conjura de móviles claroscuros que le impulsaban a permanecer allí, demorando su acto de dibujarlos, esperando, siempre insatisfecho en su deseo de acceder y hacer morada en el misterio de las formas y en la expansión de sus luces y penumbras.

Se sorprende al ver surgir de estos croquis diversas figuras ajenas a lo trazado: animales ascendiendo por montañas o paredes hechas de precipicios y carreteras zigzagueantes; o edificios y nubes invertidas junto a una boca abierta cantando y a unos dedos sobre el teclado de un piano. Advierte que son apariciones que evocan rasgos de su propia vida; y al continuar su revisión sobre las superficies y líneas de otros croquis, sobrevienen, sean por el blanco de las explanadas marinas  o por las “miles de líneas”, otras imágenes encubiertas, primero comprensibles, luego incomprensibles, siempre en una luz cada vez más imprevista, que gradualmente van provocando en él las mismas transformaciones de los sentidos al dibujar, y que ahora se manifiestan con sólo mirar lo que ha trazado.

Tal desorientación le alegra pues reconoce que esta cadencia de “apareceres” con distintas claridades, exaltan y revelan lo no racionalizado, aquello que sin control se introduce en las hojas que dibuja e invaden su cuerpo, y que por ese encadenamiento de  visiones, se dirigen hacia un punto de fuga, indefinible, donde – se repite a si mismo -- tiene que residir la luz del espíritu inexplorado de las formas.

Confirma que sucede lo mismo en los croquis del mar y de la tierra, en los muy terminados o en los menos, invadidos todos por la potencia de los presagios y las reverberaciones de esa luz impredecible que durante sus recorridos creía contemplar, observar, medir y hacer consciente, y que ahora aflora en representaciones no calculadas e inexplicables.

Ha percibido la luz anhelada y sus formas inexploradas, sabe ya que para acercarse a sus irradiaciones debe entregarse al puro contemplar y dibujar, único modo de que se manifiesten y puedan ser adivinadas y bosquejadas dentro de los pliegos de papel que lo acompañan en sus viajes.

Cierra sus cuadernos, y mientras sigue volando sobre el océano hacia su tierra, se duerme con los mismos sueños de sus dibujos.

Roberto Godoy Arcaya
Arquitecto UCV

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Miércoles 29 de marzo, 2017

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