5 de enero de 2016

Cuento "Cocodrilo". Donají Olmedo

19:08 By Santiago Daydi-Tolson

I

Estoy aquí otra vez con una batalla en el corazón.  Crecen sentimientos iguales a cabellos de hiedra, ocupando el espacio árido que mucho tiempo pertenecía solo al corazón. Desde aquella noche, me encontraba en un estado penoso de tránsito como una vagabunda en algún jardín.  Despertar, trabajar, dormir, eran actividades similares. Y ahora estoy desbocada saltando la barrera de espinos.  Lo más inquietante es que nuevamente no entiendo.  Así, de esta manera, me otorgo.

Como caleidoscopio, se desprendieron mis recuerdos de la mano de las emociones.  Descubro también que en diversos lugares la memoria me duele.  Las palabras me miran desde distintos ángulos: quieren hablar.  No se los he permitido: llegó el momento.

II

Estaba puntual en el pasillo, el viernes 14 de noviembre de 2008.  Su titular decía: “El curador Ivan Milani lo bautizará con el nombre de Cocodrilo.  Se trata de un reptil de más de 23 millones de años dentro de un ámbar. Es una lagartija de 10 centímetros, el animal más grande hallado dentro de una resina fósil de esta región; con ella se elaboran esculturas, joyería y artesanía”. La taza de café tembló en mi mano. Por un instante, la inmovilidad dominó, opacando la inquietud.  Con torpeza puse en movimiento mis articulaciones.  Del buró viejo saqué mis gafas.  Mientras recorría la distancia entre la recámara y el desayunador, con los lentes en la mano, me llegaban imágenes lejanas.

―Marta, quiero volver a casa, me he perdido tantas veces en calles, en barrios, en ciudades circulares.

—¿Perdido?  Creo que un hombre pertenece al lugar donde duerme… o en donde sueña… que es lo mismo, ¿o no, Julio?

—No.

Julio se quedó a mi lado lo suficiente para cambiarme. Antes de conocerlo yo era una mujer de las de antes; después de conocerlo sigo siendo una mujer de las de antes, con mentalidad de antes –no me hice ilusiones de cambios radicales ni milagrosos–, pero con incrustaciones de mujer nueva: demuestro más mi sensibilidad mucho mejor mis emociones, mis miedos, mis deseos; ahora conozco parajes de mí misma que había mantenido ocultos. Con las gafas puestas, leí varias veces la noticia.

La luz entró morosa a través de la ventana, el tono marrón del levante iluminó la habitación, encontrándome sentada en la periquera del desayunador, aún con el diario abierto y en la misma página.  La noticia concedió, en forma lenta, gotas de aceite al engranaje de mis acciones, mis movimientos y de lo que resta ahora de mi vida. Me dirigí a la recámara, me desnudé y me sumergí en la bañera. Tallé con fuerza mi piel para quitar esa cubierta de sueño pasado de moda.  Revolví el armario y encontré un pantalón de mezclilla, una blusa blanca y sandalias. Vestida, fui hacia el espejo, miré a la mujer que soy ahora. Más delgada que en aquellos años, aunque la esbeltez senil constituida por huesos decaídos se observa diferente a la grácil de la juventud,  o al que porta una mujer madura. Ya no queda nada del pelo negro ondulado, ahora hay una cascada lechosa y crespa que amarro por la nuca con un broche: le concede esencia a mi cabeza de anciana. ¿Me reconocerá?  Pensé y me dispuse a esperar.

III

Trabajé treinta años en el Laboratorio de Patología del Hospital General de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, observando, a través de una lente de microscopio, laminillas con cortes de tejido humano. Analizaba con la vista células de tejidos muertos pertenecientes-–un alto porcentaje−-a humanos muertos. Fui el mejor promedio de mi generación; eso me colocó en ventaja para elegir una plaza de patóloga en la capital mexicana: el Distrito Federal. En los años setentas, una médica especialista era acreedora a descalificaciones masculinas de talento y continuas dudas en la emisión de sus diagnósticos. Mi padre, a quien le heredé la profesión, me motivaba a no torcer mis ideas; me hice una experta en el fino arte de batear hostilidades. De mi madre, argentina y nacionalizada mexicana, heredé el aplomo del cinismo. La parafernalia esa de buenos modales y de actitudes reprimidas, la asimilé como si fuera parte de mi apellido.

No existía  equilibrio de ideas ni amor en la pareja que me engendró: un día tomaron una maleta y partieron juntos hacia Argentina. Para esas fechas (1977), su relación se basaba en el diálogo mudo en el que está sumergida la indiferencia. Creo que el pretexto fue lo de menos; iban a visitar al tío Augusto (eso me dijeron), hermano menor de mi madre, que pertenecía a Los Montoneros (grupo armado contra Videla); el tío Augusto le había solicitado ayuda económica. Entonces, mis padres decidieron sellar allá lejos el despojo en que se había convertido su matrimonio. Su hija única se quedaba sin entender si huían de ella o de sí mismos, o las dos cosas.

Un día nublado despedí a Emma y a Arturo en el aeropuerto; Emma me daba recomendaciones absurdas acerca de cerrar ventanas y puertas, de extremar mi seguridad ya que estaría sola algunas semanas. Más bien parecía alerta mental inconsciente, pero para sí misma, que iba camino al reencuentro con su identidad. Arturo, el huérfano permanente, me besó de prisa sin decirme palabra que explicara lo que hacían; escondió la mirada húmeda y caminó tras de mi madre. La imagen del hombre maduro, fuerte, un poco giboso y cargando tal vez su historia en la maleta, se convirtió en mi pesadilla durante algún tiempo. Pasarían tres meses para localizar primero, a mi tío Augusto por teléfono y, después, para saber que Emma y Arturo ya formaban parte de las estadísticas de desaparecidos. Dos semanas más tarde, el tío Augusto los acompañaría en los remolinos y desembocaduras del Río de la Plata. Aquel día de despedidas en el aeropuerto fue la última vez que los miré a los ojos. No pude recuperar sus cuerpos para ponerles algunas flores en una fosa. Se mezcló el dolor con la incomprensión y se formó una coraza, con ella me cuidé varios meses. No tenía un lugar donde sostenerme y, como ellos, me fui a Tuxtla Gutiérrez hacia un futuro incierto: huí de los recuerdos.

IV

Un concierto de guitarra clásica iniciará a las ocho de la noche. El Centro Cultural del Carmen, en San Cristóbal de las Casas, tiene dos hileras de veinte sillas de plástico cada una; un templete de madera como escenario y una acústica dudosa. Los ventiladores de techo lanzan humedad fría como olas saladas en la cara y también un fuerte olor a madera rancia. Para hacer tiempo me dirijo hacia la Plaza de la Merced; son las seis y media de la tarde y tengo muchos deseos de caminar por San Cristóbal.

Por fuera del ex convento de la Merced (aún en este 1988 cerrado y en ruinas), mujeres y hombres venden artesanías que miro sin prisa. Una tzotzil expone sobre una manta en el piso, ámbar en tonos desconocidos para mí. Descubro que es la única indígena en medio de los demás vendedores y la única que muestra ámbar en bruto. Los otros, en su mayoría, lo venden en pendientes, collares o llaveros. Me coloco en cuclillas para observar de cerca. Una gota roja del tamaño de un centenario llama mi atención y la acomodo en la palma de mi mano izquierda. Antes de lograr preguntar el costo: primero escucho la voz en tono agresivo de un hombre que habla en idioma tzotzil; después siento un empellón fuerte y quedo tirada sobre mi brazo derecho. Entre gritos y desorden, consigo levantarme. La indígena, con su manta ceñida al pecho, escapa del hombre con sombrero de cintillas de colores (sombrero típico tzotzil) que la persigue. Intento alcanzarla y regresarle la pieza, pero no lo consigo. Después me explican que se trata del marido enfurecido y engañado. Guardo la gota roja y, después, llevada  por humores desconocidos, me doy la oportunidad de disfrutar del paseo. Fachadas coloniales y neoclásicas acompañan mi paso. El frío húmedo cala fuerte, me envuelvo en la chamarra hasta sentirme diminuta. En los altos de Chiapas, la neblina baja y pensamientos grumosos emergen sobre las cabezas de hombres y mujeres. 

Camino distraída por atrás del Convento de San Francisco; el color amarillo de la fachada incita mi curiosidad y desvío mi paso hacía la entrada en ojiva de la sacristía. Entonces, Julio aparece. La palabra aparecer es la más adecuada para explicar su presencia. No sucede, de eso estoy segura, entre las milésimas de segundo que abrazan un parpadeo; aparece así de pronto y nada más. Tiquelo, (idioma tzotzi) dice un niño indígena que llega corriendo y se abraza de las piernas de Julio. Eso evita que yo huya asustada por la presencia sin explicación del hombre quien, de inmediato, se pone a jugar con el pequeño.

Doy media vuelta y continúo mi deambular sin detenerme, hasta los arcos del Palacio Municipal donde hay muchas personas. La lógica reina en mi análisis de la situación y eso me tranquiliza. Media hora más tarde encuentro a Julio de nuevo frente a la catedral, charla con una mujer de estatura baja, delgada y anteojos. Paso cercana a su costado derecho para mirarlo con el rabillo del ojo. Me sonríe, me olvido del concierto y, entonces, me quedo.

V

En 1978, a los 30 años, logré mi cambio de plaza a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Vendí hasta el último mueble de la casa de mis padres. Marta Díaz Tiberman enterró el dolor y volvía a nacer en otra ciudad lejana. Una chamula (indígena tzotzil originaria de San Juan Chamula), simpática, de nombre Lucha, llegó un día a mi puerta solicitando empleo y permaneció a mi lado los años que le restaban de vida.  Para Lucha hablar significaba vivir. Su corpulencia pasó a ser parte de la casa que compré en el centro de la ciudad. Arrastraba las palabras de un modo particular; la última sílaba era siempre un soplido. Por las mañanas, a mi despertar, lo acompañaban los acordes alegres de las canciones en tzotzil cantadas por Lucha.

La escuché hablar por años y con paciencia de sus predicciones y de uno que otro razonamiento que no tenían lógica para mí. Su abuelo había sido un ilo (los iloes o curanderos, pueden ser hombres o mujeres, no son elegidos por el pueblo, su sabiduría la adquieren desde niños y sus poderes proceden de San Juan) que le enseñó (siempre presumía acerca de ello) a incrementar, con ámbar, la energía de las formas de pensamiento y emisiones mentales.

—Tú mirarás con su ayuda. Tú no crees nada, él te enseña—mencionó Lucha una mañana durante el desayuno.

—¿Cómo? ¿De qué hablas?

—Del ilo del espejo.

Fue la primera de las múltiples veces en las que me habló de Julio, sin que yo lograra entender a quién se refería. Lucha me regaló un amuleto. Siempre estaba atenta de mí y del ámbar verde azuloso  que colgaba de mi cuello.  “Por Dios, niña, jamás dejes por ai tu amuleto, tu ilo luego se ocupa, no siempre te cuida”.

—Desnuda me tomó por asalto—le conté un día a Lucha—. Lo malo es que se trató de un sueño —me burlaba, poniendo los ojos en blanco.

—Ya te cogerá de verdad y te verás risa y risa.

--Quiero que me expliques eso del ilo, te prometo que no haré burla de tus palabras--, le dije una tarde. Sentada en el suelo, Lucha parecía un barrilito chaparro, cubierto con un mantel blanco y negro de manta. Jaló sus trenzas hacia adelante y colocó, entrelazadas, las manos por encima de su abultado vientre.

Lucha me contó que, cuando la oscuridad calaba y no les era posible a ella ni a sus hermanos caminar, ni siquiera a través de un charco porque podían confundirlo con lo profundo de un océano, preferían sentarse y hablar con el ilo abuelo. Sus antepasados también platicaban con él y los antepasados de sus antepasados hicieron lo mismo. “Es pobre aquel de vista corta, aquel que no ve más allá de lo que tiene frente a sus ojos”, les decía el ilo abuelo. Lucha decidió no ser pobre y, desde ese día, calmó el desasosiego del alma con los sueños; de esta forma lograba trasladarse a lugares donde no se puede ir con el cuerpo. Cuando ella y sus hermanos dominaron el arte de mirar y soñar, el ilo abuelo les habló acerca del tiempo. “El hombre es la membrana del tiempo, es la frontera entre su pasado y su futuro. Porque el hombre es vida y muerte, es tiempo y como parte del mismo, puede mirar a través de su membrana lo que fue. Pero debe tener cuidado de asomarse hacia lo que será; antes deberá saber por completo en dónde se encuentra parado. En caso contrario, puede perderse y nunca más localizar su lugar.  Entonces, vagará en la eternidad de un lado a otro, sin saber quién es con certeza”.

Lucha y sus hermanos ejercitaron mucho, paseaban de un lugar a otro, se divertían atravesando espejos. En uno de sus sueños, Lucha conoció a Julio, quien le habló acerca de mí. “Ella será como tu hija aunque no salga de tus entrañas. La cuidarás. Ayúdale a saber identificarme”. Fueron las palabras que Julio le transmitió en sueños a Lucha. En otra ocasión, ella preparaba el nixtamal para hacer tortillas y Julio se reflejó en el agua que llenaba la cubeta donde cocería el maíz. “Tiene ojos tranquilos, de color de madera de pino. Los ojos de hombre más hermosos que haya mirado, mi niña. Cuando nos encontramos en el bosque, divisé sus manos grandes y huesudas, sus hombros mullidos como pastura de yegua, el pecho parecía un tenso cojín de caucho, tenía las caderas duras y flacas. Pero, ¡ay mi niña!, lo mejor es la sonrisa. Ese ilo sabe que eso es lo mejor que tiene”.

Las confrontaciones religiosas de la familia católica de Lucha con los tzotziles evangelistas eran frecuentes. Una noche, su abuela fue golpeada hasta perder la conciencia; eso generó venganzas constantes. Una mañana, Lucha salió sola a buscar madera para guisar frijoles. El bosque cantaba melodías de viento con vuelo de aves, la neblina era una cortina baja y muy blanca, más densa que otros días y Lucha se entretenía pateando balones blancos de algodón imaginarios. Llegó al paraje habitual para recolectar los palos, uno grueso rodó, escapándose de sus manos; en el intento de alcanzarlo, resbaló y fue a caer de espaldas, golpeándose fuerte la cabeza. No recuerda si fue un día o unas cuantas horas las que pasó tirada; lo que sí recuerda es al ilo abuelo y a Julio a su lado, acariciando su pelo y cuidándola en la inconsciencia. Despertó al horror y a la orfandad. Su familia entera había sido masacrada en una riña de credos. Era una púber de trece años y desde ese día transitó de un lugar a otro, de sirvienta en casas, de mesera en restaurantes. Sobreviviendo de limosnas y basura. Arribó a Tuxtla Gutiérrez con veinticinco años y con muchas heridas en el orgullo. Tocó puertas  para solicitar trabajo. Fue sirvienta de don Julio Sabines y Luz Gutiérrez muchos años. En 1978, cuando uno de los hijos de los señores Sabines―el escritor llamado Jaime―era diputado federal en Chiapas, contrataron a nuevas domésticas y, por iniciativa propia, decidió irse de ahí. Entonces, Lucha llegó por fin a su destino: Llegó a mi lado.

VI

Julio permanecía entre su lugar, que no conocí, y el mío; así fue durante mucho tiempo. Yo no entendía por qué no le era posible quedarse quieto a mi lado. La gota roja de ámbar me ayudaba a concentrar mis deseos sin divagar y, al hacerlo, Julio acudía a mi llamado. En ocasiones, disfrutaba de su calor y su presencia por semanas enteras.

Cualquier día era bueno para hacer equilibrios o desequilibrios. Él me enseñó, así como lo hizo el ilo abuelo con Lucha, a no ser pobre; entonces, merendábamos en una barca a la deriva a través de un estanque de contradicciones. En días lluviosos, se ponían los recuerdos melancólicos a remojar y las preguntas eternas bajo lágrimas de plata. En días con sol, íbamos a la playa; en días nublados, Julio pintaba una hoguera y, saltándola, veíamos las sombras que se formaban: siluetas oscuras que al cobrar vida y sentarse con nosotros para hablar, me respondían dudas y desasosiegos. Cuando aparecían las sombras, mi amuleto verde azuloso emitía un brillo intenso; entonces, de inmediato, me sentía ligera. Cada palabra entraba a mi cabeza, mi cuerpo leve se iba complaciente hacia sitios lejanos. En esos momentos, el tiempo y el espacio también acontecían de manera diferente: recorrí callejones europeos barrocos y góticos; presencié bailes de la aristocracia colonial mexicana; fui partícipe de revoluciones. La fluidez de los días, incluso de los años, no dejaban huella en mi cuerpo. Era frecuente que Julio se extraviara y pospusiera el regreso, la mayoría de esas ocasiones; Lucha, tomándonos de la mano, nos llevaba de regreso a casa donde el tiempo nos había esperado.          

Muchas veces, Julio me acostaba entre las sábanas de mi cama como si yo fuera un lirio, me quitaba la ropa con dedos de cirujano, rozando apenas mi piel. Me excitaba tanto que, en ocasiones, le exigía entre suspiros que se diera prisa. Entonces, me amaba de izquierda a derecha, así como se lee el japonés; montada en sus caderas como un jinete desenfadado, lo cabalgaba por minutos y juntos nos enlazábamos en carcajadas de placer. Concluía con la nuca vibrando y una sensación indescriptible de gusto. Me acurrucaba junto a su cuerpo y a su pecho velludo; nos respirábamos.

Fui feliz por años acompañada de Julio. Y sí, como lo pronosticó Lucha, yo reía y reía. Me fatigué en el intento de encontrarle lógica a la presencia y ausencia de Julio. Decidí vivir, disfrutar, sentir, aprender y aprehender todo.

VII

Lucha murió en mis brazos un domingo, cinco meses antes de la inauguración de El Museo del Ámbar de Chiapas. Quemé su corpulencia como fue su deseo; Julio se llevó las cenizas al lugar que ellos habían acordado. Desde el inicio del año 2000 yo notaba a Julio inquieto.

—No entiendo por qué me dices que quieres volver a casa y que te encuentras perdido.

—Pronto lo encontrarán. Ese día podré llevarte conmigo o, tal vez quedarme aquí a tu lado hasta el final.

—¿A quién encontrarán?

—A Cocodrilo.

El Museo del Ámbar de Chiapas se inauguró el 4 de diciembre del año 2000, en las instalaciones del  Ex Convento de La Merced, en San Cristóbal de las Casas. La semana previa a la inauguración, Julio se fue. Supe que así había sido porque no encontré en la casa la gota de ámbar rojo con la que lo llamaba a mi lado, ni el amuleto verde azuloso de Lucha.  Quedé huérfana por segunda vez y con más orfandad. Esa fue la noche lejana cuando me transformé en una vagabunda que no veía diferencia entre un día y otro: me convertí en mi propia sombra. Acudí a la inauguración del museo con la esperanza de verlo aparecer como la primera vez y regresé a casa desconsolada.

VIII

Nunca entendí; por eso lo cuento. Después del 14 de noviembre de 2008 cuando encontraron a Cocodrilo, pasaron los días con lentitud y no se apareció mi curandero, no ardió la hoguera, no regresó la magia. No hubo sino certidumbre de incertidumbre, repeticiones. Fui una y otra vez al mismo lugar: museo del ámbar de lo imposible.

He soñado a todos mis muertos, a Emma, a Arturo, a Augusto, a Lucha. Ayer lo soñé a él, a Julio.  Hoy tengo paz… estoy segura de que por fin vendrá.

==================
Miércoles 5 de enero, 2016

0 comments:

Publicar un comentario