20 de enero de 2016

Prosa breve: "La ardilla". Rebeca Gómez Galindo

08:17 By Santiago Daydi-Tolson

En su pequeñez radica su grandeza: la clásica cola esponjada, el par de ojitos curiosos, la cuasi sonrisa.

Yo. a través del cristal para no asustarla, acaricio su pelaje sal-pimienta-anaranjado que no le pide nada a la suavidad del visón.

Siempre, inevitablemente se le ve que va con prisa, ansiosa. Sin embargo, algunas veces se detiene y se sienta en las patitas de atrás como una estatuilla más del jardín y con las delanteras sujeta emocionada una golosina que se ha robado de mi árbol. Bueno, más bien del árbol de la vecina, quien lo ha plantado justo enfrente de mi ventana para inventarse cierta privacidad.

No le bastó la cerca de madera que separa con exactitud matemática nuestros terrenos, ni el surco amarillento que delimita mi pasto del suyo cuando el jardinero ha terminado de podarlo. Por alguna razón extraña ella necesita bloquear mi vista, esconderse detrás de árboles de troncos gruesos y ramas frondosas, donde comen felices y agradecidos pájaros y ardillas.

No sé cómo se llama este árbol, de hojas verdes en primavera y verano y de ramas sin hojas en invierno, que limita mi mirada. Lo que sí sé es que los animalitos lo aman pues les regala racimos de un fruto dulce, rojo y redondo del tamaño preciso para engullir fácilmente con el pico o sujetarlo sin que se les escape de las manitas, como en el corto de la era del hielo, que siempre me produce una risa frenética y refrescante.

Agradezco a mi vecina por plantar el árbol ahí pues ha traído a mi ventana muchas ardillas simpáticas y varios pájaros de cantos y colores diversos. gris, pardo, café brillante, negro, violeta, rojo cardenal y mi favorito, el que me provoca levantarme de la mesa con un salto y una sonrisa de oreja a oreja solo para verlo posarse unos segundos en la madera: el azul con pecho blanco, sí el pájaro azul de la felicidad, el que habita en nuestro patio trasero.

Con tanta naturaleza viva a mi alrededor ya me siento Blanca Nieves y sin detener las notas agudas que salen de mi ronco pecho me he puesto a cantar silbando al trabajar. Aah, cualquier quehacer es un placer si se hace sin pensar…

Cierta mañana manejaba por la cuadra de mi casa y a lo lejos sobre el pavimento mojado vi un animal muerto. Road kill lo llaman los americanos; literalmente se traduce como animal muerto en el camino por un vehículo. Instintivamente cerré los ojos, tensé los brazos, encogí los hombros y sujeté con fuerza el volante apretando con el pie derecho el freno.

--No--. Me dije susurrando.

No grité. Abrí los ojos, respiré profundo como para darme valor y fui soltando el freno poco a poco. Al pasar al lado del animalito muerto no pude mirar, no quería confirmar que era mi ardilla; sí, mi ardilla, la del árbol de la vecina, la de los ojos curiosos y la cuasi sonrisa, la de los pasitos sobre mi techo al atardecer, la amiga del pájaro azul en el patio trasero, la de piel de visón, la que tantas veces se le escapó del hocico a mi perro cazador, la venada deslumbrada por las luces de un automóvil seguida muy de cerca por su cría.

El animal atropellado que al día siguiente, inflado por la muerte, devoran varios zopilotes negros de capuchones blanco albino. Quizá era el gato de la cola mocha el que yacía como alimento del día o el perrito de pelo chino sobre la frente, que se le escapó de la correa al niño de los ojos como luceros.

Siento rodar sobre mis mejillas lagrimas frías: un par. Una es de coraje, la otra de impotencia.

No entiendo. Es verdad que todos estamos conectados de alguna forma, pues esta muerte--el cuerpo peludo tirado en la calle con las tripas expuestas, el devorar de las aves de rapiña, para muchos un hecho insignificante--me ha borrado la sonrisa y me ha pinchado con dolor el estómago, que se me ha volteado de cabeza.

Tomo la avenida y el sol me da directo en la cara como reprochándome la pérdida. Me pongo los lentes obscuros y lo enfrento mientras sus rayos me secan el rostro dejando una sensación de sequía en donde antes corrían lagrimas. Enciendo el radio: Marc Anthony está cantando "Rain over me". Y como si el canto comandara a las nubes, liberan éstas la lluvia que al tacto de la luz solar se convierte en un arco iris.

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Miércoles 20 de enero, 2016

1 comments:

  1. Una bella prosa que conecta al poeta con sus lectores en esos sentimientos de amor por la naturaleza que llaman a disfrutar, y en ratos como estos, a sufrir, mientras que el resto del mundo transita veloz sobre el pavimento, sin acaso percatarse. ¡Hermoso texto!

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