12 de noviembre de 2015

Memoria: "La niña de los conejos". Eliana Rivero

08:37 By Santiago Daydi-Tolson

En la finca “La Matilde”, con sus vegas repletas de cafetales al este del pueblo de Artemisa (en aquel entonces la provincia de Pinar del Río en Cuba),  vivía la familia de Julián del Casal a mediados del siglo XIX. En esas vecindades, por azares de la vida, me tocó nacer a mí en la misma fecha que el poeta, aquel “triste ruiseñor del bosque de la muerte” como le llamó alguna vez Rubén Darío, excepto que yo vine al mundo casi ochenta años después.  Siete de noviembre. La misma fecha en que aparecieron en el planeta Marie Curie y Albert Camus. Ese ilustre trío de seres me acompañaría por los vericuetos del ir y del venir, del ser y del no ser. Asimismo sus ansiedades existencialistas, sus nostalgias, sus obsesiones científicas y mis propias inquietudes de niña y de muchacha.

          Los domingos mi padre nos llevaba de paseo por las cercanías de Ceiba del Agua, en el entronque de la carretera que iba hacia el pueblo de Caimito del Guayabal. No se puede concebir un lugar más pintoresco ni un camino menos transitado, que nos permitía andar por la vereda sin sobresaltos, y sin tener que hacer caso de camiones raudos ni autobuses--o “guaguas”-- abarrotados. A orillas de la carretera rural crecían árboles que los guajiros llamaban piñones, y de sus hojas—que yo recogía asidua—se alimentaban mis conejos blancos. Los pobres sufrían mucho con el sol porque eran albinos, y recuerdo con gran tristeza que se iban muriendo en el verano porque no aguantaban tanto calor ni tanto resplandor frente a sus ojitos rojos.

          Cuando desaparecieron todos mis conejos yo tenía siete años, y aquella temporada me dediqué entonces a buscar huevitos de lagartija para ver cómo nacían aquellos animalitos. Les gustaba hacer sus crías debajo de unas frondosas matas que yo sabía nombrar muy bien, pero cuyo nombre casi he olvidado. Solo sé que los chinos ambulantes que vendían lechugas en canastas, y que pasaban por la calle de mi casa, se paraban a recoger las fruticas de aquellas enredaderas. Dicen que se las comían hechas dulce; deben haber sido los equivalentes cubanos de los li-chis. Ah, sí, ahora recuerdo: eran los cundiamores o cundeamores. Unas frutas pequeñitas y anaranjadas, que al abrirse mostraban semillas rojas en una especie de almíbar natural. Las flores eran muy bonitas, pensaba yo, que en aquellos tiempos no era mucho más alta que la rama superior de aquellas matas edénicas.

          No es fácil imaginar que aquella niñez paradisíaca fue mía hasta los once años, cuando se impuso el estudio y me enviaron lejos de casa, a un internado donde la disciplina era rígida y donde no había muchas lagartijas ni abundaban los conejos (y mucho menos los poetas).

          Y resulta difícil creerlo ahora, pero al otro lado del muro donde se trepaban las enredaderas, en el amplio patio de la casa de mis padrinos, había una cría de venados. Era como un zoológico privado, para placer de los niños que amaban a los animales. Yo caminaba por aquella calle llamada Yara y los miraba siempre por encima de la cerca, aun cuando no podía divisar a los “Bambis”. (Nota: la película de Hollywood había llegado al Teatro Martí, en la calle República del pueblo, en la década de los cuarenta, y yo lloraba con la cierva Falina y reía con Tambor, el conejo que hacía un rítmico ruido pegando con la pata en una piedra; muchos años después, cuando volví a ver la película en inglés, me enteraría que su verdadero nombre era Thumper.)

          Por entonces no se me habría ocurrido poner todo aquello por escrito, escribir líneas o versos para contar la historia de venados y conejos; eso no sucedería hasta ahora, si bien rememoro vagamente que en mi año número trece me refugiaba en un aula no usada del colegio que tenía puertas delgadas con vidrios, y mamparas como vitrales. Allí podía garrapatear cuartillas y emborronar cuadernos con algunos versos….aunque mi mamá después me mostró un papelito que firmé a los siete años donde había tratado de escribir un poema dedicado al sol, y la culpa fue de Espronceda o de Heredia, no sé bien.

          Lo de la poesía se me había pegado de un libro que me regalaron cuando apenas cumplía seis años, Lo que sabía mi loro, publicación española que me cautivó con los dibujos y los versitos y las fábulas que encerraba en sus páginas. Creo que fue en ellas donde primero vi las rimas de La canción del pirata, y muchísimos años más tarde, a bordo de un vaporcito en el Bósforo, pude recitarlas a voz en cuello para asombro de los turistas que me escuchaban repetir lo de “Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente, Estambul!” Por supuesto,  tuve que explicar en inglés lo que significaba todo aquello, porque los compañeros de excursión eran austríacos y árabes. Bienvenida a la globalización, me dije yo en ese momento: la niña de Artemisa paseando por Turquía en su edad adulta. Y ahora en el año 2015 confirmo un hallazgo increíble: por medio de Amazon se consigue ahora una edición nueva, todavía española, de Lo que sabía mi loro. Espero con jubilosa anticipación ese envío, en cuyas páginas lograré releer y revivir los versos de Espronceda que me han perseguido toda la vida.

          Pero antes de los primeros versos y del internado, en el barrio La Matilde había calles sin pavimentar, llenas de tierra roja que nos manchaba los zapatos blancos, y yo asistía a una academia de música y de baile, donde primero aprendí a reconocer las notas negritas en una partitura, a cantar solfeando todas aquellas melodías que me fascinaban, y donde los sábados venía una muchacha alta y esbelta desde La Habana a darnos clases de ballet. Se llamaba Josefina Elózegui, y bailaba muy lindo, en la tradición de la danza clásica cubana que se había alimentado de la rusa. Yo no sabía mucho de ello entonces, pero sí recuerdo que para el recital de fin de año --cuando tenía yo once-- tuvimos que bailar el Vals de las Flores de Tchaikovsky (Suite Cascanueces) y la alumna más adelantada (llamada Ada, una rubia alta y pecosa) hizo el papel de lobo para el número de Prokofiev que nos montó Josefina.

Todavía anda por ahí una foto mía con el traje azul lleno de florecitas y las zapatillas de punta color rosa….  Y qué pena, para cuando volví del colegio capitalino se habían muerto los venados, no había muchas lagartijas que cazar, y los cundeamores se habían secado. Entonces decidí que lo único que quedaba en mi vida eran los poetas y la música del piano, los libros de historias encantadas y otros paseos con mi padre y mi madre a los manantiales de Soroa… ya no hacía falta recoger hojas de piñón para los conejitos, y nos podíamos deleitar con las orquídeas que crecían en los invernaderos tan bien cultivados en aquel entonces, fundados por un isleño canario de apellido Camacho (hoy la Wikipedia lo identifica como  “el Orquideario de Soroa en el municipio de Candelaria, provincia de Artemisa, Cuba. Se accede mediante la autopista Habana-Pinar del Río.”)

Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía (citando otra vez a Darío, para consolarme). La verdad sea dicha, en aquellos tiempos lejanos yo amaba (a) los conejos y otros animalitos casi tanto como amaba los libros. La letra impresa era fascinante, pero igual lo eran las orejas y las patas y los bigotes (o escamas o cuernos) de aquellas criaturas que yo veía crecer y desaparecer en mis patios infantiles. Mis libros me llevaban a otros reinos y otras dimensiones, donde de repente aparecían duendes y hadas y geniecillos, y donde una niña curiosa como yo, llamada Alicia, probaba un pastelito que la esperaba encima de una mesa y que decía “Cómeme” con letricas de pasas. Yo me desaparecía debajo de las camas, en los últimos cuartos de la casa, leyendo todo aquello (todavía me resuenan en la memoria los versos del rigodón de las langostas, y los que decían “En mitad de una vuelta carnero está el sabio Santiago Belén…”, nombre que muchos años después, cuando me tocó leer a Lewis Carroll en inglés, supe que era Old Father William). Ah, y por supuesto, en aquellas páginas encantadoras había un conejo que hablaba y se vestía elegantemente, hasta con leontina y reloj de bolsillo, desapareciendo con prisa en un agujero por donde Alicia lo seguía.

Qué casualidad, ése era también mi nombre de pila, ya que me habían bautizado con dos el 25 de diciembre: Eliana Alicia Suárez Rivero era niña de Pascua y lectora, y pianista aficionada a los zoológicos, con las iniciales EASR.  Muchos años después, frente al magistrado que me concedió la ciudadanía norteamericana, hicieron desaparecer el nombre de la heroína de Carroll y dejaron mi apellido paterno como “middle name”.  Menos mal que durante aquella ceremonia, en la que tuve que abjurar de mi lealtad a toda otra nación que no fuera USA, mantuve cruzados los dedos de la mano derecha. Si no, sé que me habrían reprochado los conejos y los venados con sus ojos tristes, y también la palomita de aquel poema que mi papá recitaba:

Tórtola mía, sin estar presa,
hecha a mi cama y hecha a mi mesa,
a un beso ahora y otro después:
¿por qué te has ido, qué fuga es esa,
cimarronzuela de rojos pies?
¿Ver hojas verdes solo te incita,
El fresco arroyo tu pico invita,
Te llama el aire que susurró?
Ay de mi tórtola, mi tortolita,
Que al monte ha ido, y allá quedó!




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Jueves 12 de noviembre, 2015

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