7 de marzo de 2016

Cuento: "Visita a la tumba de Edgar Allan Poe". Bruno Estañol

08:18 By Ed Valenz

Ill-fated and mysterious man!–bewildered in the brilliancy of thine own imagination, and fallen in the flames of thine own youth! Again in fancy I behold thee! Once more thy form hath risen before me!–not--oh! Not as thou art--in the cold valley of shadow–but as thou shouldst be– squandering a life of magnificent meditations in that city of dim visions. There are surely other worlds than this–other thoughts than the thoughts of the multitude–other speculations than the speculations of the sophist. Who then shall call thy conduct into question? Who blame thee for thy visionary hours, or denounce those occupations as a wasting away of life.
The assignation
E. Allan Poe
Para Estela Ruiz Milán, amiga y protectora

En la esquina que hacen las calles de LaFayette y Green, en el centro histórico de Baltimore, hay una parroquia Anglicana, ya que no ostenta ninguna cruz por fuera, la cual tiene un viejo cementerio, donde reposan los huesos de Poe. La iglesia probablemente ya estaba cuando Poe murió; es una vieja construcción típica del siglo XIX del este de Estados Unidos, hecha de ladrillos rojos con una torre rectangular en el centro y grandes ventanas ojivales a los lados. Si se entra por LaFayette Street a la izquierda, se encuentra uno un mausoleo con la siguiente inscripción: “In memory of Rachel Graham, daughter of Milton L. Graham, who died in the full assurance of joyful resurrection”. A la derecha de éste hay una tumba cuadrada de mármol blanco con una placa grabada con la efigie de Poe y el nombre: Edgar Allan Poe, con letras semigóticas: “Born, January 20, 1809, died, October 7, 1847” y el de “Maria Poe Clemm, born March 17, 1790, died February 16, 1871”.

Cuando no se tiene sino un minuto para vivir no se tiene tiempo para disimular. 
Quinauilt.Alys
Epígrafe al Manuscrito hallado en una botella de E.A.Poe

Esto ocurrió un día frío y húmedo de diciembre. Nos levantamos temprano, nos pusimos sweaters con cuello de tortuga y abrigos largos; nos subimos al Volkswagen fastback y tomamos rumbo a Baltimore por el Washington-Baltimore parkway. Los sicómoros, los álamos, los abedules y los maples estaban pelados por el frío. En el coche íbamos Carlos, su mujer Alondra, Elena y yo. Habíamos decidido ir a Baltimore para visitar la tumba de Edgar Allan Poe; nos habían dicho que la tumba de Poe estaba en un cementerio en el centro de la ciudad, cerca del Hospital de la Universidad de Maryland. A Carlos no lo veía desde los años remotos de la adolescencia. A Alondra no la conocía y Carlos me la presentó:

-Esta es Alondra, alias la perfumada, nacida y criada en las costumbres ejemplares de la Colonia del Valle. Así que no digas malas palabras delante de ella.

Después se rio irónicamente levantando las cejas, que se las noté más peludas que cuando era adolescente.

Me di cuenta que a la perfumada no le gustó mucho esta presentación pero Elena la abrazó con cariño y le empezó a preguntar varias cosas de México.

El viaje por el Washington-Baltimore fue agradable: pasamos por un túnel muy largo y entramos de lleno a la bahía de Chesapeake. Baltimore, tan señorial en otros tiempos, estaba llena de edificios de ladrillos rojos y calles en las que abundaban los alcohólicos y derelictos; las calles céntricas estaban embadurnadas y los edificios casi deshabitados. Después de dar varias vueltas encontramos el viejo cementerio,

Como no teníamos idea donde estaba el mausoleo de Poe, preguntamos a un policía montado.

-Who the hell is Edgar Allan Poe? –contestó.

Está correcto pensé, está en otro infierno.

En el infierno sí. Poe iba de Virginia a Filadelfia, donde entonces vivía, y se apeó del barco en Baltimore, porque se sentía mal, o porque quería comprar whiskey, nadie lo sabe; al parecer estaba borracho.

Se bajó en la vieja estación ferroviaria, estilo neoclásico, de mármol blanco, que todavía perdura, trató de caminar hacia el centro de la ciudad, entró a una taberna el día de la elecciones, lo encontraron tres días después con unas ropas viejas, un sombrero que no le correspondía, y lo llevaron febril, confuso y enmarañado al Church Home Hospital, donde una combinación de neumonía y acaso delirium tremens lo mató.

Así que caminamos un poco al azar, buscando la tumba, enredándonos ente los matorrales de las azaleas y los rododendros y Carlos hablaba sin parar, como siempre, diciendo que qué carajos estábamos haciendo aquí, que nunca íbamos a encontrar la tumba de Poe, y que nadie tenía la menos idea de donde se encontraba y menos nosotros; así que porque mejor no nos íbamos al restaurante Gordon´s  o al Phillip´s para tomar cangrejos con cerveza, que eso era lo único que valía la pena de Baltimore. Carlos siempre había refunfuñado de todo, así que no le hicimos caso y seguimos la búsqueda en aquel cementerio viejo y bastante abandonado.

-Necrófilos –dijo y se metió a la vieja iglesia de piedra. Elena aprovechó que Carlos se fue para decirme:

-No sé, lo encuentro un poco cambiado; ha engordado; le han crecido las cejas, le gusta más el vino que antes.

-Qué quieres –le dije- hace ya tanto que no lo vemos y, además, se ha tomado el trabajo de venir hasta aquí a visitarnos.

Luego, empezó a reprocharme:

-¿Cuándo nos vamos a regresar a México? Ya llevamos aquí tres años y tú ni trazas tienes de querer regresar. ¿Nos vamos a quedar aquí toda la vida? ¿Comiendo hamburguesas con pickles?

-Y allá, ¿enchiladas y mole de olla? –le contesté.

En eso estábamos cuando regresó Carlos gritando:

-¡La encontré! ¡La encontré! Aquí está.

Con cierto escepticismo, Elena y yo, y después Alondra, nos acercamos. Ahí estaba. Era un pequeño túmulo de mármol. No tenía un epitafio, sólo la inscripción de su nombre, la fecha de su nacimiento y de su muerte. Elena y yo nos vimos a los ojos. Esta tumba pobre y fría, albergaba los restos del hombre a quien habíamos leído con reverencia y fervor. Aquí estaba el objeto de nuestros desvelos. Carlos se paró a lado del calvario y mientras el cierzo lo despeinaba, sacó de su abrigo el tomo: “The Complete Works of Edgar Allan Poe” y empezó a leer con su voz de barítono el final de La Caída de la Casa de Usher. Después leyó uno tras otro, Ulalume y Annabel Lee. Terminó con los versos:

In the sepulcher there by the sea. In the tomb by the sounding sea.

En su tumba, al lado del resonante mar, allí estábamos los cuatro en el cementerio lleno de las hojas amarillas que el viento invernal arrastraba, y nosotros escuchábamos la voz sonora de Carlos en “an enigma”:

But this now –you may depend upon it, stable, opaque, inmortal –all by dint of the dear names that lie concealed within it.

¿Quiénes éramos y qué hacíamos en la tumba de Edgar Allan Poe? ¿Qué fuerzas oscuras nos habían llevado allí?  ¿Qué significaba Poe para cada uno de nosotros? ¿En quién se había transformado Carlos, el de la voz sonante? ¿Quién era Alondra, la perfumada? ¿Por qué parecía casi invisible y muda en esa excursión en el tiempo? ¿Quién era Elena que sólo sentía nostalgia? ¿Quién era yo, adicto a la lectura de las narraciones de Poe?

La perfumada se acercó a mí y me dijo:

-Protégeme, tengo miedo –un perfume seco e intenso vaporizaba de su cabeza.

-¿De qué? –pregunté y le pasé el brazo derecho por encima del hombro.

-No sé –contestó –de todas esas palabras extrañas, en inglés, suenan a brujería.

La miré. Estaba temblando.

-Estás aterida –le dije.

-No, tengo miedo –contestó -, no suena como la voz de Carlos, suena como la voz de otro.

-¿De quién?

-De otro, de algún otro que se parece a él.

La miré otra vez. Su perfume, a pesar de la brisa, me había envuelto por completo. Tenía unos ojos grandes de un verde líquido, enmarcados en unas cejas pobladas y precisas. Le vi los ojos implorantes de damsel in distress; sentí que su muslo se pegaba al mío.

-¿Tú lo conoces bien… desde hace tiempo? –preguntó de nuevo.

-Desde chicos –le dije.

-¿Y no lo ves muy cambiado?

-Sí, pero es natural.

-No –dijo –su boca es más cruel, es más gordo y esas cejas son diabólicas. Además, esa voz no le pertenece y la entonación de su inglés es demasiado perfecta; es la reencarnación de un espíritu anglosajón. En los últimos tiempos bebe mucho y escribe historias de horror.

Se separó de mí y me vio a los ojos.

-Quiero hablar contigo, más tarde, a solas, tengo algo que decirte.

Eso dijo y se fue caminando, secretista y solitaria, entre las filas de las tumbas.

Carlos se acercó a mí. Su rostro exultaba. Carlos y yo habíamos sido devotos lectores de Poe; pero eso no era todo; este viaje tenía algo que ver con nuestras vidas. ¿Qué era ese algo? A Carlos no lo había yo visto durante muchos años. Años que para mí habían sido muy intensos. Me había casado con Elena después de haberla querido como un vicio. Ahora, algo se había roto. Yo me sentía culpable hasta el absurdo. Me sentía incapaz de quererla y de dejarla, pero al mismo tiempo sentía que no pertenecía a ningún lado. Carecía del sense of belonging, que se dice en inglés. Sentía que el matrimonio era otro espacio, al que no pertenecía. No quería regresar pero tampoco quería seguir aquí; quería dejar a Elena pero sabía que no podía vivir sin ella. La amistad de Carlos apenas mitigaba el conflicto. Me daba cuenta que había venido hasta aquí para resolver su propio conflicto con la perfumada. Ella empezaba a girar en mi cabeza con una rumiación de obseso. Y Carlos qué. Me acordaba de él cuando tocaba pasodobles en el piano de una manera furiosa. Carlos se me acercó y me dijo:

-Ya regresese usted a México, maestro, no se quede a vivir aquí y cuelgue usted en el ático de su casa, un sombrero de charro, un sarape, una guitarra y una jícara, para frecuentar la nostalgia, mientras oye la canción mixteca.

-Uno vive siempre del y por el pasado, aquí y allá –le contesté -. Además aquí tengo más estímulo intelectual y más lana.

-Usted regrese que las cosas están cambiando.

-Allá siempre cambian las cosas, pero para peor –dije.

Después, caminamos por el cementerio, cada quién por su lado. La perfumada se emparejó a mi paso.

-¿Te dijo algo de mí?

-Nada, habló de mí.

-¿Tú lo ves, igualito que antes?

-¿Qué quieres decir con igualito?

-Sí, si es el mismo que antes; cuando lo conociste. El tocaba el piano, ¿no es cierto? Ahora que regresemos a tu departamento, pídele que lo toque.

Fuimos después de la visita al cementerio a comer pasteles de cangrejo. Noté que Carlos bebió mucho y habló más. Regresamos a la anochecida a nuestro departamento en Washington.

Carlos empezó a declamar versos de Salvador Díaz Mirón y a hablar de él. Puse el disco de Serrat, donde canta los versos de Machado, y la perfumada le pidió que tocara unos pasodobles en el piano. Carlos dijo que para él los pasodobles eran música extinta; luego habló de que la música se había metido en un callejón sin salida y que toda la música popular, no era sino variaciones rítmicas y dinámicas bastante monótonas y que las variaciones melódicas y armónicas eran las mismas de la música del siglo diecinueve. Nos fuimos todos a dormir. Elena dijo antes de dormirse:

-Veo muy cambiado a Carlos. ¿No crees tú?

-Lo único que noté es que no quiso tocar el piano. La perfumada es muy callada y casi no pude conocerla.

-Yo creo que la perfumada antes hablaba mucho y ahora está engentada y casi no habla nada –dijo y se durmió.

Yo me quedé pensando si Carlos había cambiado y porqué. Quizás su relación con la perfumada tenía un trasfondo oscuro que nunca conocería. Carlos seguía siendo, para mí, un hombre extraordinario, que buscaba su identidad con desesperación; pero notaba que no se había reconciliado consigo mismo.
Ni yo tampoco.
Nos levantamos temprano al día siguiente porque íbamos a dejarlos a la estación. Llegamos temprano. Carlos dijo:

-Voy a comprar cigarros, vente conmigo.

Cuando estuvimos solos se acercó a mí y oí su voz grave, de barítono:

-Voy a Nueva York a llevar a Alondra con un especialista. Mi vida toda se ha trastornado. No sé si lo que tiene, tenga remedio.

-¿Qué es? –indagué.

-Le llaman síndrome de Capgras, ella cree que he sido suplantado, impersonado por otro, y,  yo me he convertido en otro. A pesar de todo no quiero dejarla sola.

-¿Te has convertido en otro?

-Sí, ¿no lo notas? Es algo muy difícil de entender.

Lo miré. Era otro, en efecto.

Regresamos con Alondra y Elena.

Ya en el andén, Alondra puso su boca en mi oído, me besó y susurró:

-Ya te habló de mi ¿verdad? No le creas nada de lo que diga de mí; él no es Carlos, es un impostor que lo ha suplantado. Confía en mí.

Me miró con sus grandes ojos líquidos, me besó en la boca y subió al tren.

Ya en la ventanilla gritó:

-Te voy a escribir diciéndote todo lo que Edgar Allan Poe sabía de esto – Luego, por primera vez desde que había llegado sonrió y agitó su mano diciéndome adiós.

Elena me tomó del brazo y se acercó a mí.

-Una pareja rara ¿Verdad?

La miré con ternura. Carlos, por un azar misterioso, no dejaba a Alondra a pesar de todos los problemas. Comprendí que todas las relaciones perdurables entrañan un pacto secreto.

-Todas las parejas somos extrañas y todas las separaciones son tristes –contesté.

Posdata. En las últimas páginas de Las Aventuras de Arthur Gordon Pym, el protagonista, enfrentado a su último viaje, exclamó: Este es el frío de la muerte. Estas son las campanadas de la muerte. También pronunció el nombre de un tal Reynolds. Tal vez el nombre del político quien lo impulsó a beber el día de las elecciones.

Muchos años después, Borges deslizó sus prodigiosos dedos de genio ciego sobre la efigie oscura y resaltada de Poe en su tumba de la esquina de LaFayette y Green en Baltimore, Maryland.

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Miércoles 9 de marzo, 2016

Nota del editor
En su ensayo "Escribir desde la hoguera", sobre la obra narrativa de Bruno Estañol, publicada en esta revista/blog el 13 de enero de este año, Eduardo Jiménez Mayo hace referencia a este cuento, así como al cuento "Mandrake, el mago y mi tía Benigna del Ángel", incluido en la misma entrada.

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