20 de julio de 2016

Cuento de Silvia L. Cuesy

10:14 By Santiago Daydi-Tolson

Sólo ustedes lo saben.

Malhaya la tarde en que lo conociste, Nacho. Me di cuenta de inmediato. Ese instante cambió tu suerte. ¿Te acuerdas? Pues claro que te acuerdas. Incluso el todopoderoso de la nación te lo dijo: ese hombre sólo te traerá dolores de cabeza, conozco su estirpe. Pero ya era tarde para enterarte de lo que no querías saber. Cuando te topaste con él, tu línea del destino quedó trazada. No pensaste en otra cosa sino averiguar quién era, y pronto tu gente te lo dijo. Te aturdiste con su galanura y su porte bragado. Una apremio se te metió en la piel, y las ganas de conocerlo te desbordaban los poros. La idea de que fuera rebelde e indomable te avivó una extraña mirada sólo entendida por los que sabían tus secretos. Tú que entonces manipulabas la Cámara a tu antojo; tú que poseías innumerables tierras y eras dueño del destino de tantas personas, tenías que acercártele. Los caballos sirvieron de pretexto. Tú presumías los más finos del país; él era el mejor arrendador de la región.

Hoy sí piensas en Amada, ¿verdad? Estás agonizando en esa cama del Hospital Stern, Nacho, y ahora sí la llamas. Maldito. Ojalá también te acuerdes de lo mucho que la hiciste sufrir. Año tras año la dejaste sola en Navidades y aniversarios, además de los otros trescientos cincuenta y cinco días del año, si descontamos los ocho en que quizá la llevaste al teatro o a algún baile porque así te convenía hacerlo. Desdichada. Deambulaba por cualquiera de las casas, ya fueran las de la capital o en alguna de las haciendas. Sola en su hogar, sola en los ajenos. Sus lamentos, zumbidos molestos a tus oídos… Nacho, ya no quiero que me miren con lástima cada vez que llego sin ti a una fiesta. Nacho no soporto los cuchicheos detrás de las copas de cognac o los abanicos… Sola, porque ni un hijo le quisiste dar; ni para cubrir las apariencias o acallar las malas lenguas. Rehuías las miradas de tu esposa suplicando caricias, y el contacto de sus manos sobre las tuyas te revolvía las entrañas. Por las noches escuchaste sus pasos detenerse a la puerta de tu habitación y no abriste ni siquiera para un Buenas noches. ¿Qué te costaba sacrificarte un poquito con tal de cumplirle el deseo de la maternidad? Te vas a morir pronto, Nacho, y esa mujer merecía por lo menos el consuelo de un heredero. Ella te dio fidelidad y devoción, y tú le devolviste penas y vergüenza. Ya no tendrá otra opción que cuidar sobrinos y morirse de vieja con los brazos vacíos.

Ni el azúcar producido en todas tus haciendas lograba endulzarte el carácter, bromeaba tu suegro con el resto de la familia. Fuiste siempre tan arrogante. Las fotos no mienten, en ellas pareces estatua de conquistador moderno. Un sportman de revista: mano a la cintura, bigote retorcido a manera de káiser mexicano, chaqueta de tweed, pantalón golf y boina de lana: pura moda inglesa, no hay duda. ¡Ah! qué diferencia ¿verdad? Y ahora, mírate ahí tan vulnerable con el trasero purulento reventado por las almorranas; alrededor, enfermos que al igual que tú tienen los minutos contados; sin embargo ninguno del mismo mal, ninguno se retuerce tanto en la cama para calmar sus dolores, y ninguno tan arrepentido de sus pecados mientras suplica y llora. Espérate tantito, desgraciado, Amada no tarda, viene en camino desde México. Llevaba meses buscándote; en la capital, en Morelos, bajo las piedras. Seguro dio gracias a Dios y a los santos del Cielo cuando le llegó la nota furtiva en la que le avisabas, desde Veracruz, que ya ibas rumbo a Nueva York. Ni ella misma supo cómo había sido la huida. No importa si fue mediante su ayuda o la de otros, no interesa si fue un milagro Divino. Vendió las alhajas que le diste en lugar de amor después de que los rebeldes le quitaron a tu familia cuanta pertenencia tenía; esas joyas eran su esperanza de no depender de los parientes y de la supuesta herencia de su padre. Viene a firmar la autorización para que los médicos te sometan a una cirugía. Sorteó obstáculos y lágrimas en medio de tiempos convulsionados. Quiere estar a tu lado y cumplir con su deber de esposa abnegada. Pareces cadáver, quién sabe si aguantes. Por lo menos dale ese único gusto. Espérala vivo, infeliz.

Utilizabas a la gente. La movías a placer para proteger tus intereses. Para eso son el poder y el dinero, decías. Confabulaste con tus colegas diputados para acabar con el gobierno de Madero, mandaste a tu chofer a rentar un auto frente a La Alameda; uno de los coches que llevarían al presidente y al vicepresidente a su encuentro con la traición y la muerte, junto a la penitenciaría de Lecumberri. Pensaste que acabado su gobierno todo volvería a ser igual y los capitales, tuyos y de tu camarilla, estarían a salvo.

¿Qué no corrías peligro en la zona de Morelos? Emiliano me debe incontables favores y allá soy el único hacendado que puede transitar seguro, afirmabas. Vamos, qué inocente. ¿Ya con darle trabajo en tus caballerizas te iba a vivir agradecido? ¿Ya con ser tu patrón de campo? ¿Creíste de veras que con librarlo de la leva del 98 regimiento te lo echabas a la bolsa? Poca cosa para un hombre como Miliano, ¿no? Tú y yo sabemos por qué acumuló y guardó odio hacia ti y por qué le llegó el momento de sacarlo ¿Te protege para agradecerte tus favores estúpidos o te mantiene preso para poder deleitarse mes a mes, semana a semana, día a día con su venganza? ¿El silencio es tu contravenganza? Él nunca va a abrir la boca. El silencio es su salvación. Con tu silencio quieres provocar rumores. Las habladurías no lo van a destrozar, cabrón; tú no vas a destruir su lucha social. Su reclamo de justicia va a trascender tiempo y espacio y el silencio de los dos. Ya lo veremos. Lo que él haya podido hacer o no es cosa que no le importa a nadie, ahora o cien años después sus ideales quedarán en las conciencias de sus seguidores.

¿Ser un preso en esas condiciones era a lo que tú llamabas estar a salvo? ¡Caray!, más te valdría haberte quedado en manos de los carranclanes. Por ser de tu clase, tal vez te hubieras entendido mejor con ellos para llegar a un acuerdo. En cambio, Emiliano es diferente ¿no? Él defiende a los campesinos de gente de tu calaña. ¿De dónde sacas que te va a proteger si es tu enemigo? A cuenta de qué te va amparar si lo que quiere es el desquite y no sólo por el despojo de tierras a los pueblos. Esa revancha es por aquello escondido tras el silencio que ni tú ni él se atreven a romper.

Te acuerdas del rayo que te partió al verlo, no del lugar. No sabes si fue en la hacienda de Atlihuayán donde andabas de visita o si fue en la de San Carlos Borromeo, propiedad de tu familia, ¿o fue en la tuya de Tenextepango? Desde entonces lo contrataste, lo protegiste y lo procuraste a pesar de los consejos en contrario que te dábamos tantos, incluso don Porfirio. Ni él pudo domeñar tu prepotencia y tus actos, tal vez para no afligir a su pobre hija o quizá para no enfrentarse a ti, cabeza de empresarios y políticos. Ni él, vencedor de numerosas batallas, en contra de nacionales y extranjeros, te metió en cintura. Ni siquiera cuando en su tercera presidencia, y aún era joven y rebosaba vitalidad, los gendarmes te descubrieron en una fiesta vestido de mujer, y él te reprendió con suma dureza a la mañana siguiente. Era el colmo. Mientras sus palabras paseaban por tus oídos, tú sólo pensabas en lo linda que lucías vestida de holanes y la finura de tu talle al apretar el corsé y el color carmín tus mejillas. Cuando su vigor había ido mermando al tratar de meter en cintura a un país ingobernable ¿iba tu suegro a lograr cambiarte? Te advirtió, no obstante te dejó hacer al igual que siempre. Desde el principio valores entendidos, Nachito, él era la fuerza política, tú la económica; cada uno necesitaba del otro. Don Porfirio emparentaba con un acaudalado empresario y le daba a Amada, amada hija, el marido que la muchacha jamás hubiera soñado tener. Aunque era muy hermoso recibir los cumplidos y atenciones del soltero por quien suspiraban las jóvenes casaderas de la capital, maldito su estigma, esa marca no se borraba.

Desde el momento en que conociste a la señorita Díaz, en los elegantes jardines del Tívoli del Eliseo, tomaste la decisión. Capitalizaste su bastardía, pues, por lo mismo, aunque reconocida por su padre, no se atrevería a cuestionarle nada al cónyuge perfecto. En las tertulias familiares, cuando se formalizó el noviazgo, no te importó fingir una atracción que no sentías y ahí sí fuiste pródigo en halagos y suspiros. Entonces tú, Nacho, te convertiste en el yerno del que ya se perfilaba como gobernante egregio. Amada sería tu pantalla para tus perversiones y, asimismo, tu contrafuerte en asuntos políticos y financieros. De lo primero te olvidaste pronto y tu descaro fue evidente; de lo segundo sacaste la gran tajada. Tras el derrocamiento del viejo, diste todas las patadas de ahogado que la situación te permitió, hasta que caíste cautivo de Miliano quien, presumías, iba a ser tu salvador. Te mandó sacar de Lecumberri, donde te habían refundido los carrancistas luego de encontrarte temblando en una casa de la Ciudad de México; parecías un indefenso ratoncillo incapaz de urdir ningún plan en complicidad con el régimen usurpador.

Seguiste sin hacerme caso. Ya estabas con la cruz volteada, Ignacio, no eras de la gracia de ninguno de los bandos. Sin una explicación lógica, el estado mayor morelense te dio una segunda oportunidad, a pesar de ser hacendado no te hicieron nada y te vigilaron muy de cerca en Lerma; pero, rufián al fin, volviste a salir con tus triquiñuelas, así que terminaste en esos jacales del estado de Morelos y llegó la hora de enfrentar la venganza de Miliano. Te abandonó a tu suerte y ante la exigencia de sus hombres te entregó a la tropa; no hubo escapatoria ni del jacal ni de los piojos ni de tu destino. Si me hubieras escuchado aquel malhadado instante no estarías aquí muriéndote, arrepentido de haberte fijado en el charro prieto de mirada impenetrable. Mes a mes, semana a semana, jornada a jornada, varias veces al día, soldados embrutecidos por el alcohol y el resentimiento, entraban sobrados y salían satisfechos de la choza y tú, Nacho, tú no eras más que la puta de todos.

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Miércoles 20 de julio, 2016

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