27 de abril de 2016

Memoria: "El corazón de la araña". Jesús Valenzuela

08:06 By Ed Valenz

Me dirigí a la bicicleta que tenía encadenada a un árbol y el llanto me invadió por completo. Tuve que parar un poco más allá para sonarme porque me corría la nariz debido a la intensidad del llorar. Comprendí que a veces el alimento es para el estómago y otras para el corazón, que el pan nuestro de cada día puede ser también, el gozo de ayudar a alguien.

Alrededor de las diez de la mañana me subí a la bicicleta y enfilé hacia el Mauer Park, a un lugar que más que nada es una franja larga como de diez cuadras por una de ancho, cubierta de pasto, donde se destacan algunos lugares de juego y este anfiteatro hecho de piedra con una plataforma al centro, que podría ser el escenario de alguna obra de teatro. El lugar me interesaba porque ya había cantado en una ocasión allí y sentí que su conformación circular y de piedra le daba buena  acústica.

Mi idea no era recaudar dinero porque sabía que en un día sábado muy poca gente se pasea por allí. Más bien me interesaba cantar para despejar la voz y estar en buena forma el domingo, con el objeto de aprovechar la oportunidad de cantar en el túnel de Stadt Mitte para lo cual tenía un permiso sacado con anterioridad.

Me instalé en la tercera hilera de graderías y en la segunda puse la funda de la guitarra con algunas monedas.

Siempre comienzo, desde hace años, cantando "Volver a los 17", porque es una canción que se puede cantar a bajo volumen, como para ver en qué estado está el instrumento, y luego sigo con Todo cambia y voy desarrollando un repertorio que está elegido especialmente para estos lugares donde hay ruido, o porque al ser exteriores no tienen el silencio de una sala.

Canté una hora más o menos y en ese lapso solo recibí dos monedas de medio euro, una de las cuales la puso un muchacho de color que se entusiasmó mucho con las canciones de Violeta Parra y se me acercó a conversar. Cuando ya habíamos intercambiado algunas informaciones, miró la funda y se dio cuenta de que yo estaba ahí no solo para cantar, y puso una moneda excusándose por no tener más cambio.

Me dije a mí mismo que tal vez  la razón de haber recibido tan poco dinero era que la altura en la que estaba la funda no permitía ver las monedas; pero en seguida descarté la idea porque se me vino a la mente que aunque las telas de araña son casi invisibles, igual reciben de parte de Dios las moscas u otros bichitos  que constituyen su alimento. Si una cosa tengo clara, es que el éxito no depende solamente de lo que uno haga o cómo lo haga. Lógicamente, al vivir en un mundo material, y al haber recibido una inteligencia, hay algunas reglas que deben ser seguidas, que en el caso de la araña es hacer la tela, y en el mío ir a cantar. Sin ello, alimentarse sería  cosa de milagro, algo posible pero que normalmente no ocurre, siempre que uno no considere milagroso estar vivo, respirar y no tener accidentes durante tantos años.

Yo le cantaba a mi madre y a Dios, y la voz la dirigía un poco hacia arriba para no perder de vista ese objetivo, pensando que en la inmensidad del cielo, desde algún lugar ella me miraba y Él, abarcándolo todo, no se perdía detalle de mi canto.

Pasó un largo rato, más de una hora, y en la segunda ronda de canciones le tocó el turno a Gracias a la vida. Generalmente canto con los ojos cerrados para estar completamente concentrado en lo que escucho y de vez en cuando miro alrededor y a la funda porque me gusta ese momento en que las personas ponen el dinero, donde se da la oportunidad de agradecer con la mirada y de recibir ese mensaje instantáneo de aprobación que hace que el canto se llene de sentimiento.

En una de esas miradas al entorno, me di cuenta de que una mujer joven con un bebé en los brazos, estaba de pie apoyada contra un árbol y sonreía de forma radiante, dando claros signos de estar disfrutando de la canción.

Cuando terminé, se acercó y me hizo preguntas sobre el origen de esa música, y en ese como negociado que se produce aquí en los primeros momentos para elegir el idioma en que se va a conversar, decidimos hacerlo en español ya que ella sabía lo suficiente, por tener una pareja originaria del Uruguay.

Me di cuenta en seguida, por la falta de preámbulos con que empezamos a hablar,  que se trataba de una situación podríamos decir líquido esponja, donde lo que uno diga puede ser absorbido y convertirse en conocimiento inmediato por parte del otro. Me hablaba de la forma en que un paciente le cuenta a un especialista los síntomas de su dolencia y a medida que desarrollaba su tema, yo sentía que se trataba de una situación calcada de otra que yo había vivido recientemente y de la cual había sacado muchas enseñanzas. En realidad me estaba contando la historia de mi vida y me daba la oportunidad de trasmitirle claves y formas de descifrar la situación y sobretodo, de transmutarla de trágica en beneficiosa, con un simple cambio en el ángulo desde el que se mirara.

Su compañero, con el que tenía ya dos hijos, había entrado en la misma discapacidad en la que yo había sido atrapado a raíz del trasplante en esta nueva cultura, nuevo idioma, nueva velocidad de acción, nueva exigencia sobre la calidad de lo que uno hace, nueva valoración de lo provisorio o permanente de lo que se fabrica, nueva y a más largo plazo organización del tiempo y de la vida. Como si a un chimpancé lo vistieran de persona y lo largaran a la vida ciudadana con muchas expectativas puestas en su triunfo.

Yo le explicaba que así como queda en el suelo semi-desmayado el boxeador que ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, así queda un habitante de nuestros países en los  primeros  tiempos de su estadía aquí. Le decía que fuera paciente y compasiva. Que le pusiera buena cara a todo lo que tendría que hacer por él. Que él era un auto sin batería al que había que empujar hasta que arrancara y ese empujar podría durar entre tres y cinco años. Que tendría que ser su secretaria y su intérprete en múltiples ocasiones, que tendría que aceptar que él no fuera muy sociable por la carencia del idioma. Que aunque a él no le gustara este idioma y no hiciera un esfuerzo grande por aprenderlo, igual lo iba a aprender, porque aquí uno está rodeado por ese idioma y se le mete lenta e inexorablemente. Que se enfocara en las cualidades de esa persona y las disfrutara, que lo defendiera de los que lo criticaran porque llevando más de dos años aquí aún no pudiera comunicarse en alemán. Que pensara que un idioma puede aprenderse y uno se puede adaptar a un nuevo sistema de vida, pero que el ser un hombre bueno y amoroso con ella y con sus hijos, viene de mucho antes y va a durar mucho más que estos detalles contingentes.

Yo ya me había salido de mi cuerpo y todo lo que decía se lo decía a mi propia pareja, la que me rechazó por no poder entender ni aguantar esta situación. Veía que ellos se deslizaban por una pendiente que al final terminaba con la separación y todo era psicológico, evitable si uno podía entender y prepararse para un esfuerzo de acuerdo al desafío. Era como si a mí me dieran una segunda oportunidad y volviera ese momento en que decidimos venir a Alemania y supiera decirle a mi mujer que solo podríamos venir si ella entendía el tamaño del esfuerzo que tendríamos que hacer, sobretodo ella, porque tendría que cargar con mi discapacidad durante un largo tiempo.  Que no partiéramos antes de tener claro esto.

En el lapso de un corto tiempo vi cómo se transformaba una tierra árida y sufriente en otra donde empezaban a brotar los primeros pastos y ya salían flores y la comprensión le daba esperanza y sonreía como quien despierta de un mal sueño y ve que todo a su alrededor está en paz. Ya éramos amigos, ya proyectábamos reunirnos, presentarme a su novio, que le enseñara a cantar Gracias a las vida, ya habíamos comprendido el diseño que Dios había dispuesto para  esa mañana. Cómo nos había reunido para esto, para hacer pasar Su Misericordia a través nuestro, para que fuéramos cada uno el herido y el médico, el enfermo y la medicina, en ese milagro permanente de Él, que todo lo ve y de todo se ocupa.

Comprendí que las arañas deben también tener un corazón y sentimientos y que su pan de cada día tiene que incluir a ambos, simplemente porque Su Misericordia es infinita y lo abarca todo.

Nos separamos y me dirigí a mi bicicleta. Tenía ganas de estar en mi sitio privado,-- en todas las ciudades uno lo encuentra--, sentado a la sombra de los árboles para saborear esta  extraordinaria  comida del alma que había recibido.

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Miércoles 27 de abril, 2016

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