3 de agosto de 2016

Cuento de Elsa Covián

00:39 By Santiago Daydi-Tolson

VOCES.

Como siempre, hoy camino la misma calle, la misma ruta que recorro desde hace años con el viejo paisaje de testigo. En la esquina, el puesto de revistas, más adelante la parada del metrobús; negocios y escuelas iniciando labores y por todos lados gente, mucha gente. Cada quien en su propia versión del mundo.

Ya se que el cambio sucede constante, paulatino, pero siempre hay un momento en el que nos golpea para que no volteemos la cara y lo veamos de frente. Para que nos demos cuenta de que aún la sensación de que nada cambia es un ardid para protegernos del ancestral, profundo, visceral miedo a quedarnos sin puntos de referencia, de aquello que nos define y nos da una identidad. Que nos hace existir. Soy, porque me levanto a las siete todos los días, odio el jugo de naranja y leo media hora antes de dormir.

La rutina es ese camino de piedras que nos ayuda a cruzar un río impersonal e indiferente que acaba por aniquilarnos. Cada pequeño ritual es una forma de decir: Aquí estoy, dejando una marca en el tiempo. A veces pienso, ¿qué sería yo sin mis costumbres?

Aún se tiene la esperanza de encontrar sobrevivientes… Los gobiernos de Francia, Suiza e Italia enviaron  brigadas médicas para apoyar a la Cruz Roja… La Comisión Federal de Electricidad trabaja veinticuatro horas para reparar los daños…

Paso por la vitrina de una tienda de vestidos de novia. En mi juventud me paraba frente al que más me gustaba e imaginaba que era yo la que lucía esa prenda blanca y majestuosa que servía de marco para la felicidad que por fin había llegado. La frontera transparente parecía fundir la realidad de adentro con la de afuera, creando una ilusión casi perfecta. Luego entendí que las ilusiones siempre son perfectas, como trajes a la medida; si no fuera así, no quedaríamos a su merced. Desde hace años, ni siquiera volteo a mirar. Entendí que mi realidad era, por un lado el ruido, el caos, de la calle y por otro el silencio de la soledad añeja.

El gobierno mexicano se ha visto rebasado ante la magnitud de la tragedia… Cada minuto crece la lista de muertos y desaparecidos…

Me dirijo al mismo edificio viejo en Insurgentes 770 por el que, dicen algunos, se detuvo el tiempo. Su estilo es anticuado, pero el deterioro franco en el que se encuentra es un claro testimonio de que el tiempo nunca hace nido. Pasa, vuela, arrasa, llevándose todo: belleza, juventud, alegría, vida. Dicen que también el dolor, pero no es verdad. Si un viejo dolor se desgasta, llega otro que no hace sino continuar ese ruido de fondo que se escucha aún detrás de la canción mas alegre, como el gis de los discos de pasta. Podemos oírlo más o menos presente, creer a ratos que no está, pero ahí sigue, omnipresente, como el aire o el tiempo.

Destrucción en toda la ruta de Avenida de los Insurgentes… La Autopista Urbana Sur, la Súper vía Poniente y el Distribuidor víal San Antonio se colapsaron, causando la muerte de cientos de personas…

Me siento como en un sueño. Alguna vez le conté a mi amiga Sandra que a menudo me sentía así, como flotando en un mundo onírico poniendo en duda la realidad de lo que vivo. Ella me dijo, todo es como un sueño, así de ilusorio. Lo que llamamos realidad no es sino una proyección del color de nuestros hábitos. Yo me reí, pero en el fondo algo me hizo sentido.

Al morir mi madre, Sandra me aseguró que despertaría a los tres días creyendo que su muerte había sido sólo un sueño. Se incorporaría a su vida según sus viejos hábitos, pero al notar que nadie la escucha o ve y que incluso hablan de ella en su presencia sin el menor reparo, entraría en pánico. Buscaría desesperada su reflejo para constatar su existencia, pero no lo hallaría en ninguna parte. Háblale, dijo mi amiga, ahórrale esa angustia, despiértala de la ilusión de estar viva y dile que no tenga miedo.

Lo hice. Al cumplirse tres días de su muerte, fui al rincón en el que se sentaba todas las tardes y repetí como autónoma la letanía que me sugirió Sandra. Me sentí ridícula hablándole al sillón vacío.

A los pocos minutos, mi corazón dio un vuelco; no sé si fue producto de la sugestión, pero sentí como si mi madre hubiese respondido. Surgió en mí la necesidad de hablarle con la honestidad con la que nunca lo hice mientras estaba viva. Le agradecí, le dije que siempre la amaría, pero que tenía que dejarme ir. Un calor entrañable me envolvió, como cuando me abrazaba en mi infancia después de un mal sueño y luego se marchó. Lo sé porque desde entonces mi casa se siente aplastantemente vacía.

¿Qué hubiera pasado si en vez de despertarla como me dijo Sandra, nos hubiéramos quedado juntas, acompañándonos, siguiendo nuestra vieja rutina, cada una desde su propio sueño? Al menos ninguna de las dos estaría sola.

…A los tres días del terremoto de 9.3 que destruyó gran parte de la ciudad de México y varias poblaciones de Guerrero, Puebla e Hidalgo, sigue habiendo derrumbes…

Sigo caminando… Súbitamente, estoy de nuevo frente al edificio en el que vivo.

Ana… Ana

Es la voz de Sandra, ¿pero dónde está?

Ana, despierta de la ilusión de estar viva…

¿Ilusión?

En mi cabeza a punto de explotar se agolpan sueños, recuerdos…

Yo, sentada en el sillón de mi madre. La voz de metal anuncia la tragedia. Siento la primera sacudida como una explosión en las entrañas y el estruendo de la tierra se convierte en gritos, llanto de tantos allá afuera… yo estoy sola. Todo obscurece. El edificio se desmorona bajo mis pies. Tengo tanto miedo, pero no de morir, sino de sentir que el camino de piedras  se desvanece como un sueño. Mis puntos de referencia, mi identidad…Lo que me hace existir.

¡No quiero dejar de estar viva en este sueño de actos repetidos!

¡Qué será de mis costumbres… sin mí!

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Miércoles 3 de agosto, 2016

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