13 de enero de 2016

Ensayo: “Escribir desde la hoguera”. Eduardo Jiménez Mayo

01:37 By Santiago Daydi-Tolson

A Bruno Estañol y a mí nos separa una laguna de años, o quizá no tantos (ni él es tan viejo ni yo soy tan joven), pero no somos para nada de la misma generación. Además no somos de la misma nacionalidad. Para colmo, cuando lo conocí hace unos veinte años yo apenas entendía y hablaba el español. Sin embargo nunca vi ninguna inconveniencia al aproximarme a él y según mis recuerdos nos hicimos amigos sin esforzarnos en demasía. 

Su inglés era nítido en cuanto a la forma y ligeramente británico en cuanto al acento, y dominaba vocablos que hasta para mí eran desconocidos. También me di cuenta que manejaba con destreza mucho del vocabulario callejero y grosero de los varios sectores de la sociedad norteamericana, y hasta me contaba unos chistes negros de la misma procedencia. Más tarde aprendí que su relativamente larga estancia como neurólogo en los hospitales de élites y de pobres en Washington, Philadelphia y Baltimore, más sus largas noches de inmersión en los clásicos de las letras inglesas, dejaron una impronta indeleble en la pluma de este monstruo creativo.

Su cuento “Visita a la tumba de Edgar Allan Poe”, con su alusión a la patriótica “Canción mixteca”, seguramente se inspiró en esa época; aunque no tanto, pues su narrador se quedó para siempre en los EE.UU., mientras que Bruno regresó a México, si no al propio Tabasco. Me ha dicho varias veces  que si no hubiese vuelto a México jamás se habría convertido en escritor de ficción. Supongo que con esto quiere decir que se hubiera dedicado a ganar mucha plata como médico y a descuidar el español hasta el punto de decir, como el narrador de “Visita a la tumba de Edgar Allan Poe”, moverse en lugar de mudarse. 

En cuanto a la tumba de Poe, me extrañó el hecho de que en el cuento se hablaba de sólo una tumba, mientras que en la actualidad existen dos en el mismo cementerio parroquial; la primera marcada por la lápida original, la segunda señalada por un gran mausoleo con las efigies de Poe y de su joven esposa grabadas en los lados. Prefiero la lápida original porque luce en relieve el cuervo inmortalizado por el poeta. Mi esposa me sacó ahí una foto que aparece en la solapa de El guiño del diablo, mi obra de crítica literaria dedicada a la cuentística estañoliana (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2010). 

Es curioso que ni los mexicanos ni los tabasqueños se hayan molestado por estudiar de forma sistemática los cuentos de Estañol. Nadie ha gastado más tinta analizando o traduciendo sus obras que yo, y nomás llevo de mexicano una cuarta parte de la sangre. Crecí bajo las ondulaciones señoriales de la bandera yanqui y el inglés me es más natural que cualquier otro idioma: pero al leer en español los cuentos de Bruno fue como si de repente me encontrara en la casa de mis sueños.  Ningún autor me ha afectado tanto.

En su presente obra de creación, La cola del diablo, me dedica un cuento en que el narrador descubre al fondo del pozo de agua de su finca unas cajas herméticamente selladas que una vez abiertas le proveen de centenares de monedas de purísima plata mexicana. Nadie más que él y los lectores saben de este secreto. Se desprovee gratuitamente de todas sus pertinencias en un arrebato milenario y todos le creen loco, pero nosotros sabemos que Don Tesoro Pulido está de veras forrado de tesoro. Este cuento y la dedicatoria tuvieron un gran impacto en mi ánimo, porque estoy pasando por una etapa de mi vida en que me considero un mediocre abogado y un humanista ocasional. A pesar de todo el autor siempre ha percibido en mí la promesa de frutos descomunales. Si no fuera por él nunca habría intentado aceptar mi destino como escritor o bien me hubiera rendido.

La cola del diablo es un libro que debe ser quemado, pero no sin antes leerlo. Quiero decir que es una obra decadente, terriblemente irreverente, y divertida en extremo. Es un libro que debe leerse a espaldas de su marido o su esposa, a espaldas de su novio o su novia, a espaldas de su padre o su madre, a espaldas de su cura y si usted es cura a espaldas de su obispo.

Es justo que universidades y editoriales tabasqueñas honren al autor oriundo de Frontera de Tabasco, cuyos temas son frecuentemente tabasqueños, pero al mismo tiempo creo que es importante señalar la accesibilidad universal de sus obras. Pongo por ejemplo el cuento, “Mandrake el mago y mi tía Benigna del Ángel”(*). 

Benigna, la bella pelirroja escéptica que no sabe bailar, es supuestamente hipnotizada por el mago en el escenario y, enfrente de los espectadores, se pone a bailar al compás de la música con una violencia sumamente erótica. Sigue bailando locamente a pesar de la orden del mago de parar y volver a la conciencia cotidiana. Únicamente logran pacificarla en el hospital después de grandes esfuerzos y más grandes preocupaciones. A pesar de todo, Benigna se escapa con el mago a vivir aventuras con él cada vez más lejos del pueblo de Frontera.

Quienes hayan visto el ballet La consagración de la primavera de Stravinsky con coreografía de Diáguilev quizá reconozcan un similar erotismo estrepitoso en cuanto al descontrolado baile de Benigna; y quienes hayan visto el ballet Coppélia de Delibes con coreografía de Arthur Saint-Léon y libreto basado en cuentos de E.T.A. Hoffmann, quizá vean en la extraordinaria danza de Benigna o en la impotencia del mago una alusión al cómico engaño sufrido por Coppelius, el inventor ocultista, cuya muñeca de tamaño natural parece cobrar vida. 

La fascinación del escritor por el nexo del baile y la psicología es un tema recurrente en sus obras.  Da la casualidad, inclusive, de que la hija mayor de Bruno fue bailarina profesional por muchos años; y ahora es doctora en psicología especializada en la terapia con danzantes. Conviven en las obras de Bruno la comedia y la soledad, y no hay reconciliación entre las dos. El escritor es más complicado que sus obras, pero sus obras conquistarán a más corazones; algo así como las mil y tres conquistas de Don Giovanni en España.

(*) Este cuento de Bruno Estañol se reproduce a continuación:

 “Mandrake el mago y mi tía Benigna del Ángel”

A la memoria de Bartolomé Vidal Nieto
 
Amantes, no toquéis si queréis vida,
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Como entre flor y flor, sierpe escondida.

Luis de Góngora
(La dulce boca que a gustar convida)
I

El teatro Merino estaba a reventar, pero nosotras teníamos asiento reservado en la fila de adelante. Pasamos entre algunos muchachos que hacían corrillo a la entrada del teatro; eran jóvenes mayores que nosotras y nos miraron con cierto dejo de burla, como si fuéramos niñas. Uno de ellos le vio descaradamente la parte de atrás a mi amiga Magnolia (quien la tenía bastante prominente) y algo le dijo en voz baja que después ella no quiso repetir. Mis amigas de la secundaria se rieron con largas y sonoras carcajadas. Pasamos entre ellos y no los volteamos a ver.

Dentro del teatro se oía el estrépito de la conversación, y las mujeres, vestidas de seda y organdí, cerraban y abrían los abanicos y se secaban el sudor con pañuelos blancos de batista. Yo me sentía incómoda con el uniforme de la secundaria con calcetas largas y pensaba que debía haberme vestido con ropa normal o del domingo. Todavía no me daban permiso para pintarme los labios mientras que otras amigas de mi misma edad ya se perfumaban y se pintaban. Envidiaba un poco eso, pero no tanto, en verdad ya me llegaría mi tiempo. Los pasillos estaban llenos y, forcejando un poco, llegamos a los asientos numerados de adelante. Todas estábamos interesadas en ver sobre todo a Mandrake El Mago: su fotografía, con un cigarro en la mano y con el humo ascendiendo a la cara, estaba en un cartelón a la entrada del teatro, pero él aparecía hasta el número final de la función.

El telón púrpura se levantó y las luces se encendieron. Abrí los ojos como si viese al mundo por vez primera. Primero aparecieron unas bailarinas bailando el mambo número ocho de Pérez Prado; bailaban echando los brazos hacia adelante y moviendo las caderas de atrás hacia adelante, algo que nunca había visto antes. La música me llenó de alegría. Después apareció un trío de guitarristas vestidos con traje blanco y pelo engominado. Tocaron unas canciones que después han sido de mis favoritas. La primera fue Delirio; las notas volaban y se depositaban en mi cerebro para siempre. La segunda fue Perdón, que mucho después supe que era de un compositor puertorriqueño llamado Pedro Flores. Esta canción me emocionó mucho. La última que tocaron fue Obsesión, y era la única que ya había oído yo antes. Estas canciones me dieron una gran felicidad, si es que así puedo llamar a la sensación que tuve en ese momento. Mis compañeras y yo aplaudimos y pateamos con ritmo el piso de madera. Nos reíamos y sudábamos. En el siguiente número salieron unos tipos diciendo chistes que yo casi no entendía, pero que mis compañeras al parecer sí, porque se reían poniéndose las manos sobre la boca. Yo seguía como hipnotizada escuchando en mi cerebro la letra y la música de las canciones que había cantado el trío. Estaba encerrada en esa cápsula de cristal, fuera del tiempo, que a veces me aparece cuando algo me gusta mucho y donde sueño.

Vino el intermedio y nos pusimos de pie para reír y comentar las canciones y nos reímos mucho por ir con el uniforme de dril azul de la secundaria con calcetas blancas que nos llegaban arriba de la espinilla y por ser niñas tan tontas. No podíamos salir a comprar cacahuates garapiñados porque la gente se amontonaba en los pasillos. Marité, quien siempre sabe mucho, me dijo que el mago Mandrake era muy guapo y de buena figura y que tenía una voz muy varonil. En realidad no era mago sino que era un gran hipnotizador y que su padre le dijo que si el mago requería a alguien para subir al escenario por ningún motivo fuera ella a subir.

--Que suban otras–le dijo. La magia no es sino hipnosis y prestidigitación, también dijo. Les llaman ilusionistas porque crean ilusiones.

--No se puede vivir sin ilusiones–le dije.

--Las ilusiones sirven para soportar la vida–contestó.

Me quedé sin saber qué decir. Entonces vivimos de ilusiones, de ideas para el futuro, un marido ideal con hijos preciosos y brillantes. Por eso  también tenemos que saber enfrentar las desilusiones. Por eso existen los magos y la idea de que nos vamos a ir al cielo, aunque cueste tanto esfuerzo.

Hay otros grandes magos, Blackaman, Fumanchú y Shen Kai. Se disfrazan de chinos o de turbante. Ninguno es chino ni moro.

--Todos son unos impostores que engañan al que se deja–dijo Marité.

--Yo no sé nada, contesté.

--Tú nunca sabes nada, me dijo.

Por muchos años iba yo a recordar las palabras de Marité esa noche en el teatro, antes de la aparición del mago Mandrake, mientras nos reíamos de lo que le había dicho el muchacho a Magnolia a la entrada del teatro.

–Perdone señorita que se lo vea tan insistente, pero es que lo tiene muy respingado.

II

El telón se abrió y todo estaba oscuro. Un fuego chisporroteó en el centro del escenario. Después, una gran humazón. Se va a quemar el teatro de madera, pensé. Sonaron los primeros compases de la quinta sinfonía de Beethoven. Unos timbales retumbaron. Las niñas resonaron los zapatos en las duelas del piso de madera. Las luces de abajo brillaron y apareció el gran Mago. Era alto y delgado, moreno claro, los ojos renegridos (creo que se había pintado ojeras) y las cejas delgadas y rectas, casi delineadas al igual que el bigote que se levantaba en las puntas. Los labios eran finos y serios. Estaba maquillado. En la mano derecha sostenía un bastón de los que terminan en una pequeña bola de metal plateado. Con la mano izquierda saludaba con su sombrero negro de alta copa. Estaba vestido de frac, de satín negro, brillante, al igual que el sombrero. Un monóculo le alumbraba el ojo derecho. Una capa negra corta con forro de seda roja completaba su atuendo. El frac brillaba a la luz oblícua que venía de abajo del escenario.

--Soy Mandrake el mago–dijo sencillamente, y se inclinó ligeramente hacia adelante.--A mi izquierda--y señaló a un gigante negro con un pantalón negro abombachado y con un chaleco de seda floreado, medio abierto--se encuentra Lotario, príncipe africano, quien es mi ayudante y consejero.

Lotario abrió los brazos y mostró unos bíceps gigantescos y un pecho de gorila. El mago se detuvo unos segundos y prosiguió.

--A mi derecha se encuentra la bella e inteligente Narda--. Giró ligeramente su cabeza hacia ella. Ella movió una melena negra y rizada, alzó los brazos llenos de pulseras. Estaba vestida con un traje blanco de tul transparente, con ropa interior azul cobalto, y tenía los ojos negros y los labios llenos.

Todo me producía un gran interés y curiosidad. La voz del mago fue lo que más me impresionó. Era una voz grave que articulaba lenta y cuidadosamente las palabras. ¿Será que la sensualidad de la voz es una de las cualidades más raras en los seres humanos, hombres y mujeres? ¿Tendría que ver con sus capacidades hipnóticas? Eso me preguntaba mientras veía a ese disfrazado con capa y monóculo y a quien reconocía como un impostor. No obstante eso no podía apartar los ojos de él. Tenía un aire serio, pero al mismo tiempo despreocupado.

Se puso el sombrero de copa que lo hacía ver más alto y, bruscamente, levantó los brazos y levitó. Se sostuvo en el aire por unos diez segundos y después descendió lentamente hasta tocar el piso.  Hizo después un movimiento con la capa y apareció  una paloma blanca en la mesita que estaba en el centro del escenario. Narda tomó la paloma y la cubrió con un pañuelo blanco. El mago quitó el pañuelo y aparecieron cinco palomas que volaron por el teatro y después volvieron apaciblemente a descansar en la mesita.

Lotario se acercó al mago y lo tomó por la cintura y lo levantó con ambas manos y, en un momento, lo sostuvo arriba con un dedo. Después, el gigante negro tomó a Narda con la otra mano y la sostuvo igualmente con un dedo. Después, lentamente, los depositó en el piso. Narda y Mandrake el mago descansaron un momento uno encima del otro. Finalmente se levantaron y el mago se dirigió a un chico de unos quince años que estaba también en la fila de adelante y lo invitó a subir. Era mi amigo Alvarito, miope con quevedos de arillos de oro. Le preguntó su nombre y le dijo que era muy fuerte. El chico dijo que él no era fuerte de ninguna manera y que su tiempo lo gastaba leyendo literatura del Siglo de Oro español en el libro El jardín de las letras. El mago le dijo que recitara algo y Alvarito comenzó a declamar: "Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido". Lo dijo en voz alta y modulada. Me pareció guapo el Alvarito con sus lentes de anillo y su postura desgarbada de niño que se pasa la vida inclinado sobre un libro. Eso fue todo lo que dijo porque el mago le hizo un movimiento circular sobre la cara que lo convirtió en una especie de estatua. Quedó rígido como un palo. La cara inexpresiva y los ojos bien abiertos detrás de los quevedos. Lotario trajo dos sillas y levantó al niño y le puso los talones en una silla y la cabeza en la otra silla. El joven declamador quedó fijo en esa posición incomodísima durante un tiempo que me pareció muy largo, pero que debió de ser de menos de un minuto. Levantaron al joven, y con un movimiento de las manos, el chico volvió a su posición desgarbada inicial. El mago le dijo: No sabía que eras tan fuerte. El chico se encogió de hombros y se regresó a su asiento.

El mago miró a Narda y ella señaló a una persona de la platea. El mago dijo: La señorita pelirroja que está sentada a la derecha en la segunda fila que suba al escenario, si es tan amable. Cuando volví a mirar, vi a mi tía Benigna del Ángel de pie en medio del escenario enfrente de Mandrake. Benigna estaba guapísima. Su cabello de un rojo oscuro, rizado y alborotado, brillaba a la luz intensa del escenario. Sonreía, mostrando unos dientes blancos, casi perfectos. Sus cejas eran casi tan delgadas como las del mago. Su tez blanca y pecosa resaltaba tanto como su postura segura y un tanto arrogante. El público estalló en aplausos. Esa tía pecosita se está metiendo en problemas, pensé. ¿Quién sabe qué le pedirá el mago? Marité me dijo en voz baja: Si te pide que subas no lo hagas por el amor de Dios. Quién sabe qué hará con Benigna.

El mago se acercó a mi pelirroja tía Benigna y detrás de ella se colocó Narda. El mago le preguntó qué hacía y Benigna contestó que se preparaba para estudiar medicina. El mago le enseñó el puño de la mano derecha y le preguntó:

--¿Qué tengo en esta mano?

–Una ilusión–contestó Benigna--porque usted produce y crea ilusiones.

El mago abrió la mano y le mostró un clavel rojo. Delicadamente se lo puso en el cabello del lado derecho. El mago le dijo que iba a sentir sueño y que después no se iba a acordar de nada. Mi tía Benigna sonrió y dijo que no tenía sueño ya que había dormido muy bien la noche anterior y que, por lo demás, tenía buena memoria. El público aplaudió y silbó. Mi tía Benigna se inclinó un poco hacia adelante para agradecer los aplausos y dobló las rodillas con gracia. Entonces el mago le cubrió la cara con la capa negra por un segundo y le preguntó si sabía bailar. Benigna dijo que nunca había bailado y que no le habían hecho fiesta de quince años, lo que agradecía, no sabe usted cuánto. El mago le dijo:

--Señorita Benigna del Ángel ahora aprenderá usted a bailar.

--Lo dudo--contestó Benigna.

La música de Patricia inundó el teatro. Yo no sabía que era Patricia, eso lo supe después por Magnolia. Benigna reculó un poco e inclinó la cintura para adelante. El mago le dijo: después de que baile no se va a acordar de que bailó, ni cómo bailó, ni de la música. Benigna comenzó a danzar, juntando los pies, como los niños que empiezan a bailar, y  después empezó a mover la cintura  y los brazos. La danza se hizo graciosa y sensual. No sabía cómo y dónde había aprendido esos pasos tan bonitos. Terminó la música de Patricia, que a mí me gustó mucho, y pensé que ya iba a bajar del escenario, pero enseguida escuché los compases de Cerezo Rosa con la orquesta de Pérez Prado. Me acordé de un día que fui a la playa con mis padres y era yo muy pequeña y por primera vez oí esa música, sin letra, y por vez primera había caído en una especie de trance. Ya estaba por entrar en uno de esos estados de ensueño, que a vecen me asaltan, cuando miré bailar a Benigna. Bailaba como una loca. Movía la cabeza con la rojiza melena alborotada, los rizos a veces le tapaban la cara y otras veces echaba la cabellera para atrás, o con ambas manos se levantaba el cabello dejando ver una nuca blanquísima y los cabellos rojos recogidos, con las manos en la cintura movía las caderas hacía los lados y hacia adelante y hacia atrás. También movía los hombros y hacía los pasos de las tiples que habían estado bailando al principio de la velada.

El público aplaudía a rabiar y pateaba el piso de madera. El baile frenético iba en aumento y Benigna ahora bailaba con los brazos abiertos como lo habíamos visto en las películas. La cara de Benigna estaba roja y sudada y una gran sonrisa le inundaba el rostro. La música terminó, pero el mago con un gesto autoritario de la mano derecha hizo que se repitiera. Benigna seguía bailando ajena a todo lo que pasaba alrededor. La música terminó y el mago se acercó a ella y muy cerca de su cara le dijo: Benigna, ahora ya no bailará más y no se acordará que bailó. Benigna lo miró impávida y siguió bailando. El cabello y el vestido estaban empapados de sudor. Benigna seguía bailando y el mago seguía haciendo pases inútiles para que se detuviera. El baile frenético, sin música, me producía una sensación de ansiedad que no podía definir. El mago desesperado consultaba con Lotario y con Narda y ensayaba nuevos pases mágicos para que parase el baile. Finalmente vi que mi tío y varios hombres subieron al escenario y tomaron por la fuerza a Benigna que seguía contorsionándose como loca aunque la llevaran a rastras. El público dejó de aplaudir.

Después, cayó el  telón.

III

Salimos del teatro comentando lo que habíamos presenciado y no entendíamos lo que realmente había pasado. Magnolia dijo que le había gustado mucho cómo había bailado Benigna y que cuando estuviese ella sola iba a bailar así, y que, además, Benigna bailó como ella quiso y no cómo se lo había sugerido el mago. Movió las caderas como las había movido Benigna y se rió. Marité dijo: mi padre me lo advirtió, lo peor que te puede pasar es quedar en ridículo y después nadie lo va a olvidar. Además, uno sabe el resto de la vida que ha quedado en ridículo.

Fui a la casa de Benigna donde me informaron que la habían llevado al hospital y finalmente, después de pasarle varios sedantes por la vena, se había quedado dormida. Al otro día se levantó con dolores musculares en todo el cuerpo. Dijo que se acordaba hasta el momento que subió al escenario y que aceptó la invitación de Mandrake El Mago porque quería verlo de cerca, oir su voz grave y sensual, mirarlo a los ojos y que ella no pensaba que la pudiera hipnotizar y que no le tenía miedo. Nadie quiso decirle en ese momento que había bailado, interminablemente, como loca.

Mi tío estaba furioso y presentó una demanda en contra de Mandrake, el mago inepto, y dijo que Benigna pudo haberse muerto de tanto bailar. Metieron a la cárcel al mago Mandrake y la gente quería irlo a visitar. Ahí afuera de la prisión, esperándolo, estaban Narda y el gigante Lotario, quienes parecían desolados. Yo quería hablar con ellos y preguntar sobre la vida anterior de Mandrake, pero no pude. Lotario y Narda permanecían mudos y parecía que no hablaban español.

En el juicio, Mandrake El Mago, arguyó que todo había sido un accidente, que nunca le había pasado algo semejante y estaba dispuesto a darle una buena cantidad de dinero para resarcirla de los gastos médicos y también para dar muestras materiales de su buena voluntad. Quién sabe qué más dijo Mandrake el mago, pero parece que habló con gran elocuencia y dijo que ese número lo había hecho en muchas ciudades del mundo y siempre le había salido bien.

Al fin, después de unos días, Mandrake el mago salió de la cárcel y lo primero que hizo fue visitar a Benigna con un ramo de claveles. Benigna lo recibió en la sala de la casa en presencia de su mamá. Se vistió de blanco y se recogió el cabello para no parecer demasiado sensual. Dice mi tía que el mago sacó los claveles, frescos y con rocío, del sombrero de copa. Parece, pero no lo sé de cierto, que Mandrake el mago, hipnotizó a la madre de Benigna con un pase casi invisible y aprovechó que la madre quedó alelada y no escuchaba, y ahí mismo le declaró su apasionado amor  a la pelirrojita. Viéndola a los ojos, y con voz vibrante de barítono, dijo que siempre había soñado en tener una mujer pelirroja y que, inclusive, había puesto anuncios en el periódico: "Busco mujer pelirroja con fines serios, cabello largo y rizado, no importa el tono del color rojo, si con pecas, major". Sabía que en Irlanda y en Escocia era donde existían un mayor número de pelirrojas en el mundo y que también allá había puesto anuncios en inglés. Pedía siempre que le mandaran fotos. Dijo que recibió algunas ofertas, pero nunca pudo viajar a esos países a conocer a las de pelo rojo.

También le dijo que nunca había visto bailar a alguien de esa maravillosa manera y si no la volvía a ver otra vez, nunca se la iba a poder sacar de la cabeza, y que eso lo iba a volver loco. Todo esto se lo debió haber dicho con una voz muy sensual y llena de encanto. Creo que la volvió a hipnotizar porque esa noche Benigna se huyó con el mago Mandrake. Dicen que salió en camisón en la madrugada y que andaba como sonámbula. He visto pinturas de un pintor Belga de mujeres que andan desnudas por las calles como sonámbulas y me parecen cuadros maravillosos, aunque nunca he sabido el nombre del pintor. Así me imagino que caminó Benigna por las calles hasta el muelle donde la esperaba el mago.

La buscaron por varias semanas y pusieron anuncios en los periódicos. Mi tío estaba desconsolado y enojado. Benigna era todo para él, mi Benigna coño, mi Benigna y las lágrimas le mojaban la cara.  En la casa, todos, de alguna manera, sabían que se la había llevado el mago. Los cirqueros con frecuencia se roban a las mujeres de los pueblos y seguro que también los magos lo hacían.

Seguro que Mandrake El Mago no se la había llevado a Xanadu. Dicen que Benigna anda, por esos pueblos de Dios, en teatros y carpas, repitiendo el número de la danza erótica e interminable y que ya se está volviendo maga.

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Miércoles 13 de enero, 2016

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