17 de noviembre de 2015

Cuento: Dos minificciones. Ramiro Rodríguez

17:50 By Santiago Daydi-Tolson

La misma mujer de siempre 

Cuando la mujer vio entrar a su marido por la puerta principal sintió que todos sus cristos interiores se le transformaban en polvo. Se puso pálida como la leche en el recipiente de acero inoxidable sobre la mesa. Sus manos empezaron a temblar; sus ojos se cristalizaron después de un prolongado parpadeo. La apariencia de los buenos actos no estaba de su lado esta ocasión. Ella era la misma mujer de siempre. La misma.

Bebía café con su amigo de más de veinte años en la cafetería frente a la plaza Hidalgo, en el centro histórico de la ciudad. Con el rostro descompuesto por la rabia que producen los celos, el marido clavó sus ojos agudos, como dagas mortales, en los ojos castaños de ella. La mujer debió haber sentido la transverberación de la Virgen.

Luego de esta incómoda situación, el amigo dedujo que las cosas ya nunca serían como antes. Pero permaneció en su silla, junto a ella. Después de todo tenía la conciencia tranquila. La única persona acribillada sin contemplaciones ni palabras, ensangrentada con balas de desprecio, fue aquélla que permanecía como estatua en la silla del restaurante, con sus manos como palomas agitadas, sudorosas por el nerviosismo, su rostro casi transparente por la lividez, como si hubiese sido sorprendida en adulterio.

Así murió la esposa, asesinada a mansalva con las no palabras del marido. Sólo quedó de ella la misma mujer de siempre.



Catoptrofobia

No quiso asomarse al espejo por temor a reconocer los errores que se incrustaban como insectos iracundos sobre su piel manchada por antiguos señalamientos, por renuencia a corroborar la vaciedad que inundaba sus palabras como pestilencia crónica.

Desde pequeña, Venenosa padeció ese miedo irracional para enfrentarse a la realidad que devuelven los espejos. Había sentido los impactos indescifrables del horror al reconocerse en ese rostro que mostraba la ambición incontrolable para usurpar los derechos de otras personas. Era víctima del desdén y el desprecio, del ninguneo al que era sometida por sus compañeros de trabajo; inclusive, por los miembros de su propia familia.

La carga de remordimientos era grande, abrumadora. Salió de la casa donde vivía sola, dejada por el marido, seca de hijos, hacia la calle. Llevaba entre manos la pesadumbre de sus actos, la culpabilidad ante tantas acciones bárbaras cometidas en sus casi cincuenta años.

La mujer quiso ser otra distinta a quien era. Pero no pudo. No había podido nunca enfrentarse a los espejos.

Quedó inerte en una banqueta de Paseo de la Reforma, con las culpas entre sus manos como ramillete de rosas negras.

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Martes 17 de noviembre, 2015

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