20 de abril de 2016

Ficción: "Fragmento". Roberto Godoy Arcaya

07:56 By Santiago Daydi-Tolson



El niño bajó la vista y se encontró solo en el patio. Las clases habían terminado y el lugar estaba vacío y silencioso. Atemorizado, rememoró lo que acababa de ver en el techo de uno de los edificios: una cabeza con el cráneo en punta había liberado un pájaro que partía veloz hacia el cielo.

Quiso contárselo a sus amigos, pero ya no había nadie, sólo él. Estremecido, volvió a mirar hacia ese punto, pero sintió que lo espiaban e inició una rápida huida.

Cruzó corriendo el túnel que comunicaba las dos manzanas del Colegio; sólo oía los ruidos amortiguados de vehículos que pasaban por la calle superior. Llegó a un jardín denso, con palmeras, cercado de muros de ladrillos y se introdujo en su vegetación para sentarse al borde de una fuente con peces rojos presididos por la estatua de una mujer pálida, con velo, túnica blanca y cinto azul, guarecida en un nicho de rocas negras.

Revivió la imagen de la cabeza puntuda echando el pájaro a volar. Los peces rojos de la fuente le observaban y con rabia y un rápido gesto, hundió una mano en el agua agarrando a uno de ellos para arrojarlo con fuerza hacia las espinas de un macizo de radiantes rosas donde quedó clavado, retorciéndose.

Debía irse a casa y abandonó el jardín internándose por un largo corredor con pasillos perpendiculares abiertos y cerrados. Iba con paso firme, con la seguridad de quien conoce perfectamente el camino. Sin embargo, y sin darse cuenta, una feliz sensación se había apoderado de él empujándole por dependencias que sólo ilusoriamente conocía. Nadie entraba, salía o se asomaba por puertas o ventanas, sus pasos eran lentos, sus manos comenzaban a hacer movimientos enroscados; sus ojos pestañeaban rápido, se detenían, bajaban un solo párpado y abrían con desmesura el otro, todo con repetidas inclinaciones de cabeza mientras tocaba paredes y columnas.

Descendía la luminosidad y cada vez más se alejaba del camino que conducía a la salida del Colegio; sus pasos se adentraban por galerías desmanteladas, cubiertas por enredaderas que cegaban ventanas y fachadas.

Declinaba la tarde cuando accedió a un pequeño claustro. Una bandada de mirlos chillando voló desde un magnolio hacia las cercanas cornisas donde quedaron inmóviles.


Era un claustro en semicírculo, contrapuesto a una construcción de paredes inclinadas, tan altas que sobrepasaban en mucho a los edificios de corredores y escaleras por donde había venido. De sus muros salían arbotantes de piedra con formas de brazos y piernas entreveradas de pináculos, vitrales oscuros y cabezas de pequeños monstruos con crestas, garras y bocas abiertas, asomadas al vacío. Le latía el corazón con alegría y dejó de hacer gestos con su cuerpo para quedar estático y asombrado.

En ese momento sonaron cinco campanadas y el niño sintió que una mano desde atrás le apretaba con fuerza un hombro, sin soltarle. No quiso moverse. En las cornisas, la fila de mirlos sufrió una ondulante turbación acompañada de cortos trinos y aleteos. Había silencio, pero su cuerpo no dejaba de vibrar por la mano que le atenazaba.
Oyó entonces un rumor de palabras confusas de reprobación por encontrarse en ese lugar distante y solitario.

--Me perdí—se justificó con firmeza.


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Miércoles 20 de abril, 2016

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