13 de abril de 2016

"La audacia fronteriza de Rebecca Bowman". René Rodríguez Soriano

07:34 By Santiago Daydi-Tolson

…uno está atrapado en lo que es.
                                            RB

Las historias de Rebecca Bowman suceden y acontecen en un no lugar en el que los personajes mantienen un constante ir y venir desde y hacia los páramos del nunca más. Uno las lee y siente como si viajara en la ventana de un tren antiguo o las viera como sucesión de fotogramas de moviola, bamboleantes, temblorosas. Imágenes de orfandad, desarraigo y misoginia, en las que la mayoría de las veces los niños son tan viejos que ya vienen de regreso. Desde el mismo título que agrupa este conjunto de visiones, Portentos de otros años (MediaIsla, 2014) se advierte que la poética que los sustenta es desgarradoramente humana, frontal. Sus personajes tienen una vitalidad y algún aceite que se le pega a uno en la piel y los sentidos.

Una de las primeras vetas que nos atrapa al adentrarnos en la lectura de los dieciocho textos que conforman este libro tan particular es el manejo de la lengua, la otra lengua; en este caso el español; con la corrección y el cuidado del manejo con el que una escritora nacida y formada del lado anglo hace el crossover a la inversa. Rebecca Bowman nació en los Ángeles, California, estudió Literatura Española, y escribe mayormente en español. Si se quiere, un caso atípico ya que lo más común es lo contrario: la lengua dominante casi siempre lo arropa todo. En cambio aquí, el ralentizado mundo que se narra está o viene del otro lado, vivo, latiendo en un aparente espacio surreal a menos cuadros, como en el cine de los tiempos de Mélies.

“La tierra es roja aquí, y los maizales, las nopaleras forman cuadros y triángulos sobre las colinas. Pasan casas de concreto, con techo de palma, cubos pegados en la tierra, con ropa colgada sobre tendederos, con la familia afuera, señoras, niños, que levantan sus cabezas y los observan al pasar. Pasan una mula cargada y el señor arreándola. Luego un techito con sillas de lámina abajo, con algunas plantas en botes de aceite alineadas alrededor”. (Pág. 62)

Pero, dentro de esa aparente calma o abulia con la que se mueven—y a veces hasta se empujan—estos seres soñolientos y anodinos, saben que la violencia de los dos mundos que se contraponen allá afuera, los lacera y los torna vulnerables, huidizos. Casi siempre a punto de agacharse, cubrirse con el sombrero y dejar que baje la marea. Nada procede del azar, los caminos están trazados. Son seres en tránsito permanente que sueñan y nadan río arriba aunque las corrientes jamás los dejen avanzar. Peor aún, les remachan el miedo a salir afuera.

“Afuera bandas de muchachos se atreven a pintar sobre la barda símbolos feos, nombres        de pandillas escritos con letra busca, angulada. Y doña Mari, la única vecina que le queda, la asaltaron hace poco”. (Págs. 64 y 65)

Es por ello que en esta colección de relatos convergen una serie de visiones y obsesiones que van de un lado a otro, llevando y trayendo la pasión y las ansias de unos personajes que se sobreponen al cansancio y la dejadez de las convenciones sociales y políticas, para cruzar la raya que separa lo real de lo posible. La frontera, más que toda la parafernalia en la que la han convertido gobernantes, parlamentarios y guardias fronterizos, es un espacio distendido en el tiempo. Allí la vida es huera y apocada; los seres y las cosas se mantienen como en un limbo que parpadea como la llama de una vela siempre a punto de apagarse.

            “Un dique no sabe cuándo cederá. Sólo sabe que lo hará, pero no sabe cuándo […] Pronto se   
             irá. Ella lo sabe. Está cumpliendo un rito que sigue todo viajero que pasa por aquí. Miran los 
             bienes, preguntan el precio, los compran o regatean y luego se van, y siguen su camino”. 
            (Págs. 23 y 24)

Como acabadas piezas de orfebrería, urdidas cuidadosamente, cada una de las historias reproduce fragmentos de un mundo donde los niños—principalmente niñas—han sustituido los espejos para devolvernos imágenes tan ajenas a la normal abulia de los adultos; casi siempre madres que sin ver el sol se desgastan entre los herrajes de las más disímiles afanes y trajines. Los hombres, por el contrario, esa especie de lastre o baldón, vienen a ser el karma o castigo que arrastran desvalidas las mujeres, quizás por no haber oído o prestado atención a las advertencias de las abuelas que, cansadas y apartadas en los más sordos rincones, ni oyen ni ven ni entienden…

            “…las noches que no llegaba, ella, tensa, sentada derechita, en su bata de holanes, sobre la 
           cama, escuchando pasar a los carros. Y por fin llegaba y estaba borracho o bien traía una
           cortada sobre el labio superior”. (Pág. 17)

Si, como bien apunta Richard Ford que la característica fundamental del cuento, además de su brevedad, es la audacia. Rebeca Bowman da exacta y puntualmente en el blanco, valiéndose de un excelente manejo de la otra lengua logra hacernos ver—en miniatura—un mundo que está ahí, que todos vemos, pero del cual jamás imaginamos que podía salir algo menos que tacos y algún que otro zumito de apazote. Sin lugar a dudas, relatos como “La vida callada”, “El dique” y “Las señas” son un portento de ternura. Tanto por lo que cuentan como por la excelencia con la que la autora maneja la lengua, utilizando las palabras para decir mucho más de lo que se puede decir con las palabras.

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Miércoles 13 de abril, 2016

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