31 de agosto de 2016

Cuento de Santiago Daydí-Tolson

00:04 By Santiago Daydi-Tolson

LA CURVA FINAL

A la velocidad que iba calculó que la curva requeriría especial cuidado. Más cerrada que las  muchas que había tomado más arriba, bien podía darle problemas. Nada que no pudiera controlar, sin embargo. Se permitió un segundo de descuido para admirar el paisaje, que allí se ampliaba desde la altura a la inmensidad del mar. Dos o tres vueltas antes el camino había dejado de enrodarse entre cerros cortados a tajos monumentales y se había abierto a la extensión de un faldeo de leves colinas que terminaban en el mar lejano. La curva que quedaba por tomar iniciaba un descenso apenas serpentino y le daba un último abrazo al cerro, que allí mismo terminaba abrupto. La grandeza del lugar, que él conocía y admiraba como suyo, con su belleza agreste, de vastas perspectivas, le hacía gozar aun más la velocidad en el descenso. Apenas si podía darle miradas breves al paisaje, concentrado como tenía que ir conduciendo en el camino de trazado antiguo y, por lo mismo, pista inmejorable para su pasatiempo preferido.

Manejar lo más rápido posible por caminos dificultosos como éste le producía una satisfacción incomparable que necesitaba gozar a solas, sin las presiones que le imponía el trato con los demás. El paisaje de altura, con su horizonte interminable, era en este sector motivo principal de su gozo y un estimulante espléndido de esa sensación de libertad que ahora mismo lo desprendía de todo. Lindísimo el mar de esa mañana sin nubes; más lindo aún el encuentro del azul y el jaspeado de ese litoral de rocas escarpadas, donde el oleaje levantaba silenciosos penachos de espuma. En pocos minutos más estaría allí mismo, abajo, enfrentado al mar y su sonido y movimiento interminables. De pie ante el embate de las olas se dejaría bautizar una vez más de los golpes de agua que el viento levantaría hasta él, empapándole la cabeza y salándole los labios. Entonces podría volver tierra adentro.  

Volvió los ojos sobre la ruta: ya estaba encima de la curva. Al comenzar a tomarla comprendió que había cometido un error, que estaba cometiendo otro peor al reaccionar tan bruscamente. Supo que el auto ya no le obedecería, que dejaba de pertenecerle. Lo sorprendió la sensación de impotencia: nunca antes había conocido tal completa falta de control. Sintió una indignación avasalladora al no poder escabullir la responsabilidad de lo que estaba sucediendo. No era su costumbre admitir errores y le hería como algo insoportable tener que hacerlo ahora, precisamente ahora, cuando todo iba tan bien y no había que pensar en el futuro. Porque, ¿qué duda le cabía de que sería siempre lo mismo: un continuo proceso ascendente que no podría sino culminar en lo que ni él mismo en su ambición era capaz de imaginar? Fue la certidumbre del momento la que le dio en todo caso de apuro esa seguridad que hacía vacilar a los demás y lo llevaba siempre el triunfo. Cada día era para él un paso hacia arriba y no podía sino seguir siendo así porque siempre había sido así, desde que de niño sintió, bajo los golpes de la autoridad, que no era el suyo destino de dominado: que tendría que estar por encima de todos.

Más de alguna vez había sentido miedo; pero no era el miedo ahora su problema, sino el no dejarse dominar por el nudo en el estómago y el estupor. Esa misma sensación que en otros llevaba a la inacción o la huída a él lo enardecía, recordándole su energía más vital, y lo impulsaba a actuar de inmediato, por terribles que pudieran ser las consecuencias. Al escalofrío del peligro oponía la indignación. Pero ahora mismo su furia no le ayudaba para nada. Ante lo inevitable el miedo se le imponía; increíblemente trataba de tomar control: y lo estaba consiguiendo. A la indignación siguió la sorpresa de lo inconcebible. “No puede ser, no puede ser que este auto de mierda no pueda tomar la curva”. Ya sentía cómo las ruedas dejaban el camino y la tracción perdía frente a la inercia que lo hacía abandonar la ruta, como si el eje al cual se amarrara el auto en el giro apretado de la curva hubiese cedido, dejándolo seguir esa recta insistente que hacía una dicha ganar las vueltas del camino. Dicha de arriesgar el equilibrio en curvas tomadas cada vez con más velocidad en autos cada vez más aptos para tales retos. Y éste era el mejor de todos los que había tenido. No sería el último, porque habría otros muchos y mejores que vendrían con el tiempo, marcando cada uno un triunfo más, un nuevo peldaño en el ascenso que nadie podría detener.

Sólo una vez antes había estado en una situación desesperada, pero había sido a causa de la porquería de auto que manejaba entonces, una broma mecánica que se quedaba en las apariencias. También había tenido que ver su inexperiencia. Esa vez había terminado estrellando el auto contra un muro y la desdichada que iba con él había ido a dar al hospital, y no por pocos días. Por suerte el autito de juguete aquél era de ella, y ella era de los dos la mayor de edad y la que tenía permiso para conducir. Y fue ella la que resultó responsable de todo. El no había hecho más que dejar el auto medio encaramado en el parapeto y desaparecer antes de que llegara nadie a meter las narices. La del auto podía darse por contenta de que no la acusaron de abuso de menores; tenía que agradecérselo a él que la dejó sola y única protagonista del accidente. Incluso se había arriesgado a hacerle el favor de ir inmediatamente a su piso y llevarse cuanto pudiera incriminarla y alguna cosa más como indemnización por la pérdida que a él le significaba quedarse sin auto y sin cama y techo.

Pero eso había sido cuando apenas entendía nada de nada en el trajín de los días. Desde esa vez jamás había perdido el control de un auto, y que no se dijera que no se había arriesgado. La práctica irresponsable le había dado buenísimos resultados porque en más de una ocasión la experiencia lo sacó de aprietos, cuando el riesgo llamaba a la retirada. La rapidez, se vanagloriaba, era su aliada, “salvo en la cama, claro”, aclaraba antes de que nadie hiciera interpretaciones malintencionadas de lo que decía. Y en eso no mentía, porque, aunque no lo hubiera admitido, su mayor debilidad era precisamente la necesidad avasalladora de dejarse estar en largas tardes de caricias o simplemente siestas bien acompañadas en el abrazo. Desde niño había preferido a todo lo demás el abrigo de unos brazos. De la infancia recordaba las noches en que se acurrucaba a dormir en la cama de sus padres, o las siestas junto al padre que aprovechaba los fines de semana para adormecer su agotamiento. En algún momento que no podía recordar todo aquello había terminado: lo rechazaban, obligándolo a volverse a su cuarto a oscuras a soñar a solas; y sin entender por qué las siestas paternas también terminaron. Tuvieron que ser otros los cuerpos a que acudió buscando esa quietud del sueño acompañado y en la búsqueda se dio de lleno con un mundo en que la cálida dejadez del abrazo parecía un imposible.

Al perder contacto con la carretera el auto pareció ganar velocidad, como si hubiera dado un salto y estuviera a punto de echarse a volar. Sintió cómo el asiento en el que iba hasta el momento cómodamente arrellanado dejaba de abrazarlo con su piel de animal de compañía. Era el auto el que lo abandonaba ahora, rechazándolo para seguir su propio destino, libre ya de sus demandas de atención y cariño. El horizonte le pareció durísimo en su línea de encuentro de dos azules demasiado limpios, acerados. Pensó que junto al mar la aspersión de las olas estrellándose contra las rocas sería una llovizna demasiado fría sobre el cuerpo ansioso de la tibieza de otra piel. Ya no le pareció tan buena idea bajar hasta la costa y detenerse frente al mar hasta quedar empapado de esas aguas de incesante turbulencia.

La casa materna había dejado de ser lugar de abrigo y al cariño sucedieron la distancia y el enojo. En la soledad de una adolescencia ingenuamente sorprendida fue aprendiendo a distinguir entre lo más íntimo de su deseo y la necesidad de enfrentarse a los demás con la máscara hirsuta de la insensibilidad y el dominio. Ahora ya no le temía a nadie, pero nadie tampoco lo quería, nadie le podía dar esos ratos de quietud ansiados, que conseguía a medias con una u otra de las tantas que lo acompañaban y seguían.  Imposibilitado de dar a conocer su debilidad no se abandonaba con ninguna y sus encuentros no podían ser sino violentos y apresurados; sí, apresurados como todo en esa vida triunfadora del que no se había dejado dominar y dominaba.

Ahora conducía a solas, a solas se enfrentaba al momento de su mayor debilidad, cuando a la ira del darse cuenta de que había errado la seguía la conciencia de haber perdido por completo el control del automóvil. Reconocía, con un abatimiento del que se creía inmune, que ya no había vuelta atrás. Esta vez era él quien perdía. Al instante reaccionó, enfurecido esta vez por la mala suerte en la jugada, y apretó con más fuerza aún el volante, como si pudiera todavía recobrar el control y volver sobre la carretera que se escabullía a su costado. No era el momento de dejarse ganar por la debilidad del que acepta la realidad sin disputarle el derecho a transformarla a su voluntad y conveniencia.  Se negaba a aceptar que esa curva del diablo que tan bien conocía pudiera esta vez ganarle, burlarse de él, hacerle pasar el mal rato y la vergüenza de salirse del camino y tener que pedir ayuda para sacar el auto de sepa dios qué zanja o quebrada treinta metros más abajo del camino.

Fue en vano. Ya sentía la fuerza que trataba de arrancarlo del asiento, ya veía cómo el paisaje giraba sobre sí mismo, el horizonte convertido en un aspa en movimiento, esfumado ya el camino en una confusión de imágenes de cielo intensamente azul y de algo borroso y oscuro que se aproximaba avasallador como una roca al vuelo, un meteoro y su estallido desconsolador al momento del impacto. Alcanzó a comprender con agobiante claridad que otra vez, como entonces, cuando todo cambió de un momento a otro y se encontró completamente a solas, abandonado, la realidad se volvía incoherente y una tristeza superior a sus fuerzas le empapaba el cuerpo de una languidez de entrega. Esta vez, sin embargo, sintió la embriaguez maravillosa del abrazo.

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Miércoles 31 de agosto, 2016

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