16 de octubre de 2015

Cuento: "Mi vecino, pintor de casas". Eduardo Jiménez Mayo

07:53 By Santiago Daydi-Tolson

No sé por qué me botaron del seminario.

Soy el más inteligente de mi promoción, pero dijeron que fallaba en el latín y que me iba peor en el griego y el hebreo, y que como no mostraba el menor interés en los silogismos nunca llegaría a ser un cura de pensamiento sutil. Mi abuela, quien me crió, puesto que soy huérfano, se alegró de mi salida del seminario, pues siempre sospechó de los libros tanto como de los curas, y me decía que de tanto leer me iba a volver loco.

Ella no entendió que yo buscaba a través del seminario mi liberación.

Nacido en 1939, en San Antonio, Tejas, la única carrera intelectual que me quedaba era el sacerdocio. No querían chicanos en las universidades o eran demasiado caras. Casi todos mis compadres del oeste de la ciudad se dedicaron al trabajo manual, habiendo cursado carreras industriales en la preparatoria. Algunos se salieron de la escuela antes de conseguir el bachillerato a buscarse la vida como pudiesen; de éstos, muchos se convirtieron en camioneros y atravesaban los Estados Unidos de América de un lado a otro, contrayendo enfermedades venéreas en las paradas de camiones y trayéndoselas a casa.

En mi vida las mujeres cuentan para muy poco, pues están más interesadas en la fornicación y la reproducción que en los sentimientos hondos. Pero no me tachen de misógino porque guardo aún en menos estima a los hombres, quienes en sus horas de ocio no hacen más que beber cerveza barata y seguir los partidos de fútbol norteamericano en la tele.

Lo bueno cuando me botaron del seminario es que me dieron a entender que quedaba la posibilidad de volver si honraba la promesa de someterme a terapia psiquiátrica hasta que me declarasen curado.

Mi desplome ocurrió la noche en que leí las siguientes palabras de Amalrico de Bene, clérigo y gran pensador del siglo XII: “Todas las cosas están en Dios, es Dios mismo. Por tanto el malo es Dios. El diablo está en Dios, por tanto, Dios aprueba esta creatura, por tanto, no lo desaprueba”. Sí, me dije, es cierto, puesto que Dios permitió la aflicción de Job, hombre de corazón puro e inclinación piadosa, tan sólo para poner a prueba su lealtad como siervo.

Antes de entrar al seminario, mi vecino, que pintaba casas para ganarse la vida a pesar de ser historiador del arte experto en Kandinsky, me prestó Venus de las pieles y Los infortunios de la virtud, ambas obras de mala fama que me parecieron menos escandalosas que infantiles; pero mi lectura de Job en el seminario me dejó atónito. Saqué la conclusión de que Satanás no era ángel díscolo sino portavoz del lado perverso de la misma divinidad.

El último argumento de Amalrico de Bene que recuerdo haber leído antes de perder la cordura rezaba así: “Dios opera todas las cosas, por tanto, las cosas buenas como las cosas malas”. De repente, ante mis ojos apareció el fantasma de Job hostigado por Satanás bajo la vista sardónica de Dios, y caí inconsciente. Me contaron los testigos que me revolcaba en el piso, la boca me espumaba y juraba contra Dios y la Santa Iglesia.

No se trataba de epilepsia porque ni antes ni después he sufrido de tal enfermedad. Recuperé la consciencia en el hospital, aunque no la cordura. Mi abuela vino a visitarme y me traía un plato de calabaza con puerco. A pesar de no quererme ver otra vez en el seminario, tampoco quería que me tacharan de judaizante. Me quiso convencer de que en adelante comiera todo el puerco posible, puesto que mucho valía guardar las apariencias, aunque uno no creyese de verdad.

Después de mi abuela, me vino a visitar mi vecino, pintor de casas. Me trajo un libro y del libro me leyó en voz alta:



El padre del arte abstracto fue Kandinsky, quien decía que cierto día de 1908, después de haber estado trabajando en una pintura y ensimismado en sus pensamientos, salió del taller y al abrir la puerta quedó admirado frente a un cuadro de belleza indescriptible e incandescente; la pintura no representaba ningún objeto pues sólo estaba compuesta de manchas de color. Se trataba de su propia obra colocada de lado, lo que le hizo comprender que la objetividad era perjudicial para su pintura.

Entonces mi vecino, pintor de casas, cerró el libro ceremoniosamente y me dijo que pasara por su casa a la primera oportunidad para discutir más a fondo los principios de lo abstracto. Me di cuenta que de todos los adultos que conocía yo era el único que no ejercía una carrera que me daba de comer. Hasta mi abuela abastecía de cocina mexicana a familias gringas en ocasiones de celebración, tales como fiestas de bodas o de cumpleaños. 

Le pregunté al psiquiatra si el rector del seminario ya se había puesto en contacto con el hospital, y me dio a entender que ni el rector ni nadie en el seminario me extrañaba. Me preguntó a qué me iba a dedicar al salir del hospital, y le dije que quería pintar casas. Respondió que era buena carrera para la gente de mi raza y condición social, y que mañana mismo me esperaba la libertad a menos que volviese a pronunciar boberías sobre ese tal Amalrico de Bene o El libro de Job.

Con franqueza me explicó que no estaba curado, pero si me cuidaba de no confiar en los demás mis visiones o pensamientos inconformes con la realidad, nada tenía que temer. Le juré portarme bien y pasé la noche leyendo sobre Kandinsky. Fue la primera noche desde el desplome que las alucinaciones o pensamientos intrusos me abandonaron por completo y pude disfrutar de la lectura y la libertad de pensamiento.

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Viernes 16 de octubre, 2015




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