18 de mayo de 2016

Crítica: "Los seres de Rosales Lugo". Rebecca Bowman

12:37 By Santiago Daydi-Tolson

But, friends, we have come too late! The gods are, indeed, alive,
But above our heads, up there in another world.
There they are endlessly active, and seen to heed little
Whether we are alive: that’s how much the heavenly ones care.

Friedrich Hölderlin
Imagino de repente un cuadro de Alejandro Rosales Lugo, el cuadro prototípico de su producción, y es un cuadro figurativo, con un ser que tiene un peso especifico, volumen, masa, y sin embargo parece flotar sobre el fondo de la tela. El ser está en un mundo de color, y su presencia asombra. Se ve que es algo nuevo, algo que surgió de una mente imaginativa, y sin embargo no es una criatura nueva sino milenaria.

Es curioso pero en casa un cuadro con personas puede ser un objeto intruso; no queremos convivir con una mirada que desconcierta, que nos juzgue. Incluso hay veces en que no queremos compartir el espacio con ese ser y volteamos el cuadro para no sufrir su mirada. No obstante, los cuadros de Rosales no nos obligan vivir con sus figuras sino que nos llevan a otro lugar. Son ventanas que invitan a contemplar otra manera de ser, otros espacios en donde el tiempo o fluye despacio o es estático, en donde no hay más reloj que el de la vida. Lugares amorales, paganos, junguianos. Lugares sin juicio, de solamente ser. El ser y no el deber ser.

Los seres que crea Rosales no son a nuestro nivel, viven en otro plano. Nosotros los observamos pero nosotros somos poca cosa para ellos. Reaccionan, no contemplan. Viven en un estado límbico. Su mirada no nos toca; se miran entre sí o miran para otro lado. Si acaso miran hacia nosotros miran con un tanto de indiferencia. Los ojos de sus criaturas tienden a no tener niñas sino ser como las aberturas de una máscara. Pero esos ojos brillan con luz propia.

Los colores de este mundo son intensos, y Rosales Lugo los aplica con un pincel valiente y confiado.  Sus cuadros son de una enorme vitalidad. Curiosamente las figuras míticas que él imagina son casi más carne y hueso que pensamiento, pues no piensan sino que son. Actúan, pero sin voluntad propia; son los actos mismos y no actores que pueden hacer otra cosa.

Al ver una obra de Rosales se entra a un lugar diferente, un espacio en donde no hay fronteras entre un ser y otro, en donde las cosas pueden ser y a la vez no ser, en donde los colores son los que placen y no los que son.

Así, en este mundo en donde todo puede ser más que una cosa, los rostros que pintan Rosales Lugo son rostros que son a la vez máscaras y no. Son máscaras que ya son animadas. Las máscaras recuerdan a las máscaras del Carnaval en Venecia, de ojos alargados, de boca chica, de pómulo alto, pero no son realmente máscaras pues son máscaras hechas de carne. Seres más brutos, más bestiales, pero en donde esto es bueno. Son seres que habitan su carne como algo propio, en donde la carne es el espíritu. No hay división. No hay nada detrás. No esconden ningún rostro, simplemente son.

Noten que en uno de sus cuadros más evocativos, Abandono, el rostro de la figura femenina, un tanto rígido y asustado, brilla como una máscara blanca veneciana, algo sobrepuesto a un rostro que no se divisa, pero cuyos ojos comparten con nosotros la angustia. El torso desnudo de esta figura es vulnerable, los hombros un poco encogidos. A la derecha, detrás de la figura central, se logra captar la imagen borrosa y en movimiento de un ser enmascarado. Este ser parece estar vestido en un  disfraz carnavalesco de tiempos anteriores, y a su derecha apenas se percibe una cabeza con un sombrero enplumado, que recuerda a la cresta de un gallo. Hay un patrón de luz que parece extenderse entre las figuras, un patrón de luz que se parece a la luz que entra por una ventana en las primeras horas del día, las horas en que suele ocurrir el abandono, ya sea sexual o emocional. Se observa, como en un reflejo distorsionado el paisaje de una calle citadina, como a través de un cristal de plomo. Este cuadro, que recuerda a los de Edvard Munch, nos comunica toda una historia, pero hay la ambigüedad que aparece tanto en las obras de Rosales Lugo, en donde se puede leer la obra de varias maneras. La figura del ser disfrazado puede verse como si se moviera hacia la mujer y como si se alejara. Y además parece haber uno o varios underpaintings que revelan otras figuras, presentes y no presentes en su estado difuso.

Las máscaras venecianas servían para permitir ciertas licencias pero también para nivelar las diferencias sociales. Y así se siente el mundo de Rosales, uno de completa libertad. En algunos cuadros, en donde se ve capa tras capa de rostros, se percibe un efecto como mirar al escaparate de una tienda en donde se venden esas máscaras o bien una reunión en donde estas máscaras aparecen, pero ya en un contexto abstraído y hecho misterio. Los rostros flotan en un espacio onírico, interactúan o miran hacia afuera, simplemente son.

Por lo general los personajes de Rosales no hablan, la boca está cerrada, muda. No obstante, en los cuadros que más recuerdan a estas máscaras se siente esta misma libertad del Carnaval. Hay en esas formas de ojo oblicuo, en esas expresiones fijas un recordatorio de fiesta y rebelión.

Otros seres de Rosales Lugo pertenecen a un mundo que existe fuera del tiempo histórico, un mundo sin sociedad,  incluso sin tribus, en donde los seres son simplemente carne y espíritu, un tiempo antes del habla. En este mundo coloco las figuras diosa madre, como la Venus de Willendorf, que aparecen en tantos de sus cuadros, figuras que tienen una forma natural, maciza y fuerte, y que por eso celebran la vida. Hay senos redondos y manejables, naturales; muslos bien formados. Recuerdan la belleza de las estatuas griegas: las proporciones son creíbles, las poses naturales. Son no prototipos de una mujer ideal sino la forma femenina como es y no como se le exige ser. Se celebra lo que es la vida común, la carne como carne, el sexo como sexo sin una exaltación que falsifica, pero también sin caer en la condescendencia. 

Los volúmenes de sus figuras recuerdan más a la escultura que a la pintura, pero son de carne y de una carne firme y fuerte. A veces la forma es un tanto andrógina. Remedios Varo alarga la figura, Botero las infla, José Luis Cuevas las achata. Rosales Lugo no distorsiona las suyas, pero son macizas, tienen el volumen de las figuras de Rivera, pero el colorido de lo onírico. No creo que Rosales esté tomando la magia de estas figuras para plasmarla en su tela; comparte con nosotros los que él ha conocido en sus sueños sin invocar su poder. Estos seres no son iconos que hay que adorar sino realidades. El cuadro Crisálida, pintado en tonos fríos, tonos inusitados en Rosales Lugo, es un buen ejemplo de estos torsos, y otro incluso más representativo del trabajo de Rosales es el de Mar interior.

Rosales toma estos elementos fundamentales del arte occidental, las máscaras venecianas, las Venus, pero los renueva al adoptar los colores vivos y exuberantes del trópico y por expresarse con una cierta inocencia y bondad que viene de lo más elemental de su ser. Las texturas y valores que utiliza permiten que uno se recree en sus telas parte por parte. La combinación de lo tradicional y lo onírico crea una sensación de novedad pero también de permanencia.

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Miércoles 18 de mayo, 2016

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