16 de marzo de 2016

Memorias: "Cuba otra vez". Eliana Rivero Parte I

00:26 By Ed Valenz

Preámbulo: 26 de diciembre, 2015
Solo faltan ocho días para mi viaje a Cuba y comienza el conteo regresivo. Las paredes del estómago todavía me tiemblan cuando pienso en el regreso, de la misma forma en que empezaron a temblar desde septiembre pasado, cuando llenaba los formularios para pedir la visa. Ya estoy poniendo cosas en la maleta y preguntándome cómo estarán el tiempo y el clima en la isla. Hace más de treinta y un años que no veo sus costas…

3 de enero, 2016
Al fin llega el día. Hoy salgo para la Florida, primera parada en el viaje, y tengo el estómago lleno de mariposas, como dicen en inglés. Ahora, sentada en el avión que me llevará hacia el punto de partida— el aeropuerto internacional de Miami—la sensación que experimento es una mezcla de deleite anticipatorio y curiosa expectativa: ¿cuáles serán, y en qué forma se manifestarán, las emociones de mi regreso? Para mi sorpresa, apenas comienzo a escribir estas líneas en español, encuentro que realmente quiero expresar lo que siento en mi otra lengua (no en la materna), y cambio entonces. Ello es, de cierta manera, una reafirmación de mis rutinas diarias en inglés en medio de lo que es, en realidad para mí, una aventura extraordinaria.

4 de enero, 2016
Así que dije que iba a volver, probablemente influida y entusiasmada por todos esos amigos míos que están regresando ahora, después del deshielo diplomático. Y aquí estoy en el aeropuerto esperando el vuelo definitivo, el que cruzará la corta (pero increíblemente larga) distancia entre Miami y La Habana: la que fue una vez una jornada extremadamente difícil, especialmente en dirección contraria, y ahora es solo un salto de cuarenta minutos por encima del mar azul turquesa y el Estrecho de la Florida, con todos esos cayos e islotes abriendo la ruta hacia el contorno norte de la isla declarada por Colón “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.

Después de una noche de sueño intranquilo, esta mañana me desperté abruptamente: no había oído el despertador y alguien golpeaba la puerta de mi cuarto en el hotel MIA del aeropuerto: era un amigo que venía a buscarme. Desayunamos, me encuentro con el grupo con que voy a viajar, salimos del hotel, caminamos hacia el mostrador de Eastern/Havana Air y encontramos largas colas. Surge la burocracia inevitable y recobro mi antiguo nombre: mi visa de Cuba dice que soy “cubano” (así, con “o” masculina) en la línea donde confirman la ciudadanía, y de repente tengo dos apellidos otra vez.

Después que paso el chequeo de seguridad, donde el joven guarda me dice que tengo que quitarme los zapatos y respondo que no, porque ya tengo la edad que me exime (me mira sorprendido y pregunta: “¿Qué agua toma usted, señora? ¡Se ve muy bien!”), voy directo al mostrador de un café llamado Guava Java y me informan que no tienen descafeinado; opto por una botella de agua y un pastelito de guayaba… esos sempiternos pasteles que constituyen una adicción para los cubanos. Hay una multitud de gente en la salida número diez, incluyendo un grupo de estudiantes universitarios de Ohio y un conjunto musical afrodominicano que canta para nosotros allí mismo, hasta acompañándose con tambores.

Y entonces abordamos el avión y mi corazón se siente en calma (me alegro de no haber tomado cafeína). Uno de mis compañeros de viaje me pregunta si tengo familia en la isla y digo que no, que todos los que se quedaron ya han muerto y que, de hecho, traigo una porción de las cenizas de mis padres para esparcirlas en suelo cubano. Se me aprieta la garganta al decir eso y tengo que cambiar ahora a mi lengua materna, aunque sea por unos momentos. Y sigo escribiendo en español al ver los contornos de islotes en la costa de la Florida; entonces las nubes oscurecen el paisaje y las emociones del regreso me empañan los ojos y se me nubla la vista como el cielo.

Pasadas las primeras emociones una azafata viene por el pasillo del avión ofreciendo “chicharritas” de plátanos (plantain chips), y yo me las como aunque nunca toco nada frito (tengo la impresión de que esto sucederá frecuentemente en los próximos días). Y entonces me vuelvo completamente transnacional y pido una Materva, ese tradicional refresco cubano de mate: al diablo con evitar la cafeína; y el sol sale por encima de las nubes y su luz me ciega y el pecho se me encoge y me pregunto si será la merienda poco saludable, pero es otra clase de sustancia la que me invade: es el néctar de la nostalgia y el recuerdo, un líquido dorado que me inunda el corazón; y el piloto anuncia que estamos cerca, pero las nubes son espesas y empieza a llover, más gotas por fuera haciendo juego con las lágrimas que corren por dentro, y descendemos en una tarde gris al Aeropuerto Internacional José Martí y estoy de regreso en la tierra donde comenzó mi vida, en una galaxia muy lejana, en una isla solitaria en el cielo, y veo campos verdes con neblina cuando aterrizamos y me envuelven nubes grises y no puedo escribir más…

Más tarde, esa misma noche, logro escribir otra vez: Es la una de la mañana, ya el 5 de enero, y recuento experiencias y emociones y la calma después de la tempestad. Después de casi una hora y media de estar dentro del avión, parados en la pista, debido a que no llegaba el autobús para transportarnos a la terminal, al fin llega la guagua y pasamos a las filas de inmigración y control de pasaportes. El cubano detrás del mostrador me pregunta que cuál es mi verdadero nombre, el que está en el pasaporte americano (Rivero) o el que aparece en la visa cubana (Suárez Rivero). Que conste, yo habría preferido dejarlo como era cuando nací, pero la conveniencia de un nombre más corto imperó, especialmente cuando la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos me pidió que me decidiera—como autor—a un solo nombre, más fácil para sus clasificaciones.

La noche continúa y vamos a cenar al Paladar San Cristóbal, donde me encuentro con una antigua alumna mía, cubana ella, que viene todos los años a visitar a su familia. Cuando me escucha mencionar las cenizas de mis padres se ofrece a encargar una misa por ellos en la Iglesia del Sagrado Corazón de la Calle Reina, un bello edificio neogótico donde mi tía Angélica me llevaba cuando yo era niña. Lindo su gesto. Alrededor nuestro, en el restaurante, una colección de relojes antiguos marca las horas y un camarero nos dice que Beyoncé comió allí cuando visitó La Habana no hace mucho (sin duda queriendo ofrecer un buen aval de lo importante del sitio). Nos tratan a cuerpo de rey, con exquisita oferta de platos, y terminan la cena con un vasito de ron añejo especial y un tabaco habano (sí, para las señoras también). Cuando regresamos en el motorcoach turístico al Hotel Nacional me siento profundamente extranjera en este espacio urbano y al mismo tiempo íntimamente familiarizada con cada nivel de la experiencia. Para mi sorpresa, reconozco las calles por donde paso, recuerdo sus nombres, y me parece que ando en otra dimensión de la realidad. Y empiezo a darme cuenta de que aunque Cuba siempre será mi patria ya no es mi país. Ha pasado demasiado tiempo.

Martes, 5 de enero
Me separo del grupo con que viajo y me dedico a pasar el día con amigos. Algunos viven aquí y otros están de visita de los Estados Unidos. Me encuentro con ellos y todos me abrazan apretadamente y me besan y me dicen que me quieren mucho, mucho. Todo eso es muy cubano y al mismo tiempo siento que no es un ritual cultural sino un gesto del corazón. Camino, tomo café y visito lugares y gentes, ando de la mano con personas muy queridas, monto en taxis cubanos por primera vez y como en casas particulares o en paladares de barrio, y todos me dicen que no me preocupe, que el agua está hervida.

También me cuentan, cuando pregunto, de las peripecias de hacer cola para comprar alimentos (a veces encargando a otras personas en el barrio a que lo hagan en su lugar). Los que pueden tener conexión de internet en su casa se quejan de que es muy lenta y poco confiable (después me doy cuenta que son conexiones de dial-up a través del teléfono, como las que tuve yo hace veinte años en Arizona). Regreso al hotel en un sedán Chevrolet bellamente reconstruido, hasta con asientos forrados de terciopelo, y el joven que maneja me dice—sin que yo le pregunte—que está loco por irse del país porque no tiene futuro, e irónicamente su apellido es Ford (su abuelo era norteamericano), pero no tiene quien lo reclame. También visito la residencia de algunas figuras oficiales del mundo cultural y literario y me cuido en lo que digo, pero son tan amables y cariñosos que se me olvida que pensamos de manera diferente…

Mi querida amiga Lina me ha hecho un flan, del cual repito ¡hasta dos veces! También me ofrecen jugo de piña fresco y frituritas de malanga en varios lugares (hice bien en presentir que iba a comer cosas fritas, pero además estas exquisiteces me recuerdan a mi abuelita). Y mucho jugo de guayaba en todas partes: cafeterías, hoteles, casas particulares en El Vedado. Ya casi veo color de rosa, como las guayabas. Y al montar en esos bellos Chevrolets antiguos me siento como los personajes en la famosa novela Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, rodando por el Malecón mientras las luces de la ciudad hacen guiños y la música de un bolero nos rodea. Ahora sí que esto es Havana PM, como el documental.

6 de enero
Hoy la guía en el Museo Nacional de Bellas Artes describe las diferentes olas migratorias mientras habla de símbolos pictóricos en la obra de Pedro Pablo Oliva (botes y velas y mástiles como representaciones abstractas de los cubanos que dejan la isla) y dice discretamente: “Antes se usaba tirarle huevos a las personas que querían irse”. Su nombre es Marilin y es licenciada en letras, y yo me pregunto si es ese el lenguaje acomodaticio que se usa en Cuba para referirse a nosotros, los que nos fuimos, los emigrantes, los sujetos de la diáspora, y si es así como se recuerdan los agresivos actos de repudio que se organizaban contra los que se querían ir, como mis parientes en el éxodo del Mariel de 1980.

Me alejo del grupo para bajar a la tienda del museo, pero no sin antes deambular sola por las salas dedicadas a Wilfredo Lam, Amelia Peláez, Carlos Enríquez y René Portocarrero. Siempre me quedo maravillada en la presencia de estos maestros, pero al ver “en persona” otra vez La silla, Pez, El rapto de las mulatas y Paisaje de La Habana me embarga la emoción y me sorprendo a mí misma con el sentimiento que me inunda. Se me oprime el pecho y se me humedecen los ojos. No entiendo bien por qué, y solo puedo darme vagas razones a mí misma: ¿será orgullo “nacional” en el arte y el talento cubanos a través de los años, además de incredulidad y asombro al recordar que muchas de las obras maestras pintadas por estos artistas modernos no están aquí? (como yo, como tantos de nosotros). Yo he visto La jungla de Lam en una sala especial del MOMA (Museum of Modern Art) en New York, y una de las Floras de Portocarrero en la Galería Cernuda de Coral Gables en Miami, Florida, y hubiese querido quedarme allí mirándolas para siempre. Pero un pequeño milagro ocurre cuando al fin entro a la tienda de regalos en el museo: después de años de buscar en internet y donde quiera, y de pedirle a amigos que me consiguieran una, y nada, encuentro una buena litografía de la Gitana tropical de Víctor Manuel y el corazón se me alegra. Ahora podré mirar esa bella cara cubana en mi casa de Arizona, donde adornará las paredes en compañía de otras de Lam, Mariano Rodríguez y el cubanoamericano Xavier Cortada, junto a un grabado original en tinta de Zaida del Río que se parece a una de las Floras de Portocarrero en perfil. Hoy es la fiesta de la Epifanía, el día de los Reyes Magos, y mis regalos—intangibles y tangibles—todavía están por abrirse.

Así que cuando llegamos al bar de Sloppy Joe´s para almorzar estoy tan contenta que me dejo llevar por la ocasión, y aunque generalmente no bebo, me tomo un mojito entero (el ron es Havana Club, claro) y una cerveza Cristal, y me río con mis amigos del grupo de visitantes y me asombro de mi suerte: vi tan buenos amigos ayer y caminé por las calles de El Vedado de mano con ellos, tomé café y el sempiterno jugo de guayaba en el hotel Habana Libre con un querido “triste tigre” (como en la novela), compré tabacos, exploré las avenidas de esta ciudad mágica que tanto amé hace tantos años, y ahora se me llenan los ojos de lágrimas otra vez solo al recordar esos días y esos años jóvenes, y este regreso que tanto ha tardado en llegar… Y de repente, caminando con mi querido amigo, me encuentro frente por frente a la casa donde vivía en 1960, justo antes de marcharme de Cuba, en H y 19: es una ruina abandonada. Esa bella estructura en cuyas terrazas me paraba a contemplar el panorama por las tardes, cuyas escaleras de mármol subía y bajaba en camino a la Universidad de La Habana, donde me enamoré un par de veces y soñé con un futuro feliz, donde compartí una habitación con mi amiga Graciela (cuyo novio, Matías, trabajaba de ingeniero químico en la Shell, con el Che Guevara de interventor y supervisor), y de donde me fui para no volver; ese edificio para mí icónico que no había visto en 31 años.

Después de eso llamé a una querida y reciente amiga que vive en un barrio alejado del centro y me dijo: “Ha sido tan duro no tenerlos aquí, no tener sus voces a nuestro alrededor. Nosotros, los que nos quedamos, hemos experimentado su ausencia en una forma muy intensa”. Y la ciudad nocturna me engolfa cuando salgo a reunirme con mi otra mitad, mis amigos norteamericanos que son los compañeros de este viaje al pasado.

7 de enero
Mi viaje al pasado (de la isla y del mío propio) continúa. La carretera me lleva al valle de los poetas—Matanzas--la Atenas de Cuba, como llaman a la ciudad. El motorcoach para en un festivo café bar junto al Puente de Bacunayagua, donde hay baños para los turistas, y donde sirven piñas coladas en la misma fruta, espolvoreadas con canela. Los músicos tocan (por supuesto) la Guantanamera y uno me invita a cantar con ellos, y el bongosero me pregunta “Usted es cubana, ¿verdad?” Le digo que sí, sonriendo, y le pregunto a su vez: “¿Se me nota?” Y me contesta: “La pinta nunca se pierde”. A mí, que me he pasado toda mi vida en los USA contestando la pregunta: “Where are you from?” “¿De dónde es usted?” y ahora aquí, en la isla, me preguntan todos: “¿Usted es cubana?” Y yo sonrío porque usualmente esta pregunta viene después que me hablan en inglés, y parecen sorprendidos cuando contesto en español; y otra vez es mi identidad la que sale a relucir, la de esta persona que tanto ha escrito en busca de su verdadero ser, de su naturaleza como ciudadana y como latina (¿se me ven las raíces?). Y me asombro otra vez: ¿soy cubana todavía, después de vivir inmersa en otra cultura y en otro idioma, después de más de medio siglo de ausencia del suelo y del ambiente natal, de los cuales ahora digo que son mi patria pero no mi país? ¿Por qué me lleva tanto tiempo poder contestar esa pregunta?

7 de enero, 2016
Matanzas me recibe con valles verdes y muchos puentes sobre sus ríos (que me hacen pensar en la canción Flor del Yumurí). Paramos en Ediciones Vigía para admirar los bellos libros y revistas artesanales que publican, y donde recibo—directo de las manos de Laura Ruiz, editora—un ejemplar de la Revista, con mi nombre en grandes letras negras sobre páginas blancas corrugadas. Allí está la crónica que escribí, supervisada con cariño y atención por ella misma, junto con las contribuciones de otros que como yo viven fuera de la isla, y me regocijo al poder estar presente aquí, en este momento. Me piden que haga de intérprete para Ana, una de las artesanas de la editorial, y surgen muchas preguntas de nuestros compañeros de viaje, un grupo de profesionales que están interesados en aprender cómo funciona no solo una editora artesanal, sino Cuba en general. También hay editores y escritores en el grupo, y abogados y politólogos y periodistas y voluntarios del Cuerpo de Paz, todos individuos que han viajado por el mundo y ahora vienen a la isla a ver el país con ojos bien abiertos; no constituyen un grupo típico de turistas. A muchos les gusta la música que escuchan por todas partes, aunque no precisamente (me dijeron anoche) toda la desnudez que acompaña los shows de cabarets famosos como el Tropicana.

 Me quedo atrás cuando el grupo visita el Museo de Farmacia y me siento en la esquina de un parque donde hay un hot spot de wifi. Ayer un amigo me había regalado una tarjeta de ETECSA para conectarme a internet y aprovecho la ocasión. Un joven llamado Yurian, que está sentado allí también, y que trabaja cerca, responde tímidamente a mis preguntas sobre la conexión (muchos laaargos números para el usuario y la contraseña), y finalmente conecto con mi hija en San Francisco. Casi inmediatamente responde al texto que le envío con mi teléfono americano, “Hi Mom!”, me pide que tome fotos del lugar donde estoy porque quiere verlo, y me dice que se parece a Puerto Rico cuando recibe las imágenes del Parque de la Libertad. Entonces me pregunta si ya esparcí las cenizas, y le digo que no, que lo haré esta misma tarde. “Happy Birthday sweetie!” Feliz cumpleaños, cariño!, le escribo y me contesta con un emoji sonriente (su cumpleaños es mañana, 8 de enero, pero no sé si tendré conexión y me adelanto).

Más tarde continuamos con el grupo y almorzamos en el Restaurante El Chiquirrín, frente al puerto, y justo por donde pasa lentamente un ferrocarril frente a los muelles. Tienen un piano de cola en un salón del restaurante, y cuando toco algunas canciones en el intermedio (la persona que tienen contratada va a comer también), algunos en el grupo me dicen que toco mejor que la pianista… ¡gracias, son muy amables!) Señoras y señores, estamos a punto de partir hacia Varadero y arribar a la que se supone ser la playa de arenas blancas más hermosa del mundo. Y sí lo es, aunque….

Cuando llegamos a la península que es Varadero, el sol ya casi se ha escondido, y cuando finalmente bajo a la playa me sorprendo al encontrar rocas. Parece que la cadena de hoteles Meliá construyó este hotel en la punta más oriental de la península, y me desilusiona ver que no encuentro aquella al parecer infinita extensión de blanquísima arena que yo recuerdo, pero hay marea alta, después de todo. Estoy rodeada de turistas chinos, franceses y mexicanos, y de repente esto no es Cuba sino un “non-place”, como dicen los teóricos franceses, que pudiera estar situado en cualquier lugar del Caribe o aun del Pacífico. El turismo global ha llegado a mi suelo natal y no lleva trazas de disminuir, todo lo contrario. Después de una larga cena con mis amigos del grupo me retiro a la habitación y aun en sueños escucho el suave sonido del jazz que tocan los músicos en el atrio del hotel.


(Diario de viaje concebido originalmente en inglés y vertido después al español por la autora. Continuará en inglés como parte de sus memorias, Cuban Again, que están en proceso de escribirse).

La próxima semana publicaremos la segunda entrega de este diario de la visita a Cuba de su autora Eliana Rivero.

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Miércoles 16 de marzo, 2015

1 comments:

  1. Me encantó. Como combinas descripción de lo físico con emoción lleva el lector contigo. Y las reverencias a las comidas y bebidas que no comes, pero que en tu patria no puedes resistir. Tengo la segunda parte por leer.

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