21 de diciembre de 2016

Fotos de Armando Chávez

12:08 By Santiago Daydi-Tolson

La luz, pujante y díscola
Texto y fotos: Armando Chávez-Rivera.

La misión Nuestra Señora del Espíritu Santo de Zúñiga se levanta en el sur de Tejas a metros del caudal del San Antonio en su huida rumbo al Golfo de México. Allí fue erigida en el siglo XVIII o tal vez sea más pertinente decir, para lograr mayor sugestión: hace un cuarto de milenio. El entorno es tan auténticamente primigenio que los muros parecen setas de caliza que le hubiesen brotado a la llanura. Cuando llueve torrencialmente, el templo semeja un barco balanceándose en jade líquido y jaspeado.

Por los campos vecinos cruzan autopistas y todo tipo de estructuras ineludibles de la modernidad, pero la misión se arropa entre frondas y malezas como si intentara escabullirse. Sus dimensiones y carácter son de otra época. Fue construida con puertas y ventanas angostas que parecen pensadas para su uso por un solo habitante y no por toda una congregación. Lo que fue línea de avanzada, trinchera y baluarte de la expansión europea en el Nuevo Mundo, hoy semeja emplazamiento discreto y vulnerable.

Sobre la misión se tiende ahora el silencio luego del inmemorial tráfago de indígenas y padres franciscanos en función del ganado y las cosechas para la comunidad y otros asentamientos españoles de la región. No cuesta mucho imaginar esos predios sometidos a la adversidad del clima, los meteoros y el aislamiento. Hasta allí llegarían tortuosamente las noticias luego de días de navegación y cabalgata desde la capital mexicana, Nueva Orleáns, La Habana y las islas del Caribe. Ese tiempo agitado y calamitoso tal vez persista como murmullo, eco o temblor a flor de tierra. La misión era una de las junturas de un cuerpo trasatlántico con huesos, músculos y nervios tendidos desde Europa hasta el Nuevo Mundo.

Es verano y el calor arranca un aroma adormecedor de la hierba, los frutos y las cortezas; el resplandor juega con muros, desdibuja el quicio de ventanas, borra paredes, evapora repentinamente columnas y deja la cruz y el campanario suspendidos en el aire. La luz se confabula para trastocar puertas, ventanas y arcos en orificios de organismo vivo; a ciertas horas, la claridad se escurre mejor hacia el interior de la nave central. Sin almas que cristianizar ni cuerpos que alimentar, esos muros siguen tersos y expectantes gracias a la luz, pujante y díscola, que una y otra vez los desvanece, moldea y reafirma.
















Armando Chávez-Rivera. Profesor universitario y periodista. Doctorado en literatura hispánica en la Universidad de Arizona. Su actividad académica se concentra en la cultura y la literatura de Hispanoamérica y los vínculos con los Estados Unidos.

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Miércoles 21 de diciembre, 2016

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