6 de julio de 2016

Memoria: Anécdotas de Jesús Valenzuela

17:19 By Santiago Daydi-Tolson

Flashes del túnel.
Sentado en mi silla portátil en medio del túnel por donde circula a oleadas la gente, estaba cantando muy concentrado cuando se acerca un grupo de jóvenes riendo y gritando. De pronto, uno de ellos saca una pistola, la amartilla y me apunta directamente. Yo me encontraba tan en el presente y escuchando, que lo miré y por una décima de segundo pensé que de ese caño podría salir una bala y darme muerte. Sin parar de cantar me dispuse a morir, pero todo fue tan rápido, que ya se alejaban y pude ver en la cara del muchacho una expresión de extrañeza y frustración al ver que no había conseguido ni amedrentarme ni distraerme, a pesar de apuntarme con un arma de fuego.  

Siento que se acerca un grupo de unas 5 personas que tiene algo raro. Van todos muy lento. Lo noto cuando están a unos siete metros de distancia. Lo primero que pienso es que vienen a ese paso para alargar el trecho y poder escuchar mejor lo que estoy cantando. Es un padre, una madre y dos hijos ya crecidos y forman un grupo compacto y muy coordinado. Todos caminan a esa misma velocidad,  lenta. Pasan frente mío y  me ignoran, pero como van tan despacio nuestra relación se alarga y yo siento que les da un poco de vergüenza pasar tanto rato por mi territorio y no poner nada. Cuando ya han pasado los miro con más atención y veo que el padre tiene dos muletas y un yeso en un pie, por eso camina muy lento, y los otros por acompañarlo van todos a su misma velocidad.
       
 

¡Wau!
 
No pude seguir cantando. La emoción llegó de pronto con la rapidez e intensidad de un rayo y se interpuso y arrasó con todo lo demás. Eso es lo que pasa cuando lo que tú pretendes conseguir y lo que logras se asemejan de tal manera que se puede sentir un chispazo de energía al que le tienes que atender porque te agarra entero y te despierta, como lo hace una ola que te revuelca cuando estás en la playa desprevenido jugando.

Pasaba la madre con un niño de unos ocho años delante mío, justo en el momento en que la canción subía de tono y de volumen, como un barco que en una tormenta remonta una ola demasiado grande y exprime sus motores para no quedarse corto antes de llegar arriba. Debo decir que en ese momento, después de una hora de canto, la voz se había limpiado del todo, y el efecto de aumento producido por la acústica del túnel  la convertía  en algo casi sobrenatural.

Uno de mis intereses más soñados es poder mostrar a los niños, que aunque sus padres y los que los rodean no canten mucho y toda la música que escuchan sea envasada, el canto también existe todavía en su estado natural y puede ser esa onda arrolladora que esquiva todos los obstáculos y llega hasta el mismo centro del corazón del que escucha, sin pedir ningún permiso, como lo hacen los  mejores  amigos.

Desde unos metros antes que pasaran delante mío, lo miré a los ojos mientras cantaba para que supiera que le cantaba a él, y nuestras miradas no se separaron hasta que pude leer en sus labios que decía: ¡Wau!, como quien descubre por primera vez que en el inventario de su condición humana existe también la posibilidad de hacer algo como eso. Ese evento, tan al pasar, se le metió en los ojos y oídos y puede haber realizado la alquimia de convertir una vaga idea que tenía de lo que es la música y el canto, en el sentimiento concreto de algo vivido, que quizá algún día germine y haga nacer un músico más en el mundo.

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Miércoles 6 de julio, 2016

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