7 de octubre de 2015

Memoria: "Elena". Andrea Amosson

11:08 By Santiago Daydi-Tolson

La primera vez que oí hablar de Elena Poniatowska, yo era una niña sin duda más flaca e ignorante que ahora. Era una tarde fresca, de esas que se dejan caer por septiembre en Santiago, la capital de Chile, una tarde en que el pasto verdeaba y nos hacía cosquillas en los pies. Estábamos sentadas en el patio de la Faculta de Filosofía y Humanidades un par de compañeras y yo. El sol nos acariciaba la piel y al fondo la cordillera lucía todavía más imponente con los restos de nieve que quedaban del invierno que ya se retiraba hacia el otro hemisferio.

De esas jóvenes mujeres que allí compartían, hoy solo puedo traer a la mente el nombre de Elena, la autora mexicana. De las otras dos no supe nada más una vez que nuestra clase en común, sobre la maravillosa poesía de Pablo Neruda, terminó.

Recuerdo que estábamos esperando que abrieran las salas para poder ingresar. Había sido uno de aquellos días en que la revolución estallaba a las cuatro de la tarde. Mis clases de postgrado comenzaban a las seis y los profesores y administrativos necesitaban ventilar las salas antes de dejarnos pasar. El olor a bombas lacrimógenas ya no se sentía tanto. Al menos esta vez no me había detenido la policía, de camino a la universidad, para verificar que la mochila que llevaba con tanto esfuerzo estaba cargada de libros en vez de piedras.

Cada cierto tiempo los alumnos de pregrado necesitaban manifestarse contra un gobierno que hacía poco se proclamaba democrático. Yo, todavía recién llegada a la ciudad, no conocía las fechas en que estas manifestaciones ocurrían. Algunas era programadas y otras espontáneas.

La de aquella tarde de septiembre era de las programadas, aprendí muy pronto. De tal modo que mientras esperábamos para ingresar y para matar el tiempo, las muchachas citaban a sus escritoras favoritas. Yo, como siempre, hablé de García Márquez y Julio Cortázar. Pero no supe o no pude citar a una mujer escritora que hubiese tenido un gran impacto en mi vida literaria. Fue allí que una de ellas, a quien llamaremos la erudita, abrió la boca para soltar una letanía de autoras que según afirmó, los ojos encendidos en una mezcla de pasión por el tema y desdén por mi ignorancia (o machismo literario), cambiarían el curso de mis lecturas. La otra miraba, sonriente.

Entre todos los nombres y libros que listó, hubo uno que cautivó mi atención: Hasta no verte Jesús mío, de Elena Poniatowska.

Al cabo de quince minutos notamos que los alumnos comenzaban a ingresar a sus clases, así es que dejamos nuestro puesto de descanso al sol y nos fuimos al edificio. La clase pasó rápida entre las estrofas herméticas de “Residencia en la Tierra”.

A la salida, caminando sola por una calle que todavía mostraba las evidencias de la manifestación previa-–rocas y letreros derribados--, me fui pensando en esta escritora mexicana de quién nunca había oído hablar. Esto ocurrió en 1998.

Al día siguiente llegué más temprano a mis clases, para consultar en la biblioteca de la facultad. La encargada de nuestra biblioteca me dijo que era un libro precioso y una buena opción para mí. Me lo dijo con un tono irónico; parecía que mi ignorancia se había hecho legendaria. Ella también sabía que yo estaba atorada con las tragedias griegas, porque, siendo de profesión periodista, el comité de selección me había aceptado en el programa de maestría en literatura siempre y cuando tomara tutorías y el tutor en cuestión, un hombrecito bajo de ojos coquetos, me había enviado a leerme a todos los griegos que yo conocía y otro lote del cual nunca había escuchado palabra.

Así es que entre la Ilíada, los libros teóricos para la clase y los de narrativa, hice un espacio para Elena Poniatowska. ¡Qué sorpresa! Lo que más me fascinó de su forma de escribir era la soltura de las oraciones, la frescura de las palabras, las imágenes que construía, los diálogos creíbles, el ritmo. Parecía que Elena hubiese escrito el libro con el oído.

Aprendí de ella lo que Cortázar tantas veces afirmó: los escritores son músicos frustrados, todos quieren hacer música. Esta afirmación se consumaba en los párrafos de Elena Poniatowska. Había en ellos un sonido particular que nunca había percibido, una manera de enhebrar que me mantenía al borde de la silla, leyendo en todas partes, hasta en el bus que me llevaba de mi departamento a la universidad. De pie, equilibrándome en el pasillo de un bus atestado, de la misma manera en que Poniatowska equilibraba sustantivos, metáforas, comparaciones, verbos. Una escritura que se desprende de su soporte, el papel, para desplegarse por completo ante tus ojos, en la gran pantalla de la imaginación.

La autora ha escrito cuentos, novela, teatro y poesía. También se destaca por su obra periodística. Ha recibido el premio Rómulo Gallegos y el Cervantes, entre muchísimos otros galardones. Nació en París el 19 de mayo de 1932. Pero para mí, y lo digo porque la vida se mira y se vive desde el ombligo propio, nació una tarde de post revolución, en septiembre, en el patio de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

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Mircoles 7 de octubre, 2015

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