23 de marzo de 2016

Memorias: "Cuba otra vez". Eliana Rivero Parte II

08:16 By Ed Valenz

8 de enero, 2016
Y ahora sí ha llegado realmente el día esperado y salgo a buscar un lugar apropiado para esparcir las cenizas de mis padres. Después de un capuchino bastante aceptable (hasta descafeinado), camino y camino hasta que llego a un lugar perfecto: un parque pequeñísimo justo al sur de los jardines del hotel, con seis palmas reales alrededor de una escultura abstracta de piedra. Una de las palmas está seca y muerta, simbólicamente, y las otras llevan inscripciones dejadas por enamorados. Con gran cuidado abro la bolsita olorosa a incienso hindú que contiene las cenizas y mientras las dejo caer alrededor de las raíces de las palmas repito en voz baja: “Ya estás aquí, papá. Ya estás aquí, mamá. Ya están aquí, finalmente.” Me sorprende lo calmada que me siento en ese exacto momento, con una sensación de finalidad. Tomo fotografías del lugar para recordar el momento del regreso: mis padres se fueron de Cuba el 30 de septiembre de 1970 y parte de sus cenizas han regresado a una unión final con el suelo cubano el 8 de enero de 2016, en el cumpleaños de su adorada nieta. Descansen en paz, mami y papi. Ya están de nuevo en su patria.

Camino por los jardines con la mente muy calmada, pero lloro después al escribir estas líneas. Todos esos largos años echando de menos su tierra y su gente, toda la nostalgia y la tristeza y el dolor de la pérdida de su patria y su país, todo eso termina para mis padres hoy. Y espero que termine para mí también, aunque sospecho que no será en el día de hoy.

El mismo día, 8 de enero, al atardecer

Salgo a caminar por la playa y la aparentemente infinita extensión de arena blanca como talco está ahí, con la marea baja, y me llama; pero el agua está fría y la garganta se siente rara y mi voz se enronquece, así que me retiro de las olas y regreso a mi habitación a tomar té caliente y a chupar pastillas de miel. Mis amigos del grupo me encuentran después y me preguntan cómo me fue con las cenizas, y cuando oyen mi voz ronca piensan que es la emoción. Vamos todos a comer y hay como veinticinco platos principales (sin exageración), pero mi amiga Sally—que también vive en Tucson—va a buscarme sopa de pollo para que entre en calor. Para reciprocar, salgo a recorrer las mesas del extenso buffet a encontrarle un flan, que quiere probar, pero todo lo que hallo es tocinillo del cielo, y se me hace difícil traducirle el nombre, y aún más, definirle lo que quiero decir por “empalagoso”. Cuando salimos del comedor (elegantemente llamado Salón Habana), vemos que ha empezado una clase en una parte del gran atrio del hotel, y nos reímos al ver a los turistas chinos luchar con el cha cha chá (aunque es una clase de ejercicio y los instructores la llaman “chachaerobics”). Hasta ahora he escuchado noruego, portugués brasileño, quebecois francés del Canadá, mandarín, español mexicano y argentino (y hasta castellano de un gerente de Meliá), ruso, inglés australiano y americano, y algo que creo que suena como cantonés. ¡Bienvenidos! El mundo entero viene a Cuba. Y todos esos acentos mezclados, desde luego, con las notas entrecortadas del español cubano, que a veces me confunde y distrae… en eso se ve cuán lejos de la isla he permanecido.

Entablo conversación con un camarero muy simpático llamado Gustavo, que me dice que es ingeniero pero trabaja en hoteles turísticos (porque así gana mucho más que su esposa, que es farmacéutica). Y entonces me pregunta lo inevitable: “¿Usted es cubana?” y sonrío otra vez, y otro camarero amistoso se acerca y me pregunta: “¿Vive en Miami?” Y yo les digo que no, que vivo en Arizona, y ambos me dicen que si ese es el lugar con las dunas de arena que se extienden hasta el horizonte, y les digo que el nombre de esa ciudad en el desierto es Yuma, y se ríen porque claro, ese es el nombre que en general los cubanos dan a los Estados Unidos, “la Yuma”. Gustavo se pone a hacer flores para las señoras del grupo con servilletas de papel y alguien nos saca una foto en la que aparezco con flores blancas en el pelo, y todos los del grupo les damos buenas propinas a los camareros, y a mí me besan y me abrazan cuando les entrego sus CUCs. ¡Qué lugar y qué gente, señores!

Raziel, el guía del tour, me encuentra en el lobby (ojos verdes, gran sonrisa) y me dice que salimos hacia La Habana mañana a la 1 en punto de la tarde, así que debemos almorzar en el Café Guantanamera porque el comedor no abre hasta la una y media. Otro largo y placentero día nos espera en esta galaxia llamada Cuba. Pero en realidad no es fácil, como dicen. “Es complicao”.

Pero el punto culminante de la noche es, realmente, conocer a los músicos que tocan para nosotros, Los Soles de Cuba, cuatro jóvenes matanceros. Hablo particularmente con Jessica, la cantante y percusionista, y con Iván el violinista, y me entero de que todos enseñan música en un instituto. Tocan hermosamente y saco un corto video de algunas canciones y les prometo que lo voy a subir a Facebook. Más tarde salgo afuera con ellos cuando tienen un intermedio, y como son las 8:30 pm y todavía no han comido, les traigo unas frutas (plátanos, me piden) y unas barritas de maní y chocolates con avellanas; y me cuentan sus vidas mientras se comen las golosinas. Terminamos abrazándonos (por supuesto), yo mencionándoles que existen becas de visitantes que están disponibles para alumnos cubanos en Florida International University, que así pueden hacer investigaciones y realizar una visita. Son jóvenes y están deseosos de ver el mundo; y siento que en mí surge un cierto afecto por ellos, una dulce cubanidad compartida que aflora cuando nos despedimos. Mañana regresamos a La Habana.

Sábado 9 de enero

Un día interminablemente largo en el bus turístico, pero esa tarde visitamos Finca La Vigía de Hemingway y el proyecto comunitario Muraleando en Lawton, los dos en las afueras de La Habana. Pero primero tenemos una mañana libre en Varadero y por fin el tiempo se muestra esplendoroso y las aguas relucen con su color turquesa. Tomo cantidades de fotos, hasta de esos respiraderos como hoyos esculpidos en las rocas de la playa, pozos donde entra la marea desde abajo y el agua salada del mar me salpica la cara cuando miro por el agujero. Me encuentro con unos turistas uruguayos y converso con ellos; les encanta Cuba y su gente y les gusta más Varadero que Punta del Este, ese gran destino turístico en su propio país. Les pregunto a boca de jarro si todavía mantienen la romántica mitología sobre el Che y la Revolución, y me dicen que sí, a pesar de todos los problemas que el pueblo cubano confronta y de que reconocen que muchos ciudadanos en la isla, especialmente los jóvenes, quieren emigrar en busca de una vida mejor y menos restringida, con más acceso al mundo (telecomunicaciones), mejores empleos con mejores salarios y más oportunidad para viajar. También hablamos de derechos humanos como el de libre expresión sin censura (un tópico que había surgido de repente al conversar con los amigables camareros del Salón Habana), y yo les menciono que estoy escribiendo un diario de mi viaje y me dan su dirección de correo electrónico para que se los envíe. Así progresa el metatexto, mientras escribo aquí sobre el acto mismo de escribir estas páginas.

En el viaje de regreso a la capital hacemos pausa otra vez en el bar de las piñas coladas junto al Puente de Bacunayagua y tomo muchas fotos de los bellos paisajes verdes que rodean el sitio: nombres conocidos como Bacuranao, Camarioca, Jaimanitas y Guanabo pasan frente a mi ventanilla en el autobús. El tour nos lleva después a través de Luyanó y La Virgen del Camino mientras llegamos a Lawton y San Francisco de Paula, y otra vez a La Habana Vieja y los muelles y la Plaza San Francisco de Asís, y recuerdo que las cenizas de mi querida amiga Nara reposan ahí al lado de la iglesia, en el jardín memorial dedicado a la Madre Teresa de Calcuta. Luego volveré al sitio yo sola, a saludarla con algunas palabras tristes y emocionadas. Este mes de enero es precisamente el aniversario de su muerte en 2009. “Adiós, querida amiga”.

Grata sorpresa: al llegar de Nuevo al Hotel Nacional nos alojan en el Piso Ejecutivo. Me toca una habitación mejor que la que tenía anteriormente, con un baño más moderno, y (qué maravilla) cuando abro las cortinas el Malecón y el Monumento al Maine (menos el águila imperial, desde luego) están ahí, al frente, bajo mi ventana, cruzando la calle. Hay parejas paseando, las luces parpadean, y me maravillo de esta ciudad y sus paisajes, como Portocarrero el pintor. Ahora me siento en casa, rodeada de tanta belleza. Abajo, en el jardín, los músicos interpretan una versión de Lágrimas negras. La vida es buena para los que visitan esta isla en el Caribe, sin lugar a dudas. 

Domingo 10 de enero

Empezamos el día desayunando en el comedor del piso ejecutivo, con camareros vestidos de etiqueta. Y ahí está sentada Janet Napolitano, ex fiscal general de Arizona y ex gobernadora del estado, ex secretaria de Homeland Security y, actualmente, “cancillera” de la Universidad de California. Voy hasta su  mesa y la saludo como compatriota arizonense, aunque nacida en Cuba, y me sonríe y dice “wow”. Y entonces nos vamos a una caminata por La Habana Vieja: qué despliegue de bellezas en los edificios coloniales y en la gente, desde el legendario Caballero de París (ahora inmortalizado en forma de estatua, y no, no me saco una foto con él; suficiente que ya tengo una con la estatua de John Lennon en el parque que lleva su nombre en El Vedado) hasta mujeres vestidas con la indumentaria nacional de la colonia, sean patriotas o esclavas, una procesión de personajes que caminan y ríen y cantan—escuchamos tres versiones diferentes de la Guantanamera en el espacio de cinco manzanas de la ciudad—y saco algunos videos que espero poder subir a Facebook después.

Subimos cuatro tramos de empinadas escaleras y entonces bajamos a otro nivel para comer en el restaurant La Moneda, lugar clásico, y al inevitable mojito le sucede una copa de sangría y (para mi sorpresa) agua gaseosa Pellegrino, de Italia, para acompañar la ropa vieja y el arroz blanco, esa carne deshebrada y entomatada que es asimismo un clásico. El joven camarero cubano es zalamero y coqueto; me llama cariño, y cuando le sonrío me tira un beso desde la escalera, todo eso sin dejar de sostener una bandeja llena de platos. Estos hombres cubanos, qué barbaridad, conquistan con solo mirar a alguien… o por lo menos así se lo creen.

Caminamos por las calles adoquinadas y pasamos frente a El Templete, donde se celebró la primera misa en la ciudad y donde hay plantada una ceiba, árbol sagrado para muchos cubanos. Me sorprende ver ese árbol icónico seco, sin hojas. Allí también se conmemora la fundación de la ciudad de San Cristóbal de La Habana en 1519. Me regocijo en el encanto de los edificios y las vistas que encuentro: La Giraldilla, veleta que corona El Castillo de la Fuerza, símbolo de una mujer que espera por Hernando de Soto, primer gobernador de la isla de Cuba, y que se suponía regresara en un barco desde la Florida, pero se perdió en las excursiones en busca de la legendaria fuente de la juventud que tanto cautivó a Ponce de León. Y así, Isabel de Bobadilla murió de amor, esperando al esposo que no regresó nunca. Algunos dicen que esa figura de mujer tallada en bronce es llamada así simplemente porque gira en su eje, pero yo no estoy convencida. Creo que es el influjo de La Giralda y su giraldillo en Sevilla, figura similar. Inclusive, esta es la información que se ofrece por internet: “Existe también una reproducción a menor escala del Giraldillo, llamada Giraldilla, en suelo cubano, realizada en 1632 por Jerónimo González, y que corona la torre del campanario del castillo de la Real Fuerza en La Habana. Esta giraldilla representa a doña Isabel de Bobadilla, esposa de Hernando de Soto, que exploró la Florida…”  De todas formas, es una bella imagen y saco una foto que reluce ahora en mi álbum.

Entro sola a una preciosa galería de arte, con un patio que es una fiesta para los sentidos, y donde encuentro un óleo original de Zaida del Río (otra fiesta), y cuando salgo se me acerca una muchachita bien vestida, con uñas muy pintadas, y me pide dinero. Algunos gatos deambulan por allí; se ven flacos y hambrientos y con ojos enrojecidos, y me siento mal de no tener nada que ofrecerles. Esta es la Cuba que ven los turistas, y alguien me pregunta si todo esto es real o inventado, y digo que en esta isla hay diferentes planos de la realidad y el carnaval que vemos ante nuestros ojos es uno de ellos. Otros están constituidos por las humildes casitas que hemos visto en el campo, chozas en realidad, y las viviendas destartaladas y ruinosas que también hemos encontrado en nuestras correrías por San Miguel del Padrón y San Francisco de Paula y Santos Suárez y Puentes Grandes y todos esos suburbios de La Habana que tan alejados parecen de los centros urbanos de la nueva y la vieja ciudad, pero que están llenos de habitantes reales, en calles donde circulan autobuses y donde se ven bustos de Martí, padre de la patria, en patios escolares rodeados de edificios pintados en colores llamativos.

Dos mujeres, miembros de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria), están paradas en una esquina, y es difícil creer lo jóvenes que se ven, y que son; pero tienen armas reales y radios en las cartucheras que rodean sus muy delgadas cinturas. Me encuentro de nuevo con un grupo de jóvenes con celulares en un hotspot de wifi, y le pregunto a una muchachita: “¿Cómo sabes dónde hay conexión?” y me dice que uno sabe porque es ahí donde se congregan los jóvenes, celular en mano. También me dice que hay muchachos vendiendo tarjetas de ETECSA (las compran por 2 CUCs y las revenden por 3).  No sé cómo decir “scalper” (revendedor pícaro) en español, pero esta es ciertamente una forma de aliviar sus problemas monetarios, en el bisnes, resolviendo.

La tarde termina en una tertulia con dos poetas, uno mayor del grupo Diáspora (dice que el nombre no tiene nada que ver con emigración sino con una definición ontológica de la “otredad”), y uno más joven que también es rapero. Termino teniendo que traducir un poemita titulado “Oral B” (sí, como la marca de cepillos de dientes), composición que describe a una joven que se cepilla cuidadosamente y se limpia la boca prestando particular atención a los restos de semen que le quedan en las cavidades dentales (¡gracias por pedirme que tradujera eso!) Después, uso algo del tiempo libre que me queda para llenar las páginas de mi diario de viaje mientras hago la maleta y me pregunto a quién deberé llamar primero para despedirme, a la mamá de un amigo o a un viejo amor o a una nueva amiga que acabo de conocer. Termino llamándolos a todos. Estos son los lazos que me unen a Cuba, los amores que he encontrado y los que he perdido, sin diferencia entre uno y otro porque los guardo a todos en el corazón. [Y siente ella otra vez la sensación de lágrimas que pujan por salirse de sus pozos secretos, como la marejada que salpica las rocas en Varadero mientras las olas entran y salen, azules y blancas, saladas y limpias, siempre listas a fluir]. Una procesión interminable de fantasmas y de gente real, pidiendo ser oídos y nunca olvidados. Mi imaginario cubano.

En la víspera del 11 de enero, 2016

Mi último día en la isla. Anoche se suponía que íbamos a cenar en el famoso restaurant La Guarida, pero no pudieron confirmar nuestra reservación; me sentí bastante desilusionada. La noche anterior habíamos ido a la Fábrica de Arte Contemporáneo FAC, y estaba cerrada por arreglos. Dos lugares icónicos que no pude visitar.

Nos despedimos de nuestro guía con apretados abrazos y grandes propinas, y le pregunto cuándo nos va a venir a visitar en Miami y me dice “pronto, pronto”. Entonces nos lleva a un precioso lugar para cenar, el restaurante Riomar, justo en la desembocadura del río Almendares cuando este se vierte en el mar. Es una elegante casa de estilo moderno, con bellos pisos de mármol, paneles de maderas finas y una gran terraza que mira al río y al mar, desde donde se ven las luces parpadeando en la distancia y trazando iluminaciones en zigzag sobre la oscura superficie líquida. No hay música en vivo, pero habíamos escuchado antes un trío típico con un guitarrista tocando el tres en La Moneda. Vuelvo a consumir mojitos seguidos de una copa de sangría, y me asombro en secreto de las cantidades de alcohol que he tomado en este viaje, yo que nunca bebo (excepto cuando hago coquito puertorriqueño con ron cubano para la Navidad). Después de una buena comida con pescado y mariscos muy frescos, me deleito con un cheesecake de guayaba y un flan, los dos servidos como postre en mi plato (y otra vez me asombro secretamente de las cantidades de azúcar que he consumido en Cuba: yo, que he jurado no endulzarme tanto con postres y refrescos y tartas… Aunque el juramento no incluye los pastelitos de guayaba, por supuesto, eso jamás).

Volvemos al Hotel Nacional para nuestra última noche en La Habana, y la reverberación de la música de reguetón entra por paredes y ventanas cerradas; me quedo despierta hasta después de medianoche. Llamo a la seguridad del hotel y me dicen que no me preocupe, que pronto se termina la música que viene del cabaret en los bajos. Estoy escribiendo esta última noche en Cuba y maldiciendo la música escandalosa que no me deja dormir, y recordando cómo lo mismo me sucedía en San Juan, Puerto Rico, y preguntándome por qué la gente caribeña es tan ruidosa, por qué no les importa que otros no puedan dormir con el escándalo de sus fiestas. Bueno, mañana será otro día, el día de decir adiós—la despedida de esta verde isla que me robó el corazón hace tanto tiempo. ¿Será que me podré liberar de su hechizo alguna vez?

Finalmente 11 de enero, 2016

La mañana de la partida, y me debo enfrentar de nuevo con la burocracia de salir del país. Estoy tan cansada por falta de sueño que lo que quiero es tirarme al suelo y dormirme en algún rincón. Todo lo que me falta por hacer es comprar una botella de ron Havana Club en el aeropuerto (me la quitarían, ya me advirtieron, si la trato de llevar desde fuera, por la cuestión de líquidos y seguridad…. Que incluye botellas selladas). Y entonces ya estaré lista para volver a casa. Pero un momento: ¿qué es lo que digo? ¿No estoy ahora dejando mi verdadero hogar, mi patria? ¿Acaso no dejé esta isla en 1958 y regresé en 1959 y me volví a marchar en 1961, y retorné después de dieciocho años de ausencia en 1979, y caí bajo su hechizo de nuevo y regresé una y otra vez en 1980 y 1981 y 1982 y 1983 (dos veces ese año) y 1984… y entonces dejé de venir hasta ahora, treinta y un años y seis meses después? Muchos me han preguntado por qué no he vuelto en tan largo tiempo; he reflexionado sobre el asunto con frecuencia, pensado seriamente en ello, y todavía encuentro difícil ofrecer una respuesta: razones de familia, de distancia, la espera de aperturas diplomáticas y políticas, mi resistencia a pagar tanto por documentos cubanos, el miedo al trauma emocional, etc etc etc. Todavía no tengo una respuesta. Pero ya he regresado, y ahora surge una pregunta aún más interesante, la que me hago en mi último día en Cuba: ¿por qué he vuelto ahora, qué me hizo de veras regresar? (y quizás otra pregunta punzante: ¿volveré otra vez?).

Pienso en todo esto mientras veo el perfil de las costas de esta isla desaparecer bajo las nubes, esa amada tierra con forma de caimán que llevo en el corazón, a veces contra viento y marea. Hoy es el día en que exploro las respuestas que doy a mis propias preguntas; sí, aunque quizás la verdad solo se descubra poco a poco, en los días o semanas o meses venideros, cuando esté de vuelta en mi otra lejana galaxia.

Y en este mismo momento, literalmente, la tinta de la pluma del Hotel Meliá con que escribo este diario se ha secado, y entiendo que es hora de cerrar las páginas, aunque siga–por mucho tiempo--ponderando las razones por las cuales he vuelto a Cuba otra vez.


(Diario de viaje concebido originalmente en inglés y vertido después al español por la autora. Continuará en inglés como parte de sus memorias, Cuban Again, que están en proceso de escribirse).

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Miércoles 23 de marzo, 2016

Diario de una visita reciente a Cuba Parte I

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