16 de diciembre de 2015

Prosa breve: "La piel". Rebecca Bowman

18:49 By Santiago Daydi-Tolson

Crecí en el mercado, entre los sacos de especies, de jengibre y pimientos, entre las canastas de chile ancho, de tamarindo, los sobres de azafrán, las ristras de ajo que colgaban del techo.   Vi pasar el gentío; las señoras desdeñosas, los albañiles, las niñas con un listón recién comprado en la mano. Sentí el olor a orégano, a albahaca; oí el regateo entre cliente y vendedor, los pregones en el aire, el crujir del papel café con el que envolvíamos todo. Vi los monederos casi vacíos, cogí los billetes arrugados y sedosos, las monedas todavía cálidas por las manos que las extendían.  Noté la frescura de la mañana que luego cedía al sol de mediodía, el leve aire que entraba con el subir y bajar de la tela de los toldos sobre la banqueta, el mandil que usaba mi madre para proteger su vestido, el pordiosero que pasaba las horas arrinconado y paciente.  Vi llegar la tarde, con su penumbra y los focos que colgados de alambres apenas alumbraban, con los gritos de urracas que llenaban el aire.  Anduve por los pasillos de los puestos en el fondo, a espiar las velas negras, los hechizos, las estatuillas de brujería.  Crecí en el mercado; el mercado me hizo lo que soy.

Por la tarde mi madre compra dos chiles rellenos envueltos en una tortilla de maíz del muchacho que los vende y tomamos un refresco entre los dos, cada quien en su banquito.

Soy bastardo, a mi papá jamás lo conocí. Brote de mi madre, gente común, no espero mucho.  Quizá que me siga empleando el dueño del puesto aun cuando mi mamá ya no pueda trabajar, quizá que alguna vez Paca, la de la panadería de en frente, me dé un beso.

Oigo el crujido de la encrespada flor de jamaica, el chasquido del garbanzo seco en la pesa; prendo la radio y escuchamos una cumbia. Bajo por la tarde al sótano del mercado donde venden la carne y siento el olor a sal y a sangre, veo los pedazos de carne y los cuchillos largos.

Bastardo soy, con mis ojos miro a todo el mundo y los igualo.  Mi venganza es en el mirar, en detectar los defectos de los demás, en ver que no hay quién no tenga su secreto, pero ésta suavizada siempre por el cariño que me muestran mi madre y los otros vendedores, por saber que a pesar de sus defectos la gente es buena.

Son horas y horas y horas. El trabajo no pesa, pero cansa, porque los días pasan iguales. Si me voy mi mamá se quedaría sola y entonces ¿qué sería yo? Aun así, a veces quisiera yo largarme, pero esto fue lo que me tocó, como al pordiosero su pierna hinchada y a la señora rica su gesto de fastidio.  Quisiera yo irme, hacerme de otra vida, pero uno no escapa su propia piel.

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Miércoles 16 de diciembre, 2015

2 comments:

  1. Me encantan tus descipciones, Rebecca Bowman! Linda y breve historia.
    Felicidades

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  2. Al leer el texto puede uno ver los colores, percibir los aromas, escuchar las palabras de la gente a lo lejos como murmullos que tocan los oídos, tocar las paredes de los pasillos y los objetos en venta en el mercado. Esto es una experiencia excelente de lectura.

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